EL FINAL DE LA AVENTURA

10 septiembre, 2018 2 comentarios

Pasamos el día en el barco, disfrutando de las brisa del mar en la popa, sentados en un banquito. Qué diferencia del ferry de ida, que iba petado, ahora va mucha menos gente. Se nota que puedes sentarte tranquilamente o tomarte algo en el bar sin hacer cola. Ya no tengo cobertura y no puedo revisar si el pronóstico del tiempo ha mejorado. El plan es llegar a las 7 de la tarde más o menos y hacer carretera hasta Fraga, en Huesca, y así ganar un par de horas para al día siguiente llegar a Madrid a la hora de comer.

Anuncian que llegaremos sobre la hora prevista, aunque hemos salido con una hora de retraso. El barco va a 25 nudos naúticos y lleva buen ritmo, el mar está en calma y nada presagia que vaya a llover. Cuando llegamos a Barcelona, está nublado, pero no llueve. ¿Qué hacemos, nos ponemos la ropa de agua? Miro Aemet y da un 20% de probabilidad de lluvia. Le digo a Mar que no, que no creo que llueva. Hablamos con una pareja de Alemania que van a hacer la costa española, ya les digo que es probable que pillen tormentas por el Mediterráneo. Estos últimos días he escuchado en la radio que ha caído la del pulpo, hasta granizo. Bajamos al garaje, esta vez nos han dejado las motos solas con los camiones y las autocaravanas. Como ya tenemos todo el equipaje recogido, salimos para Fraga rápidamente. Hacemos un rato del camino con la pareja de Tarragona y luego nos separamos. Hay mucho tráfico y por momentos caravana. Sigue sin llover.

En el horizonte empezamos a ver rayos y nubes negras. Y de repente ocurre: justo un par de kilómetros antes de llegar al peaje de la A-7 es como si el cielo se desplomara sobre nuestras cabezas. Dura sólo diez minutos, pero siento que me han metido en una lavadora industrial. En segundos siento que mi entrepierna se vuelve el canal de Panamá. Siento el impulso de pararme debajo de un puente, pero en la duda sigo. Paramos a recoger el ticket y le pregunto a Mar: qué hacemos, seguimos? Pues claro, sigue, hay que salir de la tormenta! La breve pausa del tejado del puesto del peaje se termina y volvemos a la piscina. Voy a 60 con los cuatro intermitentes puestos por la autopista porque no veo. Trato de ver por encima de la pantalla con la visera medio abierta, intentando escupir el agua que entra en el casco. Y de repente se para, estamos fuera. Ahora parece que llueve, pero es el agua del suelo y de los otros vehículos que rebota contra nosotros.

Voy rápido porque quiero llegar a Fraga, ducharme y ponerme ropa seca, a saber cómo estará el equipaje viendo cómo estoy yo. Me ha entrado agua hasta dentro de las botas. Calculo que nos dará tiempo a secarnos por el camino, si no vuelve a llover. Cuando paramos a llenar el depósito, tengo la cartera empapada, y eso que va en el bolsillo trasero. En el camino encontramos muchos lazos amarillos anclados al mobiliario urbano, evidentemente puestos por el equipo municipal correspondiente, se ven incluso desde la autopista. El chico de Tarragona, no lo he mencionado hasta ahora, llevaba un pin enorme con un lazo amarillo. Me recordaba mucho a mi con treinta años: yo no tengo coche, le hago 2.000 km al mes, he ido a este sitio o al otro; contando una chupa de agua terrible que le cayó en Italia. Buena gente, sencilla: no tengo ni papa de inglés, la que habla es ella. Y de repente vi el lazo y pensé: me cago en los putos políticos de mierda que utilizan los sentimientos de la gente para huir hacia adelante, blanquear su corrupción y manipular a las personas mediante la educación, los medios de comunicación y la presión social, sin pensar en las consecuencias de sus actos. En Bosnia hemos visto las consecuencias en el peor de los casos. Por supuesto que la última responsabilidad es de las personas individuales, de todas y cada una, pero mi conclusión es que la gente, en general, es un ser gregario y fácil de manipular.

Voy más rápido de lo normal (140-150) pero la moto no te creas que da síntomas de fatiga, es como si quisiera más. Javi, cabrón, ya me dirás que coño le has puesto al motor para que ande así. Y ocurre: aunque voy mirando al GPS me como un radar. Al reducir antes me quedo a 136 km/h reales, así que no sé si me enviará la DGT un retrato personalizado (se pasa por la cabeza que imagínate que te lo ponen en tu perfil de Facebook–la DGT te ha etiquetado en una publicación).

Y entonces sucede un fenómeno curioso que no me había pasado: vemos una puesta de sol preciosa sobre el horizonte mientras vamos por la autopista. El sol, enorme, naranja, a cámara lenta, se va ocultando detrás de la montaña. El cielo alrededor se va poniendo de un color que va del naranja al rojo casi morado. Siento no tener testimonio gráfico, pero a veces (muchas veces) queremos retratar todo lo que vemos o nos pasa, sin pararnos a disfrutarlo realmente, como si quisiéramos inmortalizar el momento. Y al final hay que pensar que nuestra cámara está en la cabeza, y son los recuerdos los que quedan, y son imborrables. No hace falta hacer copia de seguridad. Y podemos perdernos el goce del momento por estar buscando el móvil o la cámara en el bolsillo.

Finalmente entramos ya en Fraga de noche, debe ser bonita la parte del río Cinca, aunque por la oscuridad no la aprecio bien. Llegamos a la puerta del hotel y le fastidiamos su cigarro a la recepcionista, que justo en ese momento iba a salir a fumar. Ya lo siento, señora. Estamos en todo el centro, hay gente en las terrazas y por la calle, y se me hace raro escuchar hablar español alrededor. Ya sentimos que casi estamos…

Al día siguiente nos levantamos a hora razonable para llegar a comer. Vamos rápido parando lo justo. Qué diferencia de carreteras en España a lo que me he comido por ahí fuera, hay que valorar en su justa medida lo que damos por sentado, como tantas otras cosas. Y llegamos a la puerta de casa: 4.820,90 kilómetros, 21 días después, 5 países (sin contar el mío, claro), un montón de litros de gasolina y de cerveza, muchas playas, muchas ciudades viejas (old town, stari grad, citta vecchia), muchas puestas de sol alucinantes, erupciones volcánicas…Y lo más importante: muchas personas que hemos conocido en este viaje y que nos han contado sus experiencias vitales.

Falta el epílogo, para más adelante.

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COSTIERA AMALFITANA: MAR, CURVAS Y MONTAÑAS

8 septiembre, 2018 Deja un comentario

La costa de Amalfi es uno de los sitios más bonitos para rodar en moto que conozco. Hace unos años lo hicimos en coche y siempre hemos querido tener la oportunidad de hacerla en moto. Y con ocasión de este viaje pensamos que podría ser una buena oportunidad. El caso es que no empiezo con buen pie, algo me ha sentado mal, y paso la noche haciendo viajes no deseados al baño. Evidentemente, debe haber un bicho más malo que yo y se ha colado dentro el muy cabrón.

Salimos hacia Amalfi, con la idea de hacer el camino hasta Sorrento e ir parando donde nos apetezca o donde nos dejen. La salida de la casa de Marinella es siempre una aventura con una moto como la mía, hay dos curvas que he sido incapaz de tomar sin tener que parar y dar marcha atrás, así que la diversión está garantizada.

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Cuando llegamos al desvío de Vietri sul Mare para coger ya la carretera de Amalfi, la curva en el stop es tan cerrada que al tumbar con el pie derecho fuera me lo atrapo un poco con la plataforma. Nada grave. La carretera es preciosa, paralela al mar por la montaña. Hay mucho tráfico. Más que cuando estuvimos hace unos años. Los scooters nos adelantan y se meten entre los coches que vienen de frente. También hay coches, pocos, que van como si tuvieran que mejorar el tiempo de su última vuelta para hacer pole position. ¡Esto es Nápoles! Siento una sensación de mareo en el estómago que en 27 años nunca había sentido en la moto. A ver si no me he mareado en todos los barcos que he cogido en mi vida y lo voy a hacer ahora en la moto…

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Es impresionante ver los pueblecitos colgados de la montaña sobre el mar: Maiore, Minori, y finalmente Amalfi. Cuando llegamos necesito parar porque no me encuentro bien. Aparcar en estos pueblecitos es un poco complicado, a no ser que lo hagas en un parking. Buscamos algún sitio “legal” y que no sea al borde de un acantilado ni entre dos coches, y es complicado. Al final, terminamos en el puerto, en el parking del restaurante que está al final, nos cobran 5 euros por aparcar pegados a una grúa con la promesa de volver a comer al restaurante después de dar una vuelta. Pero ya no podía más, entre el estómago y la pierna. Todos los parkings de motos están a rebosar, la mitad de las motos del mundo deben de estar aquí, y la otra mitad en Vietnam y países adyacentes. El restaurante resulta un descubrimiento, el pescado está muy bueno, y comer mirando el mar siempre tiene su encanto. Por cierto, Amalfi tiene una iglesia románica estilo árabe-normando del siglo IX que no os podéis perder, la catedral de San Andrés Apóstol, donde se guardan sus reliquias.

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Seguimos ruta hasta Positano, ahí paramos y hago lo que no tendría que hacer, aparcar arriba y bajar hasta la playa andando (y luego volver a subir). La vuelta son casi dos horas, así que decidimos volver antes de que se nos haga de noche. Ahora vamos mucho mejor, menos tráfico, casi podemos rodar a una velocidad aceptable (o sea, 50-60 km por hora). De hecho, Mar me dice que voy demasiado rápido…Al volver tienes el mar a tu derecha, así que para el conductor es mejor oportunidad para poder disfrutar un poco del paisaje.

A la mañana siguiente preparamos para salir hacia Civitavecchia, el ferry sale a las 11 de la noche, así que pensamos qué hacer. Roma es una opción, pero ya hemos estado allí antes, y Mar dice que el tráfico será terrible, y que ya llevo mucha carga de conducir en no las mejores condiciones. Así que buscamos un sitio fácil de acceder, que no tenga mucho tráfico, que esté cerca de Roma, y que tenga cosas bonitas que ver. Respuesta: Tívoli. Tenemos Villa Adriana y la Villa del Este para ver, y el propio pueblo dicen que es muy bonito, así que allá vamos.

La salida de la casa donde nos alojamos no defrauda, con la moto completamente cargada las paso un poco putas para salir, pero salimos sin percance alguno. Cogemos la autopista hacia Roma y en tres horas más o menos estamos en Tívoli. Llegar a la ciudad mola, porque está en lo alto de una colina y vas subiendo constantemente haciendo curvas. Tomamos la juiciosa decisión de aparcar y comer, y luego vamos a ver la ciudad antigua a pie. Comemos en un buffet cerca del puente Gregoriano que nos cuesta muy barato para ser Italia (10 €), además desde el salón del restaurante ves parte de las excavaciones de la ciudad antigua en una especie de barranco lleno de árboles, es muy bonito.

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El río Anio forma una cascada que se puede ver desde el puente Gregoriano. Cruzando éste te adentras en la ciudad antigua (Castro Vetere), que es una preciosidad. Hay  pequeños palacios del siglo XVI como en mi barrio bares. Hay dos templos, uno de ellos el de la Sibila, que predijo a Augusto que nacería un Mesías. Vemos restos de excavaciones protegidas por cristal, pero no hacemos mucho ruido, porque en un banco cercano hay un hombre durmiendo.

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Decidimos ir a ver Villa del Este, porque las dos no nos va a dar tiempo, siempre puede pasar algo y prefiero llegar con tiempo al barco. Patrimonio de la Humanidad desde 2001, fue encargada por un hijo de Lucrecia Borgia en el siglo XVI. Contiene un juego de más de 500 fuentes y estatuas, su sistema de riego fue imitado a lo largo de toda Europa. Hay una hilera de cien fuentes seguidas que es espectacular, cada fuente con una cara distinta. Merece mucho la pena venir, os recomiendo si vais a Roma y tenéis tiempo hacer la excursión a Tivoli, está muy cerca, son 30 kilómetros pero de verdad, e incluso se puede ir en transporte público. Además, hay un autobús que conecta ambas villas.

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Cuando terminamos, vamos tirando para el puerto a coger el ferry, ya el último. Cuando llegamos somos la única moto, pero enseguida llegan muchas más. Conocemos a dos italianos con los que comparto viajes y anécdotas; a una pareja de Tarragona, que han hecho Italia; y a otra muy jovencita de Valencia, muy abrazables los dos, con veinte añitos se han venido a Roma, su primer viaje largo. El chico, que era quien conducía, acababa de sacarse el carnet hacía dos meses. No pude sino acordarme de cuándo me fui con mi primera moto, una Yamaha Special, yo solo, a ver a Moixent a mi amigo Santi recién sacado el carnet. También hablamos con Marco, un chico italiano de Catania que tiene una novia francesa y que sueña con abrir su propio negocio en España. Hace pan y pizzas, y le animo con la historia de nuestro amigo Nico que abrió un restaurante italiano muy cerca de nuestra casa y le va bien.

Lo pasamos bien compartiendo anécdotas de viajes anteriores y de éste, esta parte es la mejor del viaje, poder compartir las experiencias con otras personas. Hay también alemanes con BMW, cómo no.

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Vamos con una hora de retraso, afortunadamente la animada conversación ayuda a pasar el tiempo. Mañana ya estaremos en España, esperemos que la lluvia que pronostican para Barcelona no sea muy severa con nosotros.

SIMMO ‘E NAPULE PAISÀ

4 septiembre, 2018 Deja un comentario

Nos despertamos a la hora prevista, sabiendo que tenemos que dejar Calabria para ir a uno de los lugares más chulos y emocionantes para rodar en moto en Europa, la costa amalfitana. Desde luego de emociones no nos hemos privado, como contaré a continuación. Antes de salir cumplimos lo que prometimos a Ketty, la dueña del apartamento donde nos hemos quedado, a saber, una sesión de fotos en nuestra moto. La mujer demuestra ser una verdadera fan de la marca y de nuestro rollo (se sabe diálogos de Easy Rider), y yo la animo a que se compre una y aprenda, aunque Calabria no es el sitio más adecuado, la ilusión lo puede todo, y al final cuando se quiere algo, es sólo cuestión de tiempo y de dinero. Me agradece haber podido cumplir un sueño, y aunque parezca exagerado, para alguien que le gusta mucho algo y nunca ha tenido un pequeño pedazo a su alcance, puede ser así.

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Decido hacer la primera parte del viaje con Google Maps en vez del navegador, para probar si me manda por carreteras malas o no, y la verdad es que creo que va mejor. Problema: aparte de comer datos, el móvil se calienta y se apaga, pero cuando eso ocurre ya estamos en la autopista dirección Sorrento, por lo que hasta dentro de 333 km ya no me hace falta. Cuando paramos vuelvo a cambiar y pongo el GPS, a ver si deja de hacer tonterías.

En general no hemos tenido demasiados problemas con la conducción de los italianos en la autopista, excepto: un camión enorme se me echa encima porque adelanta a un ciclomotor (qué coño hace un ciclomotor en una autopista) y prioriza al ciclomotor sobre mí; y luego un tipo al que voy a adelantar se mete en mi carril, mientras tiene los cascos puestos en las orejas supongo que escuchando música, y el cuerpo totalmente girado hacia atrás buscando algo en el asiento trasero (por supuesto con las dos manos fuera del volante, no quiero imaginar con qué parte del cuerpo lo sujeta). Toco la bocina ante el peligro inminente de choque y el tío dice que qué coño decimos, si esto es lo más normal del mundo. Qué pena no haberlo podido grabar y haberlo subido a Youtube. Por cierto, y sé que hay italianos que me estáis leyendo: ¿por qué cojones cada vez que me adelanta alguien tiene que meter medio coche en mi carril? ¿Es como una especie de marcar territorio o algo así? Pero lo mejor es lo de los radares de tramo: al principio veíamos a gente parada o yendo a paso de tortuga y no entendíamos nada. Pero claro, con los radares de tramo si se te va la pinza y te pones a 200 luego tienes que estar parado un rato para que te baje la media cuando llegues al siguiente. Y eso el GPS te lo va calculando.

Llamadlo aburrimiento, pero necesitaba un poco de tres horas de moto sin cambiar de marcha, y mi pie izquierdo ni te cuento. Es la calma que precede a la tempestad.

Empieza la diversión, y aviso para navegantes: el desvío para la costa amalfitana está justo a la salida de un túnel bastante largo. Inexplicablemente, un trailer se pone en el carril izquierdo cuando entramos en el túnel. Como va más despacio que yo trato de adelantarle por la derecha. Preocupado por si vuelve a la derecha, y acelerando, no me doy cuenta que el desvío está justo a la salida del túnel…FRENAZOOOOOOO. Me quedo atravesado en medio de un cruce cuádruple y creo que en sentido contrario. Miro para donde voy y me equivoco. Quince minutos más tarde me doy cuenta que voy mal. Vuelvo grupas y sigo las señales de costiera amalfitana. Y el GPS, con la posición que le he metido de Booking, me saca a un pueblo donde no está mi bed and breakfast. Uso el móvil con la posición que me ha enviado la dueña por Whatsapp y tampoco soy capaz. Preguntamos a gente y nadie sabe. Humillado, después de una hora de dar vueltas, llamo a la señora. Por favor, rescáteme. Y ahí estamos los tres, Mar, la moto y yo, en un pueblito a las 3 y media de la tarde, sin comer, con la abuela vigilando a sus dos nietos que juegan al lado de lo que parece una pequeña ermita. Como en una peli de realismo italiano, pero real.

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Omito que para llegar aquí hay que pasar curvas, cuestas, semáforos porque en muchas calles sólo cabe un coche…en un momento dado, tengo que dar marcha atrás porque viene un autobús de frente, y claro, los dos no cabemos.

Llega la intrépida señora al rescate con chófer y un Fiat Panda, y trato de seguirla. El último tramo de carretera es de traca: curvas donde tengo que parar y dar marcha atrás para poder tomarla, cuestas donde podrías rodar hasta el infinito y más allá, y por fin llegamos a la casa. Eso sí, entre Montenegro e Italia ya estoy entrenado para ir al Dakar y hasta competir. La casa es muy chula, pero no tenemos nevera, lo que nos puede crear problemas logísticos. Parece que estamos en el rincón más remoto de Asturias, rodeados de árboles y montañas. Bueno, es que remoto lo que se dice remoto es. El entorno es precioso, pero como diría un colega, un poco retirao. Dice en la descripción de Booking “a 4 km de Vietri”, pero lo que no dice es que vas a tardar 20 minutos en hacer 4 kilómetros, y que vas a descubrir habilidades nuevas sobre la moto que ni pensabas que tenías. El sitio se llama la casa de Marianella, y la dueña, no sé cómo lo has podido adivinar, se llama Marianella. Es una señora mayor muy atenta y amable, que vive en la planta de debajo de la casa. Tiene unos gatitos pequeños, uno muy juguetón y el otro más independiente, y nos dan un poco por saquete. Lo guapo es la decoración y el gel de baño, que mola un montón. Bueno, y que he dejado de formar parte de la dieta de los mosquitos italianos, que en Calabria me han dejado como un mapa.

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Visto lo lejano de todo, intentamos conseguir algo de comer, que a pesar de que he sido previsor y he hecho unos paninis de jamón y queso, a la noche habrá que volver a llevarse a la boca algo. E iniciamos la aventura de encontrar el supermercado. Visto que el Conad ha resultado bueno, vemos que hay otro “cerca” (o sea, a media hora), y allá que vamos. Yo tampoco me lo puedo creer, pero estamos de nuevo en medio de un atasco monumental. Cuando por fin llegamos al super, nos damos cuenta de que no podemos comprar nada perecedero, así que decidimos hacer un homenaje a mi amigo Manuel y cenar embutido y queso más fruta de postre.

Mañana haremos la costa de Amalfi entera o casi, que ya lo hicimos en coche hace unos años y moló mucho. Era un sueño que tenía hacerla en moto (y con mi moto). Y lo cumpliré mañana, si los gatitos me dejan.

AMO LA CALABRIA

2 septiembre, 2018 1 comentario

Nos despertamos sobre las 7 de la mañana, nos dicen que vamos a llegar con una hora de antelación al puerto de Bari. El tiempo sigue siendo bueno. Esta vez hemos dejado el equipaje por primera vez en el aparcamiento atado a la moto, y hemos cogido una mochila cada uno. Además, hemos copiado a Marta y Quique y estamos dejando los cascos atados con una pitón a la moto, con lo cual es mucho más fácil subir y bajar del camarote. A la hora de salir tenemos un problema: van muy pocas motos a bordo (sólo hemos visto otra) y nos han hecho aparcar como si fuéramos un coche. Por lo cual estamos al final del todo y tenemos que esperar a que salgan todos los demás coches para poder salir. Y hay gente que arranca los coches aunque no puedan moverse, seguramente para estar dentro tan ricamente con el aire acondicionado encendido, mientras nosotros nos asfixiamos con el humo de los tubos de escape. Y no podemos abrir ventana alguna. Se me enciende la bombilla y le pido a un señor de un coche si lo puede mover un poco, para poder salir en sentido contrario, ya que la rampa la tengo cerca. Lo hacemos así y lo conseguimos!

Dejamos Bari y cogemos la autopista. Cuando llevamos 30 km me doy cuenta que el GPS cada vez me marca más tiempo en vez de menos, pero tampoco me dice que voy mal y que me de la vuelta. Finalmente me manda salir de la autopista. Pienso que no voy bien y doy marcha atrás en el mismo puesto de salida. Claro que voy mal. Tengo que volver en sentido contrario y coger el desvío hacia Tarento. Más tiempo perdido. Me vuelve a sacar de la autopista otra vez y tengo que volver a parar. Voy mirando por donde tengo que pasar y vuelvo a la E45. Aun siendo autopista, las carreteras están llenas de baches, sobre todo en los puentes y los viaductos. En plena carretera, nos adelanta un chico con una moto trail y matrícula de Italia, se pone a nuestra altura, se gira y nos dice en español: “buen viaje”.

Cuando llegamos a la provincia de Calabria, y salimos de la autopista, la carretera se parece a las de Montenegro, pero con más baches. La verdad es que el paisaje es precioso, pero tienes que ir mirando el GPS, los baches, los coches y motos que te salen a diestro y siniestro, las curvas y las cuestas…Estamos en uno de los sitios más chulos de Europa, estamos en Calabria, en la costa degli Dei, la costa de los dioses.

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Las playas son de piedras casi todas, pero el agua transparente, los peces para hacer snorkel, el color del agua, que va del turquesa al azul intenso, son razones de peso para estar. Además, en estas fechas la gente empieza a marcharse.

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Llegamos al apartamento, que se llama My Villa Eden, lo atiende una señora muy agradable, Ketty, que se preocupa de nosotros desde el primer momento. Tú eres el de la Harley, vaya moto que tienes, la he visto en tu foto del Whatsapp. No te vas de aquí sin que me haga una foto con ella. El sitio es muy chulo, tiene unas vistas preciosas: la puesta de sol desde el apartamento es espectacular, dejamos un vídeo en Facebook por si lo queréis ver. La villa está llena de flores preciosas, árboles (higueras, limoneros) y tiene piscina.

En este punto llevamos 3.300 km recorridos, y el tendón de mi tobillo izquierdo está dando síntomas de fatiga. Demasiadas carreteras malas teniendo que cambiar marchas constantemente y demasiado peso. Al día siguiente le dijimos a Emilia y Michele, los padres de Nico, que iríamos a verles en Santa María del Cedro, que está a 173 km (pero tres horas) de aquí. Por cierto, estamos en Torre Ruffa, a 8 km de Tropea. Me aconsejan reposo, ya que el lunes sí o sí tenemos que ir hasta Vietri sul mare (4 horas y cuarto en teoría), y el miércoles siguiente a Civitavecchia (otras tres horas y media). Y el martes pretendemos hacer un poco la costa amalfitana, que va a ser exigente. Asi que nos vamos a quedar tranquilos descansando, con gran dolor de mi corazón, que hay que volver a casa todavía.

No paro de acordarme de esa película de Billy Wilder (Avanti, o con esa traducción tan imaginativa Qué pasó entre tu padre y mi madre) en la que entre la una y las cuatro se para el mundo. Llegamos sin comer a las 3 de la tarde, y claro a esa hora no hay nada abierto. De hecho entramos en un supermercado y casi nos dejan encerrados dentro. Al final tenemos suerte y hay un supermercado que no cierra y además tiene tavola calda, apunten el nombre si vienen por aquí, Conad.

Bajamos a Tropea y es una ciudad muy chula, las vistas son alucinantes. Tomar un prosecco en una plaza centenaria, enfrente de un palacio del siglo XVIII, escuchando jazz, y con la puesta de sol no tiene precio. Luego nos encontramos con un chico que le ha pedido matrimonio a su novia en una placita desde la que se ve la puesta de sol, con la colaboración de varias personas que llevan carteles, cada uno con una letra, que juntas dicen quieres casarte conmigo.

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Hacemos la visita en barco a Panarea y Stromboli, este último es el volcán de Italia que nos faltaba. Panarea es muy pequeñita y la playa está a 45 minutos andando, asi que si piensas ir mejor pilla un vehículo de alquiler (los coches eléctricos de jugar al golf hacen furor, desplazando a los motocarros de toda la vida) nada más bajar del barco. Porque te van a dejar tres horas en un sitio pequeñito y lleno de cuestas donde no hay mucho que hacer. Stromboli es una pasada, nos bañamos en la playa de arena negra y luego fuimos a ver la Sciara di fuoco desde el mar. El volcán está muy activo, tanto que según lo cabreado que se encuentre las erupciones pueden ser espectaculares. Hay una cara que se ve perfectamente desde el mar y que es como el sobrante del volcán, cuando sale lava corre por aquí hasta el mar. Se puede hacer una excursión a pie al cráter que dura 6 horas y que no es ninguna tonteria, porque según como esté la cosa puedes acabar bailando la yenka (los jovencitos buscad en Google).

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Conocimos a una pareja italiana en la excursión, Daniele y Filomena, y lo pasamos muy bien con ellos. Él es militar y está destinado en Roma, aunque viven en Caserta. Hablamos de política y de otras cosas, mola mucho conocer gente distinta y practicar el italiano. Flipan cuando les digo que lo mismo nos venimos a vivir a Italia cuando nos jubilemos, que nos gusta mucho este pais.

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También en el barco conocemos a David. Bueno, él ve mi gorra de Harley y me pregunta si conozco al presidente de un club italiano. Me cuenta que es de Berkeley, California, y que está aquí invitado por un amigo, es profesor y da clases en verano a niños. Abrimos el melón del fútbol americano y el baloncesto. Me dice que lo importante es tener amigos ricos, no ser rico. Porque el dinero da muchas preocupaciones, pero yo tengo un amigo rico que me invita cada año a un partido de los Warriors. Y me enseña fotos en silla de primera fila, con la espalda de Kevin Durant en primer plano.

Hemos pasado cinco dias estupendos aquí. Nos ha gustado mucho tu tierra, María Luisa. Perdón, ella fue mi profesora de italiano (que no estaba tan oxidado como yo creia), y nos ha dado buenos consejos. No hemos podido ir al paradiso del sud, pero sí que te hemos hecho caso con los helados, espectaculares, aunque mi favorito es manzana verde con cerezas, y hemos probado la nduja, que parece una especie de sobrasada picante, y el pulpo. Ahora estamos haciendo el equipaje y mañana vamos a la costa de Amalfi, donde siempre he soñado rodar con mi moto.

ADIÓS BALCANES ADIÓS

31 agosto, 2018 Deja un comentario

Salimos de Mostar temprano, con la intención de hacer todo el río Neretva hasta encontrar la costa del Adriático. La carretera paralela al Neretva es impresionante, me quedé con ganas de haber podido parar en alguno de los recodos y haber podido navegar por el río. En algunas partes parece un lago de lo ancho que es el caudal. El paisaje es impresionante y el asfalto bastante bueno, con curvas prolongadas y amplias.

Llegamos a la carretera que une Split y Dubrovnik y es una pasada. Vas todo el rato paralelo al mar, con la costa adriática rodeada de islas (lo que llaman riviera de Dubrovnik), tienes que esforzarte como conductor en mirar de frente a la carretera porque el paisaje que tienes alrededor es demasiado bonito. Y en esas comprobamos que la cámara se ha quedado sin batería…pero bueno, es cierto que muchas veces queremos congelar el momento una y otra vez, y nos olvidamos de vivir el momento y disfrutar del presente que estamos viviendo. Tras un momento de inicial desilusión, intento disfrutar de ese momento presente que recordaré siempre, más que los videos y las fotografías.

Pasamos por Dubrovnik otra vez, y de nuevo otra frontera…previamente habíamos cruzado la de Bosnia a Croacia, que son dos: una de la policía bosnia, y luego la croata. Y ahora la de Croacia a Montenegro. Ya tengo los papeles preparados como si lo hiciera todos los días. Desde que salimos hemos cruzado cinco países y varias veces entre ellos y ya está uno un poco cansado. Nos encontramos con un grupo de moteros croatas que van todos juntos, unas seis motos. Se quedan mirando el ralentí de mi moto y se hacen señas unos a otros de cómo vibra el motor. “Si no vibra así, no es Harley Davidson”, me dice uno de ellos. Conocemos también a una pareja francesa de Toulouse, que van hacia el sur.

Vamos de nuevo hacia Kotor. Allí nos encontramos dos moteros de Macedonia, uno de ellos miembro de un club. Comimos en un restaurante que se anuncia como el mejor restaurante de pescado en Kotor, y si no lo es le debe faltar poco, su nombre es Bastión.

Cuando llegamos a Budva, vamos a un presunto local de Harley Davidson y “biker friendly”. Pero es un fraude, mal servicio, la cerveza mal tirada, y la única Harley la mía. No vayáis. Eso sí, todos los camareros con sus camisas de Harley, la chopper sin motor dentro del garito, y miles de euros en muebles y decoración. Decorado de cartón piedra de una peli del Oeste.

La ciudad vieja de Budva es muy chula y merece una visita. Es un Dubrovnik en pequeño y con bastante menos gente. Decidimos dar un paseo en barco por la bahía al día siguiente. Te llevan por los rincones más chulos de la costa, incluidos Sveti Stefan, grutas en el mar sólo accesibles por barca, y playas muy bonitas, algunas privadas. En Sveti Stefan nos contó el patrón que celebró Jokovic su boda, desde luego un lugar paradisíaco, y que la familia Beckham eran los invitados estrella este verano.

Pasamos la tarde en Perast, que es un pueblo muy chulo en plena bahía de Kotor. No hay propiamente playas, pero tienes malecones chulos donde meterte en el agua. Las vistas son de quitar el aliento, con las montañas cortando el mar. A la vuelta cogemos el ferry que te deja cerca de Tivat.

Volvemos y antes de ir al apartamento vamos a conocer la playa de Ploce, que es la que nos quedaba. Pensábamos que era más salvaje, pero es también otra preciosidad.

Tenemos que volver y hacer las maletas para mañana. Vemos un momento a Irina, que nos invita a Moscú a verles y nos desea buen viaje. Al día siguiente nos encontramos una nota en un post it pegada al depósito de la moto, disculpándose por no poder despedirse en persona porque le ha surgido algo urgente. Encantadora mujer.

Tenemos que estar en Dürres a las 8 de la tarde más o menos, así que decidimos ir yendo hacia Albania poco a poco, y no nos podemos ir sin visitar el lago Skadar, frontera de Albania y Montenegro. Vamos directamente a Virpazar, en la parte de Montenegro, para coger un barco y hacer una excursión de hora y media por el lago. El pueblo es muy turístico, y ni siquiera con la moto encontrábamos aparcamiento. Unos chavales nos dijeron aparca aquí, nosotros te cuidamos las cosas, si quieres hacer la excursión. Y dejamos la moto y el equipaje y nos vamos con un señor mayor que nos cuenta que es ruso, y que no habla ni inglés ni italiano (del español ni hablamos). Aquí sí que me ha servido el Google Translator que me recomendó Roberto, con el traductor croata me apaño para poder hablar con él. Y me acordé mucho de Nacho Asturianín, gran aficionado a las aves, porque aquí lo iba a gozar: cormoranes enanos, pelícanos, garzas y otros pájaros que se escapan a mi pobre sabiduría. Es un auténtico vergel de aves, y qué gusto da ver que lo conservan bien. El lago es enorme, el 70 por ciento es de Montenegro y el 30 por ciento de Albania.

El propio piloto del barco nos recomienda un sitio para comer pescado en la misma carretera hacia la frontera que resulta ser todo un acierto. Probamos la perca ahumada y la fresca, recién pescada del día. El camarero se mosquea porque le digo que es el segundo mejor plato de pescado que he probado en mi vida (la medalla de oro se la lleva el rape que comí con Santi Romay en Ondarribia). Tío, que he probado mucho y bueno.

Pasamos la frontera (que coñazo las fronteras) y llegamos a Albania. La mejora en las carreteras es espectacular. No digo que las carreteras de montaña no ahuyenten a las cabras, pero los kilómetros que estamos haciendo por Albania ganan en calidad de asfalto y baches a Montenegro e incluso a Italia, como contaré más adelante. Paramos en Shködar, pedimos dos botellas de agua en una terraza (25 céntimos de euro al cambio), y participamos de la tertulia motera de los parroquianos: es americana, no?, me pregunta un señor que hace un segundo estaba tomando una cerveza y ahora está agachado debajo de mi moto en postura acrobática intentando leer el número de chasis. No, somos españoles, le dice Mar. Americana, vuelve a la carga el otro. No, es-pa-ño-la. Intercedo en la conversación: sí, la moto es americana, de Florida. Cuántos centímetros cúbicos? 1600 (ya sabía yo que el italiano me iba a ser útil en Albania en algún momento). ¿En dos cilindros? Qué pasada. El tráfico es un poco caos, mucha gente en bicicleta, los cruces se parecen a la calle esa de Tokio donde cruzan desde ocho sitios al mismo tiempo, coches muy muy viejos junto a otros de 80.000 euros. Y la gente conduce como le da la gana, incluso uno se pica conmigo…por favor.

Vamos para Dürres a ver si suena la flauta como a la ida y nos dejan subir antes al barco, y cuando vamos a hacer el check in asisto a una escena de vaya semanita: un chico haciendo el check in diciendo “Elustondo Iruretagoyena”, yes, Spanish, no, Madrid, no, basque…acabamos hablando y son dos chicos, Igor y Alexandra, él es de Bilbao y ella no (esta es gallega, me dice). Se acaban de casar y están de viaje de novios, han hecho Italia, Grecia, Albania y Montenegro, y ahora vuelven para Bari y luego a Civitavecchia. Van con una furgoneta y las han pasado un poco putas por esas carreteras de Dios. Me da una cerveza fresca y no le meto los morros porque se acaba de casar, porque tengo la boca como un zapato.
Subimos al barco después de esperar una hora de reloj gracias a un funcionario modelo que registra todos los coches delante de nosotros por si acaso queremos escapar de Albania con diamantes, oro o vaya usted a saber qué. Cuando llegamos al camarote estamos tan reventados que nos acostamos a las 10.30 después de comer algo. Mañana será otro día.

MOSTAR EN EL CORAZÓN

29 agosto, 2018 Deja un comentario

Inevitablemente voy escribiendo estas crónicas viajeras con retraso. Está siendo un viaje mucho más exigente de lo que habíamos planeado, viajar dos personas con una moto de casi 400 kg por carreteras bacheadas, por montaña, curvas y cuestas pronunciadas, me está exigiendo mucho, física y psicológicamente. Además, casi todos los días estamos varias horas subidos en la moto, y por eso no tengo el tiempo necesario que sí tuve cuando estuvimos en Eslovenia y Croacia hace cinco años para poder escribir casi en tiempo real. Aun así, agradezco las muestras de interés y cariño que me estáis haciendo llegar de diversas formas.

Al día siguiente salimos para Mostar, después de dar los últimos coletazos por Sarajevo. Ya me dijo Amel que para llegar cogimos la peor ruta posible: para volver vamos a ir por la mejor, siguiendo el río Neretva hasta el final y luego toda la Riviera hasta Dubrovnik. La carretera a Mostar es muy buena, nada que ver con lo que nos hemos encontrado hasta ahora. Incluso hay un tramo de autopista. Tras un par de horas de camimo, llegamos a la hora de comer. El hotel donde nos quedamos, el Hana, está muy cerca de la ciudad vieja y del puente de Mostar. Su encargada (y parece también la propietaria) nos recibe muy amablemente y nos deja aparcar la moto en la misma puerta, como podéis ver en la foto.

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Comemos en un restaurante cerca del puente y ya dentro de la ciudad vieja, una parrilada de carne y una hamburguesa rellena de jamón y queso (tiene su nombre en eslavo pero no me acuerdo), que en realidad parece más un filete de presa ibérica relleno. Sensacional todo, regado con dos jarras de medio litro de cerveza por un precio muy razonable. El camarero que nos atiende nos cuenta que él mandaba a su hijo de campamento de verano a España.

Bajamos al río Neretva, justo debajo del puente viejo (Stari Most), que es de donde Mostar toma su nombre, ya que los guardianes del puente se llamaban mostari. Y asistimos al espectáculo de los que se tiran al río desde lo alto del puente. Debe cubrir bastante, porque la caída es considerable. Lo que se nota es que el río tiene una fuerte corriente, ya que a los nadadores les cuesta salir nadando hacia la orilla. Yo sólo meto los piés y además el agua está muy fría. Damos un paseo por la ciudad vieja y vemos muchas huellas de la guerra en varios edificios. El propio puente viejo fue destruido por los croatas en 1993 y desde el final de la guerra hasta 2004, en que terminó de ser reconstruido el puente otomano original, estuvo en funcionamiento el puente construido por ingenieros militares españoles miembros de la fuerzas de la ONU. Por eso y por los 22 soldados españoles fallecidos la plaza mayor de Mostar se llama plaza de España.

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Pero el regalo inesperado ocurre poco después: paramos en un bar debajo del puente a tomar una cerveza y vemos un grupo a punto de empezar a tocar. Hablo con el cantante, se llaman Dva i Po Coeka, son un trío (cantante, guitarra y saxo), hacen para la prueba de sonido una versión de Rag’n’Bone Man que se llama Human, pero en mi opinión mucho mejor que la original. Volvemos después de hacer turisteo en el mercado y nos quedamos a ver el concierto. Simplemente sensacional. Intentaré compartir por aquí algún video que les grabé porque merecen mucho la pena. A destacar una versión de Sailing Ships de Whitesnake, con mucho guitarreo bonito, como a mi me gusta. Concierto muy bueno más dos pintas de cerveza negra artesana, 10 €. Para todo lo demás, Mastercard. Al principio del concierto éramos cuatro gatos, pero a la media hora estaba ya petado, incluso el puente estaba lleno de gente.

Nos vamos a dormir con una sensación muy especial, de gente muy acogedora, humilde, luchando por salir adelante, y que nos han tratado con un cariño especial. La señora del hotel, al día siguiente, aunque bajamos a desayunar una hora antes de los estipulado (no nos hemos dado cuenta), se levanta y nos ayuda con el desayuno. Nos despide muy cariñosamente, nos da dos besos y nos hace un gesto juntando las manos e inclinando la cabeza. Mucha suerte, nos dice. Y para ti también.

cof

LA RUTA MÁS DIFÍCIL Y LA MÁS BONITA

27 agosto, 2018 5 comentarios

El jueves 24 salimos para Sarajevo, el pronóstico decía que llovería, y vaya que si llovió. El GPS me jodió pero bien. Aunque miré antes la ruta en un mapa, como hemos hecho toda la vida, en vez de salir dirección Budva y Podgorica me fui en dirección Kotor. Llegando a la mitad de la bahía el GPS me mandó por una carretera apta sólo para motos trail y similares. Es la vez que más tiempo he conducido en primera seguido. Ahí me encontré con varios motoristas con motos de trail que me miraban diciendo dónde vas tú con eso, y con razón. La foto tan chula de la entrada anterior de la bahía de Kotor está tomada en esa carretera, por llamarla algo. Creo que una cabra me adelantó con unas chirukas y poniendo cara de dolor.

Conseguimos llegar arriba fuimos pasando de mala de la muerte a mala, y luego ya cogimos la carretera del Durmitor, buena, pero que lo era tanto por comparación que me entraron ganas de besar el suelo como el Papa. Iba tan emocionado que de repente me dió el alto un policía en medio de la carretera, y tuve que detener el barco un poco brusco. Le moló el nombre de Mar (“María del Mar”), y nos dejó seguir. De repente, la carretera se terminó. Bueno, en realidad era una carretera en construcción, con sus obreros, camiones, hormigoneras, etc. Y con una hermosa pista de piedras, baches como trampas para osos y grava. Me acerco a preguntar a los obreros, que me miran como si hubiera ido disfrazado a un cóctel de etiqueta. Uno de ellos me señala hacia adelante y me dice “Bosna, Bosna”. Otro habla un poco de italiano y me jura que lo chungo se acaba en un kilómetro. Seguimos botando y es cierto, lo chungo se acaba…pero luego otro poquito más.

Al final salimos y pillamos carretera normal. Paramos en un sitio muy chulo con una especie de ermita y conocemos a unos moteros que vienen por la misma mierda de camino y han parado para recoger el aliento como yo. Parecen un padre y sus hijos, cada uno con una moto diferente (trail, turismo, custom y deportiva). Vienen de Alemania y van a Split.

Llegamos a la frontera de Bosnia y pasamos. Hasta ahora en todas las fronteras hemos hecho doble check, en este caso primero policía montenegrina y luego la bosnia. Por cierto, he seguido el consejo de Roberto de saltar la cola hasta que queden cinco o seis coches y no he tenido quejas, salvo un sueco que nos puso a parir, pero me la suda porque no lo ví.

Lo siguiente ha sido, posiblemente, la ruta más bonita que me he hecho en 27 años de moto: entramos por el parque natural Sutjeska, uno de los sitios más bonitos por los que he podido conducir en mi vida. Empieza a llover, paramos y nos ponemos los trajes de agua. Horas conduciendo por montañas verdes, con lluvia constante. Tenemos que apartar a las vacas, que van por la carretera como Pedro por su casa, varias veces. Otra vez paramos para que pasen las ovejas. Paramos en un sito precioso, con un arroyo cruzando por debajo de nosotros, y pedimos algo rápido, que tengo miedo que se haga de noche. Un sandwich de jamón, por favor. Y nos ponen un pedazo enorme de pan de pita con lo que parece lomo ahumado, riquísimo. Por 4 euros con la bebida.

Seguimos y el GPS me manda por otro camino de cabras, y ya me planto. Enmedio de una lluvia pertinaz, decido que hasta aquí hemos llegado. Tengo miedo de quedarnos enmedio de la nada, con lluvia, y no me fío para nada del GPS. Y me doy la vuelta para volver a la M-20, que parece una carretera “principal”. Y al final, después de ocho horas para hacer 270 km, llegamos a Sarajevo.

Hemos reservado en un hotel llamado Villa Sky, al lado del río Neretva y de la ciudad antigua. La única pega es que está al final de una cuesta gigante, pero conseguimos llegar. Amel, el chico de la recepción, nos busca un hueco en el garaje, y tras una serie de maniobras de contorsionista consigo encajar la Road King en el hueco de una baldosa. Y nos vamos a ver la ciudad. Disfruten la ciudad, nos dice Amel.

Y qué ciudad. Una mezcla de oriente y occidente como no he visto nunca. Mar dice que le recuerda a Estambul. Sentarse en la parte vieja en un café y ver pasar a la gente no tiene precio. Hablamos con una chica que se llama Maida, es la dueña de un café llamado Andar. Su abuelo y su padre tuvieron el mismo local como zapatería artesana, pero cuando ella heredó el negocio ya no era rentable hacer zapatos. Así que lo convirtió en café. Me tomo un café bosnio, con su ritual. Tienes que poner el azúcar debajo de la lengua y luego sorber un poco del vasito de porcelana, tras haberlo escanciado previamente.

El café Andar

El bazar es chulísimo, hay cosas muy bonitas para comprar. Vamos a cenar en la ciudad vieja, intento pedirme una cerveza y me dicen yo de eso aquí no tengo, señor. Escuchar al muezín llamar a la oración. Y al día siguiente intentamos hacer un tour, pero llegamos tarde. Así que vamos a dar una vuelta por nuestra cuenta y entramos en el museo del genocidio bosnio, y salimos con lágrimas en los ojos. Nos llega especialmente la historia de Ángel, un soldado español que en plena guerra ayuda a una madre y sus hijos a reunirse con su padre y averiguar que sigue vivo. Algunos nacionalistas tarados cultivadores del odio deberían darse un paseo por este museo para que vean las cosas tan horribles que sucedieron muy cerca de nosotros.

Vemos el ayuntamiento, las mezquitas, las iglesias. Las casas con las fachadas llenas de balas. Edificios con las heridas visibles de los bombardeos. El recuerdo de los dos millones de libros quemados por los serbo bosnios. Y la esquina donde Gabrilo Prinzip asesinó al archiduque Francisco Fernando de Austria Hungría, provocando el inicio de la Primera Guerra Mundial.

Y me duermo con los olores, los sabores, el ruido de la calle, los vetustos tranvías, los yugo todavía circulando, los cementerios con sus postes blancos donde menos te los esperas. Y la luna sobre la mezquita.