DE MADRID A NASHVILLE (X): FIN DE LA AVENTURA

Ayer por la mañana salimos de Washington hacia Lac Green, que es donde Rosa y Gary tienen su cabaña, en Quebec, al lado del lago. Tardamos unas doce horas en cubrir los más de mil kilómetros que hay. Atravesamos Maryland, Pensilvania y Nueva York antes de cruzar la frontera con Canadá. Como nos vamos turnando cada 200 kilómetros Gary y yo al volante, se va haciendo llevadero. La frontera de Canadá  con EEUU la pasamos en cinco minutos, bastante más fácil que al contrario. Unas pocas preguntas de rigor y adelante. Pasamos por el puente sobre el río San Lorenzo, impresionante, y la región de las mil islas, preciosa.

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El viaje se me hizo corto para todo el tiempo que pasamos. Conducir por EEUU y Canadá es como estar viendo un documental y que tu televisión sea el parabrisas del coche. Camiones enormes, pueblos con cobertizos, tres amish sentados en una gasolinera, una autocaravana remolcando un pick up casi tan grande como ella; un convoy de vehículos militares; un Chevy pick up del sesenta y algo que llega, pone gasolina y se va, conducido por una señora con más años que el coche. Dentro de la tienda de la gasolinera, una pared entera llena de bebidas azucaradas de todos los colores; camareras y cajeras que te llaman cariño constantemente, sin haber sido presentados. Pedir una cerveza y que te digan que las latas pequeñas sólo se venden en paquetes de seis como mínimo, y si no, debes comprar una lata de tres cuartos de litro y beberla envuelta en una bolsa de papel.

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Pero también ciervos, mofetas, mapaches, ardillas, armadillos, mariposas monarca, libélulas grandes como en épocas pasadas, colibríes, cardenales, águilas, halcones, y otros pájaros que desconozco. Ojalá mi amigo Nacho Asturianín los hubiera visto, que sabe tanto de ellos.

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La lluvia: de sur a norte hemos tenido muchas tormentas muy fuertes, incluso con avisos de inundación en el móvil. Anoche hubo una especialmente fuerte llegando al cottage, iba conduciendo yo y fue complicado conducir en esas condiciones, además con obras en la carretera. Era bastante peligroso, pero capeamos (nunca mejor dicho) el temporal.

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Paramos a comer en un sitio que me encantó, Green Gables, en New Mildford (Pensilvania). Aunque lo anuncian como restaurante italiano, tienen muchas más cosas en la carta. Yo probé un plato de pescado que incluye lenguado rebozado, vieiras y pastel de cangrejo; además podías coger ensalada a discreción. Pero la que triunfó como la Pepsi Cola fue Mar (que además fue la que propuso ir a comer allí), que se pidió salmón, pero tenía un sabor como no lo he comido en mi vida. La señora nos explicó que lo hacían asado y luego a la parrilla, pero a mi me supo como si estuviera hecho al carbón. El decorado era de los años 60 y parecía estar conservado así. En general he visto cuartos de baño que no veía desde mi más tierna infancia.

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El paisaje en este viaje por EEUU es siempre bosques y árboles por doquier, excepto en algún momento en Cincinnatti, que cambiábamos los árboles por campos de maíz. He alucinado con lo verde que es todo, lo que creo que tiene relación con lo que llueve. Aunque sea agosto, si hacemos un viaje así con la moto, hay que ir preparados con trajes de agua, porque llueve poco, pero cuando lo hace parece que se va a caer el cielo sobre tu cabeza.

El paisaje automovilístico se compone de camiones gigantes, pick ups todoterreno enormes (tipo Ford F 150, Chevy Ram 3500) y algunos coches normales. Y luego tienes las golosinas: hot rods, Mustangs, muscle cars, Harley Davidsons, alguna Indian. No vimos una moto deportiva hasta Washington. Bastantes T-Rex (esos engendros con dos ruedas delante y una detrás), alguna Harley con sidecar o con remolque. Más ambiente de Harley en Canadá que en EEUU, y 90% modelos Touring, aquí las Electras y Road King son mayoría absoluta.

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Otras cosa que te encuentras son muchos restos de neumáticos en las cunetas, no sé si es porque la gente tiene muchos pinchazos o porque no lo limpian. Lo que se dice mierda en las cunetas y arcenes sólo he visto en Memphis, al tercer día la basura ya me daba los buenos días al pasar.

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Hoy está lloviendo bastante en la cabaña. A pesar de todo, me he dado un baño esta mañana en el lago, fuera había 13 grados y el agua estaba a 24. Luego se ha pasado una vecina y nos ha invitado a todos a una degustación de vinos. ¿No es estupendo?

Ha sido una experiencia maravillosa este road trip por Norteamérica, finalmente hemos hecho 5.654 kilómetros desde que salimos de la cabaña hacia Ottawa, nuestro primer destino. Nunca podré agradecer a Rosa y a Gary la oportunidad de compartir esta aventura con ellos, y también con mi naranja entera. Son las experiencias que hacen que la vida merezca la pena ser vivida, te abren horizontes nuevos y te hacen reflexionar profundamente sobre nuestra existencia. Es algo que permanecerá siempre indeble en mi memoria.

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Falta el epílogo.

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DE MADRID A NASHVILLE (IX): KENTUCKY Y WASHINGTON

De Nashville tenemos que llegar a Washington DC. Como son unos mil trescientos kilómetros, estuvimos mirando algún sitio chulo en el que hacer parada por el camino, y mirando parques naturales encontré el Daniel Boone Forest Boone Park, en Kentucky. Nos quedamos en un sitio espectacular, un lodge que hay en las Cumberland Falls, que se llama Cumberland Falls Resort State Park. Lo llaman el Niágara del sur, y aunque no es tan grande como estas, sí que es un lugar precioso. Nosotros nos quedamos en una habitación, pero también hay cabañas en medio del bosque. El sitio es una pasada, y la lástima fue no poder quedarnos más tiempo allí.

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Se trata de un bosque enorme donde han reintroducido osos negros, que de todos modos es poco probable que veáis, porque su actividad es crepuscular y nocturna. Aun así, hay carteles con instrucciones claras si nos encontramos con uno, que se resumen en: no correr, no darte la vuelta, alejarse despacio hacia atrás sin dejar de mirarle y hacer más ruido que él.

Hicimos un sendero de unos 30 minutos para llegar a las cascadas, la ruta atraviesa un bosque bastante espeso donde hay unas arañas grandes que no había visto nunca, y llegas a la parte de las cascadas, que es bastante chula. Tienen también a escala el sistema que usaban los mineros para buscar oro, y puedes jugar a ser minero por un día. La parte donde se desayuna tiene una pared de vidrio que da al río Cumberland, donde tienen comederos para pájaros , y puedes ver algunos (como los cardenales), y también ardillas, mientras desayunas por la mañana.

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De allí teníamos 912 kilómetros hasta Washington, donde nos vamos a quedar en casa de una amiga de Gary y de Rosa, Flori. El viaje duró todo el día, se nos hizo un poco pesado, y además cuando llegamos cayó una tormenta enorme que nos hizo equivocarnos de desvío y nos retrasó más. Finalmente llegamos a casa de Flori, que venía también de viaje de trabajo. Tiene una casa preciosa en una zona de ensueño, con su jardincito y su césped delante y detrás. Nos acogió estupendamente, con detalles sensacionales, y siendo muy cariñosa con nosotros.

Al día siguiente, nos hizo una visita guiada por la zona de las embajadas (Gran Bretaña, Francia, Brasil, Sudáfrica) y nos dejó en the Mall, que es la zona de los museos. Brevemente dimos una vuelta por la catedral de Washington, que es donde está enterrado el presidente Woodrow Wilson. Muy bonito un coqueto jardín que hay justo al lado y que recomiendo vivamente su visita. Es alucinante todo lo que hay aquí, me tiraría viendo museos durante cuatro días. En estos días que hemos estado aquí hemos visto varios museos, que son todos gratuitos. Rosa no nos pudo acompañar porque tuvo, como dijo en sus propias palabras, “un catarro de mierda”.

El primer día vimos el de Historia Afroamericana, que relata toda la historia del pueblo negro venido a Norteamérica con muchísimo detalle desde varios puntos de vista (musical, social, deportivo, literario, artístico, político). Luego fuimos al museo del aire y el espacio, que me decepcionó un poco, puede ser porque tenían varias salas cerradas por obras. La parte de los primeros pioneros del aire es muy interesante, así como la dedicada a Amelia Earhart. El último museo que vimos ese día fue el de Historia de los Indios Americanos. También dispone de una amplísima información sobre la materia, haciendo un recorrido bastante completo por todas las tribus de América. En todos los museos hay que pasar control de seguridad y detector de metales, como en los aeropuertos.

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A destacar las tiendas de todos ellos, no sólo centradas en las típicas chorraditas de adorno, sino que tenían bastantes libros que profundizaban en determinadas cuestiones y otros objetos interesantes. Por cierto, el primer día me paseé por Washington con mi camiseta de los Philadelphia Eagles, mi equipo de fútbol americano. Hay que aclarar que son rivales del equipo local, los Washington Redskins. De hecho, pensé no hacerlo, pero dije qué demonios, soy un extranjero aquí, así que vamos a hacerlo. Según pasé el control en el primer museo, el guarda de seguridad me dijo: “de verdad es necesario que traigas eso puesto aquí?”. Luego otro guardia me dijo que habían entrado ya los Cowboys y los Redskins, sólo faltaban los Giants, y ya teníamos la división completa. Tuve el feedback positivo de una chica negra que me chocó la mano porque ella sí que era fan de los Eagles. Me ha llamado la atención que solamente personas de raza negra han interactuado con nosotros. Todos a los que me he referido en este párrafo lo eran.

La zona del Mall, que es donde están todos los museos, es como un rectángulo que puedes recorrer a lo largo e ir entrando en los museos, que se encuentran a los lados. Hay foodtrucks, que ya sabréis que son camioncitos que venden comida. Allí probé mi primer Philly cheesesteak, y como llevaba la camiseta de los Eagles, el tipo me dijo:”cheesteak, what else?”.

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El siguiente día fuimos a ver el monumento a Franklin D. Roosevelt, que es de los más impresionantes que he visto nunca. Tiene cinco partes, una pequeña introducción y una parte dedicada a cada uno de sus cuatro mandatos, con frases destacadas suyas. Muy cerca está el monumento a Luther King, también muy recomendable. De allí fuimos a ver el Lincoln Memorial, no puedo evitar acordarme del planeta de los simios… Alquilamos unas bicis y fuimos hasta el cementerio de Arlington, que impresiona bastante. Vimos la tumba de Kennedy, muy sencilla.

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De aquí fuimos todo el mall hacia arriba hasta el Capitolio y la Biblioteca del Congreso. El primero no pudimos verlo, pero la segunda sí. Si por fuera destaca, por dentro ya es la leche. Tiene una cúpula preciosa, y la decoración de los techos es una pasada. Tienen una exposición ahora relativa a la historia de la conquista del derecho al voto por las mujeres, con un documental breve en el que rescatan intervenciones de varias políticas que han obtenido puestos relevantes en el momento de tomar posesión del mismo. También hay otra sobre la conquista de América bastante interesante.

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Ha sido extraordinario conocer a Flori y a su hijo James, con quien pude conversar sobre música y cine, que nos ha tenido alojados en su casa, nos ha mimado, nos ha cuidado, y sólo la pudimos agradecer con algunas canciones tocadas por mi después de cenar. En Madrid tienes tu casa, amiga, aunque modesta será muy acogedora para ti y tu familia.

Mañana volvemos ya para la cabaña en Quebec, va a ser un viaje largo y ya empieza a asomar el cansancio. Llevamos ya casi cinco mil kilómetros de coche, pero por otro lado da pena ver que el final se va a acercando.

DE MADRID A NASHVILLE (VIII): UN SUEÑO CUMPLIDO

De Memphis a Nashville hay unas tres horas de coche. Pero entre las dos ciudades hay mucha más distancia. En la primera, tienes la sensación de estar en el profundo sur, como si estuvieras en Mississippi o en Alabama. En la otra parece que estás en el medio oeste americano, por decir Indiana o Illinois. Aunque se puede caer en la tentación de comparar Beale Street con Broadway Street (los honky ton bars, los museos, el ambiente, los neones), en realidad todo eso forma parte del pequeño parque de atracciones musical que ambas ciudades tienen montado como resort turístico. Pero en Nashville ves mucha más personas blancas, mucha más vida en las calles, tiendas, ambiente universitario (la universidad más destacada es Vanderbilt).

Llegamos después de comer y nos alojamos en unos apartamentos que se llaman Lee Apartments. Están al lado de Vanderbilt University, y te mandan un correo con los datos de tu apartamento y las claves para acceder a ellos. Hay parking gratuito detrás del edificio. No ves a ninguna persona al entrar o salir. Son edificios antiguos, pero bastante amplios y funcionales. Había un grupo de moteros de Illinois en el parking y estuve hablando con ellos, uno había fenido una avería con una Electra y parecía grave, tenian que llevarla a casa. Echo de menos ka moto, pero todo lo demás lo compensa.

Llegamos con el tiempo justo para descansar un poco e ir al Grand Ole Opry, para el que teníamos entradas desde hace meses. En realidad se trata del programa de radio más antiguo de EEUU, que se comenzó a retransmitir en 1925. De hecho sigue teniendo el formato de un programa de radio con música en directo, con su locutor y sus anuncios. El teatro tiene capacidad para 4.400 espectadores, siendo uno de los más grandes de USA. Actúan varios grupos en secciones de unos 30 minutos, lo que lo hace bastante ágil y entretenido.

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En nuestro show actuaron el grupo de baile del Opry, the Opry Square Dancers, fantásticos; un grupo de Texas que hacen western swing, Riders in the sky, que me recordaron mucho (salvando las distancias) a Les Luthiers, por la edad y el sentido del humor; un cantautor joven, Eric Paslay, uno de los mejores nuevos talentos en la actualidad; Jeannie Seely, una señora mayor con muy buen humor que cantó una canción de Elvis cambiando la letra y riéndose de los achaques de la vejez; Henry Cho, un monologuista que podéis ver en Netflix y que estuvo muy bien; Jessie Mc Reynolds, que con 90 años nos dio toda una lección a la mandolina; Gary P. Nunn, que hacía su presentación en el Opry tras décadas de carrera musical; Charlie McCoy, seguramente el mejor armonicista vivo con Antonio Serrano; y el plato fuerte fue ver actuar a Charles Esten, el actor y músico que interpreta en la serie Nashville el personaje de Deacon Claybourne. Fue algo que no esperábamos y que nos hizo muchísima ilusión, fans como somos de la serie de televisión.

Memorable el ambiente, la animación y como al final pidió el locutor que se pusieran de pie aquellos que hubieran servido en el ejército. Varios señores mayores y dos mujeres se levantaron y recibieron un cálido aplauso como homenaje. También fue emotivo el documental en el que se contaba cómo por una inundación se tuvo que reconstruir en 2010. Compartiré el programa al que asistimos en directo por aquí en cuanto sea posible. Alrededor tienen construido un complejo llamado Opryland, con restaurantes, salas de juegos, como si fuera un centro comercial gigante. Recomiendo quedarse a cenar allí para evitar el atasco a la salida, eso hicimos nosotros.

Al día siguiente, fuimos a ver el museo de Johnny Cash, en el downtown. Una pareja que conocimos en la cola del Country Music Hall of Fame me preguntaban si merece la pena. Aunque yo no sea un fan a muerte de Johnny Cash, creo que la merece. Es alucinante lo que hay recopilado alrededor de una sola persona. La cantidad de material histórico, anécdotas, documentos, es alucinante.

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El Country Music Hall of Fame vale la pena visitarlo también. Son dos plantas y la cantidad de información es tal que si pretendes verlo todo necesitas gran parte del día. Muestra muy bien el origen de la música country, y me alucinó mucho la cantidad de videos antiguos que tienen en la exposición , incluyendo a Jimmy Rodgers. Cuando estábamos terminando de ver el museo, recibimos una alerta de inundación en los móviles. En efecto, estaba lloviendo muchísimo y decidimos ir al parking a rescatar nuestro coche por si acaso. Por cierto, a 10 dólares la hora no trae cuenta ir al downtown en coche, mejor coger un taxi o un Uber.

Por la noche quedamos con una pareja que vive en Nashville amigos de Rosa y Gary, Juan y Catherine. Él se llama Juan porque sus padres eran aficionados a los toros, y le pusieron así por el torero Juan Belmonte, pero vamos que este señor es más americano que el bourbon. Teníamos que elegir entre ir a los bares de Broadway street y la cena, y fue mucho mejor cenar en un sitio típico de barbacoa sureña y poder hablar con gente del lugar. El restaurante merece muchísimo la pena (estoy ahora mismo escribiendo en el coche camino de Washington y no puedo buscar el nombre, pero lo pondré). Es un sitio muy curioso donde hacen la típica barbacoa sureña, haces cola como de veinte minutos, pides y te sientas a esperar en unas mesas de madera. Yo probé el catfish, que en España conocemos como siluro o bagre, y estaba delicioso, lo sirven junto con unas pelotillas de patata rebozadas con ajo y perejil que llaman hushpuppies y una salsa, todo estaba para morirse de rico.

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Los amigos de Gary y Rosa son muy majos, hablamos de un montón de temas, lo mejor de estos viajes es la posibilidad de intercambiar puntos de vista con personas de otros países. Me hizo mucha gracia el comentario de Juan a la pregunta de si íbamos a un sitio en coche o andando: “son europeos, les gusta andar”.

Los kilómetros están empezando a pasar factura, por la noche me encuentro a notar muy cansado, mañana tenemos una etapa corta de tres horas y media a Kentucky, pero luego tenemos casi mil kilómetros hasta Washington. Pero estoy disfrutando de una experiencia inolvidable.

Os recuerdo que hay más fotos y videos en nuestras cuentas de Instagram y Facebook.

DE MADRID A NASHVILLE (VII): MEMPHIS BLUES

Hemos hecho algo más de mil quinientos kilómetros para llegar de Niágara a Memphis. Paramos a dormir en los alrededores de Cincinnati. Cuando pasamos la frontera, nos hicieron parar y entrar en una caseta donde nos tuvieron esperando una hora, y de donde no podíamos salir ni para apagar los cuatro intermitentes del coche. Y no penséis que éramos todos extranjeros, había familias estadounidenses con niños pequeños. Cuando por fin nos llaman, nos atiende un policía fronterizo que debía ser pariente de Chris Long (los aficionados a la NFL me entenderán), que le pregunta a Gary de qué conoce a esta gente, entre otras cosas graciosas. En la entrada, el guardia de la puerta le preguntó si hacía pesas, porque se le veía muy en forma. Una vez que le enseñamos una copia del programa del viaje nos dejó libres, no sin antes abonar la tasa de seis dólares por persona para entrar en EEUU por tierra, independiente del ESTA.

Nos dirigimos entonces a nuestra parada intermedia cerca de Cincinnati. Lo que más me ha llamado la atención en estos kilómetros es lo parecido que es todo el paisaje, todo muy verde, con muchos árboles. Las autovías son de dos o tres carriles casi todo el tiempo, y la velocidad máxima es de 70 millas por hora (113 km/h), pero yo iba entre 120 y 125 y no tuvimos problema. Tienes que tener cuidado con los límites de velocidad variables en zona de obras, y cuando a veces baja a 55 o 65 millas por hora. En ciudad hay dos cosas que despistan mucho: la línea para detener el coche en un semáforo o un paso de peatones; y la posibilidad de girar a la izquierda o a la derecha, aunque el semáforo esté en rojo.

Llegamos cerca de Cincinnatti y buscamos un motel de carretera. El sitio era como en las películas, con todas las puertas de las habitaciones dando a la calle donde están los coches aparcados. Nos atendió un chico gordito, salido de una peli de Kevin Smith, con las uñas más negras que los cojones de un grillo, y con una camiseta con más lámparas que la Gran Vía en Navidad. Pero la habitación estaba bien para una noche, y las camas y las almohadas aquí son de fábula. Fuimos a cenar a un sitio que espero que si voy al cielo se parezca, se llama Hoolligan’s, con filetes cojonudos, cerveza a espuertas, pantallas gigantes con fútbol americano, espacioso, con gente pero no ruidoso…me acosté con una sonrisa como el Joker de grande.

Contar también que en el motel había unos mexicanos haciendo una fiesta en la puerta de sus habitaciones, sacando sillas para sentarse y bebiendo cerveza, y ya habían pasado a la fase tres de exaltación de la amistad cantando canciones de amor. Afortunadamente, cuando volvimos de cenar, ya estaban recogiendo.

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Al día siguiente continuamos ruta hacia Memphis, todavía nos quedaban 800 km. Paramos a comer en una gasolinera que tenia restaurante y me ocurrió una cosa muy graciosa: a la camarera que me atendió le faltaban los cuatro dientes frontales, así que entre eso y el acento sureño la pedí una ensalada de langosta y me dio un sandwich. Según vas bajando por el sur te das cuenta de ello porque las camareras te llaman con apelativos reservados para la intimidad y además porque entiendes una palabra de cada tres.

En Memphis tuvimos un problema con el hotel, ya que la tarjeta con la que hice la reserva había expirado desde que la hice, y por lo tanto, cuando me intentaron cargar la señal, el pago vino rechazado, así que no constaba la reserva. Por suerte pude hablar con Booking y solucionarlo, eso sí, en inglés.

Memphis me ha desconcertado mucho: en general hay muchas partes descuidadas, casas medio derruidas, pavimento en mal estado, gente pobre por la calle. La parte turística se reduce a Beale Street (donde están todos los garitos de música en vivo) y Riverside Drive (el paseo al lado del Mississippi de donde salen los riverboats). El downtown es como el de cualquier ciudad, excepto que no se ven muchas tiendas.

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Beale Street es una puta locura. Todos los garitos con música en directo, con altavoces hacia la calle a toda ostia, el ruido de las voces de la gente tratando de elevarse para poder conversar, las risas escandalosas de las negras (y sus enormes traseros), las luces de neón, la policía haciendo sentir su presencia, tipos sospechosos, mucho turista nacional y unos pocos europeos entusiastas alemanes y holandeses. Pero aquí sólo vais a encontrar música negra en sus múltiples variantes (smooth jazz, soul, rhythm and blues, blues) y algo de lo que llaman americana y rock and roll.

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La visita a Sun Records Studio marca el punto culminante del viaje para mí hasta ahora. Es el viejo estudio de grabación original reconstruido en el mismo sitio donde lo fundara Sam Phillips, y donde grabaron por primera vez BB King, Elvis, Ike Turner o Jerry Lee Lewis. La entrada cuesta 14 dólares y vale la pena cada centavo. Las visitas guiadas comienzan a las horas y media, las hace un músico profesional y cuenta muchísimas curiosidades sobre el estudio y los músicos que grabaron aquí. Este es el lugar donde nació el rock and roll. Sin enrollarme demasiado (os contaré en persona mucho más a cambio de cervezas) Sam Phillips abrió el estudio pensando que en Beale Street había grupos muy buenos que nadie los iba a grabar. Por ejemplo, grabaron a un grupo de presos de la cárcel a punta de escopeta, se hicieron muy famosos (se pusieron un nombre muy original, The Prisioners) y al final el Gobernador, que se hizo fan suyo, les terminó indultando. Elvis escuchó ese grupo y se inspiró para tocar la guitarra y cantar. Era tan pobre que tardó cinco meses en reunir el dinero para poder grabarse una canción. La continuación de la historia la contaré en persona a cambio de cervezas. Al final me puse a hablar con Graham, nuestro guía en la visita, que dejó su trabajo normal para hacer de guía aquí.

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Otro punto que merece la pena es el museo de los derechos civiles. Para cualquier persona interesada en la historia del siglo XX es un lugar imprescindible. El museo es muy grande, si pretendes leer o escuchar todo lo que ofrece vas a necesitar toda la mañana. Tiene varias partes muy bien hechas, como por ejemplo subirte al autobús donde Rosa Parks inició su protesta por no poder sentarse en los sitios de los blancos, y que cuando te acercas andando hacia esos asientos, el chófer del autobús te grita que te salgas de ahí. También puedes ver la habitación donde estaba Luther King en el motel Lorraine donde fue asesinado.

Por la noche, estuvimos cenando en un sitio de Beale Street con música en directo, tocaba un grupo de soul/rhythm and blues haciendo versiones de las viejas canciones de ayer, hoy y siempre (hasta Sweet Home Alabama estilo soul). Para entrar a la calle, tuvimos que pasar un control policial, nada raro por aquí. Creo que es la cuarta ciudad con mayor índice de criminalidad en EEUU, por detrás de Saint Louis, Detroit y Baltimore, con un porcentaje de pobreza del 27%. Y se nota.

P.D.: no hemos ido a Graceland, 61 doláres por cabeza es demasiado hasta para el rey del Rock. Y sus mejores cosas estaban en Sun Records.

DE MADRID A NASHVILLE (VI): NIÁGARA, MARAVILLA NATURAL Y PARQUE TEMÁTICO

Salimos de Toronto hacia Niágara on the lake. Seguimos en Canadá, aunque todos mis amigos al decir que estamos allí asocian Niagara a EEUU. Nos comemos un atascazo digno del mejor puente de mayo, además de las obras. Casi tres horas para hacer ciento y pico kilómetros. Cuando llegamos, flipo. Porque estamos en una zona residencial digna de las mejores series americanas, con sus casoplones y su césped. También los coches de lujo por todos lados, hasta un Rolls Royce, que parece que los regalen a la vuelta de la esquina. Dice Mar que esto parece Puerto Banús, y viendo las tiendas de la avenida principal no extraña la comparación.

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La casa que hemos alquilado por AirB&B es una pocholada, una casita blanca con dos plantas, con su césped correspondiente y su barbacoa. Cuando llegamos, internet no funciona, conecta pero no navega. Tiene toda la pinta de una avería gorda y llamamos al propietario para que lo solucione. Es un chino muy majo que se pone a ello, y para compensarnos nos regala unas invitaciones para visitar unas bodegas. Porque a todo esto la zona está llena de viñedos como no me hubiera imaginado. Me cuenta Gary que cuando se firmó el tratado de libre comercio, hace cincuenta años, los propietarios tenían miedo de que lee afectara la competencia extranjera, y pensaron que podrían perder sus negocios. Así que, aunque algunos cambiaron de cultivo, los restantes se centraron en aumentar la calidad del vino y competir con los mejores, y de este modo consiguieron sobrevivir.

Una cosa curiosa de Canadá es que desde octubre de 2018 la marihuana es legal, así que a veces te bajas del coche o sales a la calle y te viene un aroma a Heno de Pravia que te mueres. Las estadísticas del primer trimestre de 2019 revelan que el consumo aumentó un cuatro por ciento desde su legalización, siendo los mayores consumidores hombres entre 45 y 64 años. El objetivo, que es atacar la economía sumergida, ha funcionado, puesto que la venta ilegal ha bajado un 13%.

Cenamos en un restaurante de la calle principal mejillones al estilo canadiense (con una salsa picante de nata y ajo, tengo que conseguir la receta, porque están increíbles) y pescado. Cuando salimos, vimos una mofeta corriendo por la calle como Pedro por su casa. La seguimos a distancia prudencial, por si se daba la vuelta y nos dejaba un aroma inolvidable. Lo cierto es que el animal más grande que he visto, humanos aparte, es el mapache que vi en la carretera. Bueno, salvaje, porque vimos unos ciervos en una especie de granja, pero esos no cuentan, igual que tampoco los alces de las señales de la carretera ni los del museo.

Al día siguiente fuimos a ver las cataratas del río Niágara, que a eso íbamos. Merece la pena tomar la carretera que va paralela al río e ir parando en los miradores que encuentres. Cuando llegamos a las cataratas, flipar es una palabra que se queda muy corta. Las fotos y los videos que hemos colgado en redes o aquí no hacen justicia, es verdaderamente impresionante. Eso sí, la mejor vista es desde la parte canadiense, donde estábamos nosotros, se aprecian mucho mejor los dos saltos de agua en todo su esplendor. Desde la parte estadounidense no se aprecia igual, porque el agua cae precisamente de ese lado hacia el canadiense. Así que recomiendo mucho más verlas desde Canadá.

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Pero la gran sorpresa es que los canadienses han montado una mezcla de Las Vegas y Disneyworld alrededor. Si sales de la parte donde se ven las cataratas y te metes hacia dentro de la ciudad, te encuentras todo tipo de restaurantes, atracciones, casinos hoteles…la casa de Frankenstein, Cinerama, carreras de karts, falta el tren de la bruja. Está todo bastante petado de gente, es un poco agobiante, pero encontramos un sitio donde comer. Al salir, cayó una buena tormenta, aquí siempre tienes que estar preparado, la noche anterior estuvo lloviendo todo el tiempo.

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Cuando volvemos a la cabaña internet ha vuelto. Intentamos ir a visitar la bodega pero el chino se ha confundido con los horarios y estaba cerrada. Me fijo en el coche que tiene aparcado el vecino de enfrente en la puerta, del que os dejo testimonio gráfico, y me lo imagino cogiendo el bicho ese y diciendo “cariño, voy a comprar el pan, ahora vuelvo”.

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Al día siguiente nos esperan unos 1.600 km hasta Memphis y pasar la frontera de EEUU. Lo haremos en dos veces, parando a dormir cerca de Cincinnati.

¡Hasta pronto, Canadá!

DE MADRID A NASHVILLE (V): TORONTONTERO Y MÁS

Dejamos Algonquin park y vamos hacia Toronto, la ciudad más poblada de Canadá, según la señal cuando entras en la ciudad, exactamente dos millones setecientos treinta y dos mil habitantes, y espero que cuando leas esto no se haya muerto nadie más. Aquí seguimos con las obras a todo trapo que el verano es para esto.

Toronto es una ciudad realmente grande. El caos de tráfico es espectacular, entre tranvías, autobuses, coches, taxis, VTC, bicicletas que salen hasta por debajo de tu sobaco, pasos de peatones extraños y edificios muy diversos, que pasan del rascacielos a la vivienda unifamiliar residencial con césped, pasando por casas a medio caerse de viejas.

Aquí nos hemos quedado en casa de Doug, un bed and breakfast llamado Rose Garden realmente muy bien decorado y precioso. Doug y su mujer (que es china) se conocieron en el aeropuerto, y se sintieron inmediatamente atraídos el uno por el otro. Otra explicación no hay, porque ella no hablaba nada de inglés y él muy poco chino. Nos trataron realmente muy bien. Aquí tenemos el segundo caso de ejecutivo/ingeniero que lo deja todo y se dedica a la vida retirada: tras trabajar como ingeniero y tener su propia empresa de gestión de la energía, vendió su participación y ahora tiene un bed and breakfast. Querido Dani, veo tu futuro…Ah se me olvidaba señalar que el 10% de sus beneficios los destinan a proyectos de ayuda al medio ambiente.

Señalar también que tienen un mapa del mundo en el salón en el que van poniendo pines con etiquetas pequeñas como las que tienen los precios en las tiendas de ropa con los nombres de sus huéspedes y los pinchan en la ciudad de la que provienen. De Madrid no había venido nadie, así que somos los primeros en ser pinchados en el mapa allí.

Se que os lo estáis preguntando y que no podéis esperar más: sí, hemos hecho la misma turistada que todos los españoles que vienen a Toronto, subir a la torre desde la que se ve “Torontontero”. La verdad es que en estas ocasiones me pregunto si los españoles somos gilipollas, es decir, por qué no hacemos algo así, no sé, en el faro de Moncloa. Con el Vassa en Estocolmo pasa lo mismo: es alucinante la que hay liada alrededor de un puto fracaso, como fue un barco hundido según lo fueron a botar. Y lo otro es una puta torre, y nada más. La cantidad de mierdas que te venden en la tienda de la torre, los juguetes para los niños, la posibilidad de tirarse desde arriba, la gestión de las listas de espera (te cobran 7 dólares y esperas media hora, si no esperas dos horas). Y subir al skypod también tiene extra. En total, 136 dólares canadienses (unos 92 euros dos personas). No está mal para subir a la torre. Incluso puedes comer arriba o tomar una bebida.

Por la noche nos invitaron a cenar en casa de la familia de Gary, y disfrutamos de un rato encantador, tomando la típica cena canadiense, con varios platos de los que podemos tomar lo que queremos y sentarnos donde podamos, con todos los productos de fuera de Canadá, música incluida. En Facebook e Instagram podéis ver un vídeo con mis pobres primeros pasitos con el pedal steel, un instrumento típico de la música country que en mi vida había probado. Se hizo famoso en Europa sobre todo con la gira de Dire Straits de 1992, que trajo a un intérprete de este instrumento con excelentes resultados.

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Al día siguiente fuimos al Art Museum of Ontario, que fue una sorpresa muy agradable. Íbamos con el tiempo justo, pero pudimos ver una exposición genial sobre China, Japón y Corea, y otra exposición sobre especies animales en peligro de extinción. Lo alucinante es cómo orientan todo hacia los niños para que interactúen, y puede que un poco hacia el espectáculo, pero la gente por lo menos va y sale aprendiendo algo.

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Antes de salir del museo intentamos sacar el coche del aparcamiento, pero como por arte de magia nos habían crecido unas grúas, camiones y obreros que ocupaban toda la salida del parking. Hablando con el señor de la grúa me comenta que todavía tenían para una hora. Así que como queríamos ir al museo se me ocurrió seguir el consejo de mi amigo Nico (ya más español que italiano) que vive en USA y pedí un Uber. En dos minutos teníamos un coche y la experiencia fue muy buena, te sirve la misma aplicación que en España. A la ida nos llevó Paulo, brasileño, que acababa de empezar a trabajar en Uber ese día y del que fuimos sus primeros clientes. A la vuelta nos llevó José, un señor mexicano que se emocionó mucho de poder conversar en español, y que nos dijo que enviáramos saludos para toda España. Enviados quedan.

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Hay un par de cosas sobre Canadá que me he dejado en el tintero: primero el tema de los impuestos. Los precios que ves no son reales, porque luego le tienes que añadir los impuestos (taxes). O sea, que esa cosa tan mona que vale 20 dólares en realidad puede valer 25, y eso sin contar las propinas. Realmente estas solo aplican en muy pocos sitios, como restaurantes o taxis. En esto funcionan como en USA. Tienes que tener en cuenta que el dólar canadiense está a 68 céntimos de euro aproximadamente, así que las cosas son más baratas de lo que parecen. La gasolina está a 80 céntimos el litro, aproximadamente.

Siguiente parada, Niagara on the lake, desde donde saltaremos a Estados Unidos.

DE MADRID A NASHVILLE (IV): ALGONQUIN PARK, NATURALEZA EN ESTADO PURO

Hemos dejado Ottawa y vamos a una cabañita en Algonquin park. He cumplido hoy uno de mis sueños, conducir por América con rock sureño sonando en el coche. Y más adelante cumpliré otro más, no quiero hacer spoilers.

La cabaña donde hemos estado está justo al pasar la salida oeste del parque, es un complejo de cabañas llamado Parkway Cottage Resort and Trading Post. Su propietario, Tony, tenía un trabajo en Toronto como ejecutivo de marketing, y un día se hartó, vendió todas sus propiedades y se fue a Algonquin park y compró esta propiedad, con varias cabañas cerca del lago Oxtongue, en el municipio de Dwight. Nos quedamos en una bastante espaciosa, con tres habitaciones, un baño, salón y cocina, porche en madera y el lago a treinta segundos andando.

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Menos la lancha a motor puedes utilizar todo lo que la propiedad pone a tu disposición (canoas, patinetes a pedales, juegos diversos, hamacas y sillas, etc) de forma gratuita. El lago es realmente grande y se ven pocas lanchas a motor, lo que es para tener en cuenta.

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Por la tarde nos dimos un baño y luego fuimos a cenar a un garito muy curioso llamado Cookhouse saloon. Parecía un bar del Oeste americano construido sobre una antigua estación de bomberos. Aunque la carne no estaba muy allá, el episodio mereció la pena por lo que voy a contar. Había un ampli Marshall con cabezal y una Stratocaster de zurdos encordada para diestros con un post it que decia “play me, I dare you”. Así que le pregunté al camarero si podía tocar algo, me dijo que sin problema. Y salimos Gary y yo a tocar nuestro viejo éxito Axe, del grupo The Steel Woods. Tuvimos nuestro momento de gloria y la gente del bar incluso aplaudió!

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Al dia siguiente, fuimos a hacer dos rutas de senderismo dentro del parque. Tienes que pagar un pase que cuesta 10 euros si te alojas en las cabañas y vale para todo el grupo, supongo que será por vehículo. Hicimos Whisky Rapids y Hardwood lookout trail, son sencillas y no son demasiado largas. En la primera vas viendo el río en paralelo, aunque los rápidos eran pequeñoa, y en la otra te adentras en el típico bosque de la zona, con pinos blancos, arces y otros árboles, y tienes una estupenda vista del lago desde lo alto.

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Por la tarde nos llovió todo el tiempo, aun así Mar y Gary pudieron ir en canoa antes del diluvio que cayó después. A pesar del agua, Gary nos hizo unas deliciosas hamburguesas en la barbacoa, y terminamos el día con buena música, un vino blanco sensacional y escuchando la lluvia.