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RESPONSABILIDAD INDIVIDUAL Y RESPONSABILIDAD SOCIAL

11 diciembre, 2014 4 comentarios

Mi amigo Manu Custodio me hizo una pregunta el otro día en la cafetería que me dio qué pensar: “¿tú que piensas del tema de la renta universal?”. Yo le contesté que en mi opinión hay un difícil equilibro que debe llevar a cabo el Estado entre paliar las situaciones sociales más precarias, pero al mismo tiempo incentivar la responsabilidad individual y desincentivar la proliferación de profesionales de la subvención.

Es políticamente incorrecto decir esto, pero cualquier persona que haya trabajado en el sector social relacionado con cualquier tipo de ayuda sabe que hay auténticos profesionales del tema y expertos en ir empalmando ayudas una detrás de otra. Es un asunto complicado: hay que ayudar a las personas que están al borde de la exclusión social, pero al mismo tiempo intentar que vuelvan a poder “pescar” por sí mismas.

Acabamos hablando del tema de la responsabilidad individual. De cómo en estos tiempos convulsos que nos han tocado detectamos mucha frustración a nuestro alrededor. Y conozco muchos casos personales con nombre y apellidos de falta de asunción de la responsabilidad de cada uno ante las decisiones que hemos tomado en su vida.

Por ejemplo, si yo decido estudiar arqueología y no hago nada más, si no encuentro un trabajo lo suficientemente bien remunerado que yo considero, no creo que sea razonable echarle la culpa al Gobierno, a la sociedad, a las malvadas multinacionales o al capitalismo. En mi modestísima opinión, si tomamos decisiones y las cosas no van bien, hay que pensar qué estamos haciendo mal, proponernos alternativas, y pensar que esto es una carrera de fondo, que la suerte existe para los que se la trabajan, y que si hago las cosas bien los resultados acabarán llegando tarde o temprano. Vale lo mismo para cualquier decisión que se haya revelado mala por lo malo que nos pueda parecer el lugar al que nos ha conducido. El mundo actual cambia muy deprisa, y muchas veces hay que cambiar con él, o incluso intentar adelantarse.

Por ejemplo, el caso de la señora de 85 años desahuciada de su vivienda en Vallecas. Esta mujer había avalado un préstamo personal de su hijo (no era la hipoteca de su vivienda) de 40000 euros otorgado por un prestamista. Pese a que no intervino ningún banco en el acto, y que no se trataba de un préstamo hipotecario (todavía no se sabe en qué se gastó el dinero el hijo), ya salieron los típicos discursos antibancarios.

El auténtico responsable es el hijo, que no tuvo reparos en poner en riesgo la casa donde vivía su madre, una anciana de 85 años, y dejarla en la calle. Con el matiz del prestamista, cuyo negocio puede parecernos reprobable moralmente y que se aprovecha de la desesperación, pero es legal. Y si no nos gusta, propongamos cambiar la ley.

Es evidente que el Estado debe garantizar que en casos como éste la víctima tenga una casa donde pueda vivir. Esa salvaguarda de los más desprotegidos es la función que se debe asumir desde los poderes públicos. Pero en mi opinión no la función de cuidar de todos como si fuéramos adolescentes consentidos.

Por un lado, hay un creciente síntoma de falta de responsabilidad individual, en el sentido de no asumir las consecuencias de los propios actos. Es cierto que la crisis ha hecho mucho daño, pero poca gente busca soluciones y alternativas. Veo a mi alrededor mucha gente quejándose de lo que les sucede sin buscar otras vías de solución. De este modo, han tenido éxito propuestas de partidos políticos que ofrecen la jubilación a los 65 años o una renta para todos los españoles por el mero hecho de serlo; no pagar la deuda “injusta”; o expropiar los pisos vacíos y garantizar el acceso a una vivienda. Aunque esto ya roza un tema distinto, el de propuestas políticas irrealizables, como sería negarse a pagar la deuda en un país donde la deuda pública es el 97,6% del PIB. Para otro día.

Con independencia que ya iremos viendo según se acerquen los comicios electorales cómo estas propuestas van reculando o modificándose sus términos (de hecho, ya lo estamos viendo), el síntoma que subyace es la inmadurez de la sociedad española, que prefiere que el Estado le saque las castañas del fuego a tener que sacárselas él.

En el fondo, no llevamos tantos años de democracia a lo largo de la Historia de España, y la verdadera cultura democrática no empieza votando, como muchos creen (en muchas dictaduras se vota constantemente), sino por el ejercicio de la verdadera responsabilidad individual: la libertad. Ejercitar los derechos y deberes que como ciudadano en un Estado libre se poseen. En definitiva, ser un adulto para tomar decisiones en libertad y asumir las consecuencias de nuestros errores, tratando de enmendarlos.

Lo contrario nos conduce directamente a la búsqueda del Papá Estado que nos protege de todo mal o del líder carismático que todo lo cura, y que durante buena parte del siglo XX millones de ciudadanos pudieron disfrutar en sus propias carnes en media Europa, y otros millones que no pudieron contarlo.

Lo cual no quita que el Estado según mi parecer tenga que salvaguardar y proteger a aquellos que por circunstancias se han quedado fuera, pero con la intención de que vuelvan a entrar y generen recursos para poder ayudar a los que siguen a la intemperie.

Esa sensación generalizada de frustración, de odio, de cabreo permanente que se palpa tanto últimamente, creo que es consustancial al ser humano, por lo menos al español. Este ya sabemos que por regla general piensa con las tripas, no con la cabeza. Y en vez de asumir las consecuencias de sus errores, busca al mejor amigo del hombre (el chivo expiatorio) para desahogarse.

Somos un ciclista en una carrera de fondo que puede que se caiga alguna vez. En ese caso, es bueno que el médico del equipo nos cure las heridas. Pero no podemos pretender que la ambulancia nos lleve hasta la meta, tenemos que seguir y terminar nosotros la carrera.