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ROCK Y COMUNISMO

26 diciembre, 2016 Deja un comentario

Es fascinante cómo la gente se ve obligada a buscarse la vida cuando desde el poder se trata de limitar su libertad de elegir y obrar. El museo de Berlín de Checkpoint Charlie es un buen ejemplo de ello. Vamos a ver algunas anécdotas relacionadas con la prohibición de la música occidental en los países comunistas, en concreto el rock, tras la Segunda Guerra Mundial.

Los nazis y los comunistas consideraban la música americana como música degenerada y por lo tanto prohibida. Aunque el jazz fue en cierto modo tolerado, la crítica soviética hacia este estilo musical fue muy fuerte, como en general a toda la cultura de Occidente. Incluso existía un proverbio: “Hoy toca jazz y mañana traicionará la patria”. Con el surgimiento del rock and roll, el Estado soviético fue mucho más represivo hacia este estilo musical. El tema da para mucho, y yo aquí sólo voy a dar unas breves pinceladas. Próximamente emitiremos una edición monográfica del programa de radio La Choza del Rock en Radio10, en el cual trataremos el tema de forma amplia (contaré aquí fecha y hora de emisión, y colgaré el podcast).

Para hacernos una idea, aquí tenemos un comunicado del Komsomol (organización juvenil del partido comunista de la URSS) en el que hace una lista de grupos cuyas composiciones son “dañinas ideológicamente”.

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Nos podemos echar unas risas viendo como a Julio Iglesias se le calificaba de neofascista, así como a ACDC y Kiss (pero estos por el “rayo” de las SS en sus logos). El régimen soviético comulgó con ‘Lady Madonna’ o ‘Can’t Buy Me Love’, por su mensaje anti capitalista (ésta última fue incluso la sintonía de un programa de la televisión soviética que criticaba a los EEUU).

El documento está hecho para que se controlara la música que sonaba en las discotecas organizadas por las Juventudes del Partido Comunista, a lo largo de los años 70 y 80. El propio Serghei Zhuk (autor del libro Rock And Roll In The Rocket City) fue disc jockey en una de estas discotecas de su ciudad. Dmitri Medvedev, presidente de Rusia de 2008 a 2012, también lo fue.

Uno de los rumores más jugosos de la mitología de los Beatles afirma que a mediados de los 60 visitaron Rusia en secreto y dieron un concierto para los hijos de altos cargos del Partido. Los defensores de esta teoría afirmaban que la letra de ‘Back In The USSR’ era una referencia por parte de Paul McCartney a este viaje (“Ukraine girls really knock me out”).

Otro tema muy curioso es el de los discos hechos en radiografías para evitar la censura. Todo empezó a finales del año 1946, cuando en San Petersburgo un ingeniero, Stanislav Kasimirovich, trajo desde Polonia una máquina para grabar discos. Así se formó el estudio de grabación Cartas sonoras, en el cual se grababan mensajes pequeños, alguna felicitación o similar, con acordes de guitarra o de piano de fondo. Como había déficit de discos de vinilo para las grabaciones, se comenzó usando un material que al ingeniero le pareció más o menos similar: una delgada lámina fotográfica.

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Pero las láminas se empezaron a agotar, y hubo que pensar en un material alternativo. Kasimirovich pensó que las radiografías de los hospitales eran parecidas a las láminas fotográficas, y fue a un hospital a preguntar si se las podían vender. El responsable no sólo accedió, sino que le dijo que podía llevarse gratis toda las que quisiera, ya que sólo ocupaban espacio. Este fue el despegue de los huesos o costillas (como le llamaban a los discos impresos en radiografías, también conocidos como roentgenizdat), que fue un negocio sensacional en la URSS, hasta que se pudieron conseguir cintas de casete. Ruslán Bogoslovsky, un estudiante que conoció a Kasimirovich, mejoró su máquina y la calidad de sus discos, creando un sello discográfico con el músico Evgeni Sankov, llamado El Perro de Oro (seguramente en referencia a His Master’s Voice). Ambos terminaron detenidos y cumpliendo 3 años de cárcel. Los compradores eran conocidos como los modernos o stilyagi.

Para facilitar su colocación en los tocadiscos, las radiografías demasiado grandes eran recortadas a mano con tijeras, dándoles la forma del disco de vinilo. El agujero del centro se conseguía quemando el plástico con un cigarrillo. Después se colocaba en la máquina de grabación, y con una aguja más profunda que la que se utilizaba para reproducirlos, se iba haciendo el surco. Cada ejemplar de un disco se copiaba en tiempo real: es decir, para hacer diez copias había que escuchar el disco diez veces. Los discos originales que se copiaban solían traerlos los marineros o pilotos de líneas aéreas que viajaban fuera de la URSS.

Según Stephen Coates, responsable del documental ‘X-Ray Audio: The Strange Story of Soviet Music on the Bone’, los vendedores podían llevar encima unas 50 unidades, veinticinco en cada manga, doblados alrededor del brazo.

Como decíamos antes, el éxito de estos discos duró hasta mediados/finales de los años 60 del siglo pasado. La aparición de las cintas de casete permitió que la duplicación de las grabaciones de músicos occidentales fuera más sencilla, barata, masiva, que entrase mucha más música, y que el sonido tuviera infinitamente mejor calidad que las radiografías. Aunque las cintas vírgenes estaban prohibidas, la gente hacía lo que muchos hacíamos aquí: tapaba los huecos de la parte superior de un casete cualquiera y grababa encima. Diez años más tarde, también floreció un negocio de copia en casetes de música occidental en otro país radicalmente diferente: el Irán de la Revolución Islámica, donde también estaba prohibida la música occidental. Nos lo cuenta Marjane Satrapi en la magnífica Persépolis.

Esta resistencia cultural no sólo se dio en el campo de la música. Los ciudadanos de los países del Este tampoco tenían libre acceso a las películas occidentales. Tanto es así que en la Rumanía de Ceaucescu se creó todo un mercado negro de duplicación y distribución de películas VHS con éxitos de Hollywood (principalmente cintas de Chuck Norris, Bruce Lee o Stallone), que eran dobladas al rumano de forma clandestina por una mujer, Irina Nistor, que ponía voz a todos los personajes.

El documental Chuck Norris contra el comunismo de la realizadora Ilinca Calugareanu explica toda esa historia. No se pierdan el trailer, es brutal. La llegada de los reproductores de vídeo VHS ofreció una alternativa al canal de televisión estatal, que apenas emitía otra cosa que no fuera propaganda. Eso abrió un mercado potencial que aprovechó el empresario, Teodor Zamfir, quien llegó a distribuir hasta 7.000 películas occidentales en Rumanía y quien contrató a Nistor.

Todo empezó cuando a Irina, que trabajaba en el ministerio de propaganda rumano, le ofrecieron un trabajo extraoficial: la traducción de una película sin censura alguna. Cansada de ver siempre lo mismo, Irina aceptó con miedo y visitó a aquel hombre. Era alguien de buena posición, que tenía en el sótano de su casa una colección de películas enorme, un televisor y un micro. El hombre era Teodor Zamfir y amaba el cine estadounidense. Tanto que se jugaba el pellejo cada vez que cruzaba la frontera de Hungría con Rumanía con el maletero cargado de Chuck Norris de contrabando. Luego las vendían por la noche en el maletero del coche.

Para poder introducir las cintas, Zamfir logró convencer a los funcionarios de los servicios secretos rumanos, sobornándoles con las mismas películas que en realidad debían requisarle. Los inicios fueron complicados, porque un aparato de vídeo costaba lo mismo que un coche nuevo, y no podían comprarlo en Rumanía. Pero finalmente su éxito fue brutal, y contribuyó a la caída del régimen comunista.

Contaremos más historias apasionantes en la próxima edición del programa La Choza del Rock, cuando hagamos el programa monográfico sobre rock y comunismo. Como se decía en los 80, permanezcan atentos a sus pantallas.

DIARIO DE UN ESCRITOR NAIF

10 diciembre, 2016 2 comentarios

Puedo presumir de tener la fortuna de cultivar la amistad de Vicente Torres, todo un señor y un caballero valenciano, que es de oficio escritor. Su último libro, Diario de un escritor naif, me lo acabo de leer del tirón. El libro sólo se puede comprar en Amazon, es decir, aquí.

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De todos los libros de Vicente este en concreto es el que más me ha gustado. Da la casualidad que mi género literario favorito es el ensayo, y dentro de él, las colecciones de artículos. En Diario de un escritor naif, nos encontramos con un libro en esa línea, con breves reseñas, una para cada día del año, por el que pasan personajes diversos a través de los ojos de Vicente, que siempre en primera persona nos los hace ver, como pequeños fotogramas de una película. Al final del calendario tenemos la sensación de haber visto un film costumbrista con muy diversos personajes, que a veces unos nos llevan a otros, como las cerezas, que tiramos de una y sacamos otras tantas unidas.

Asimismo, este libro es como una bolsa de té, que al sumergirnos en su lectura como en una jarra de agua hirviendo, de algún modo extraemos el jugo de Vicente y podemos tomar un trago de su personalidad, y sus fobias y filias: los tres libros que recomendó una vez (‘La invención del reino vegetal’, de Aina S. Erice; ‘El primer hombre’, de Albert Camus; y ‘El testamento francés’, de Andrei Makine); las personas a las que admira (Fernando Savater, Adolfo Suárez, Maite Pagaza, Consuelo Ordóñez, Rosa Díez); la invasión nacionalista catalana en la Comunidad Valenciana; los defectos que detesta de los demás (prepotencia, soberbia, crueldad, ignorancia, petulancia); su visión de la escena política actual; la descripción de algunos afortunados que gozamos de su amistad; y un puñado de recuerdos personales, dulces, como envueltos en papel de celofán.

Cierto es como dice el propio autor hay citas ‘robadas’, de autores o personas que conoce. Pero incluso a través de esos pedacitos de otro conseguimos asimismo llegar a tener un cuadro más acabado de quién es Vicente Torres. Como dijo César Gavela refiriéndose a otro libro de Vicente (‘Valencia, su Mercado Central y otras debilidades’), “(…) tienes una gran habilidad para mezclar temas muy diferentes, y que todos tengan una misteriosa unidad de fondo. Y eso es la mirada del autor, naturalmente”.

He pensado una idea un poco loca, que sería escribir unas apostillas a sus notas en el Diario, porque según leía algunas se me iban ocurriendo cosas para completar, contestar o sugerir. Quizá lo haga, con permiso del autor.

Me permito terminar con uno de esos ‘robos’. Pertenece a un correo que le escribió el periodista y escritor Juan Bas a Vicente Torres y que dice así: “soy de la vieja guardia que considera que el agradecimiento y la educación son dos buenos esquíes para deslizarse entre la gente sin molestar”. El propio Vicente añade: “(…) los bastones con que acompaña los esquíes están compuestos con su sentido del humor”. Agradecimiento, educación y sentido del humor son precisamente tres frutos cada vez más escasos hoy en día, y que alegran mi espíritu cuando los hallo. Y de eso el autor va sobrado.

Que lo disfruten.

‘LA OTRA CRÍTICA’: ‘BAR BAHAR’, AGRIDULCE RETRATO FEMENINO

5 diciembre, 2016 3 comentarios

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Leila (Mouna Hawa) es una abogada que lleva una vida nocturna paralela; Salma (Sana Jammelieh) es una DJ que engaña a su familia haciéndoles creer que es profesora de música; y Noor (Shaden Kanboura) es una estudiante de informática con un novio fundamentalista. Las tres son palestinas compartiendo piso en Tel Aviv, pero sus ansias de felicidad se ven limitadas por los condicionantes de la sociedad en la que viven.

A lo largo del año 2015 hemos podido ver varias películas en las que el tema central es el empoderamiento femenino, sobre todo en países musulmanes (Mustang, Siete diosas, La estación de las mujeres). Bar Bahar, primera película de la directora palestina Maysaloun Hamoud, puede catalogarse en este tipo, y resulta sorprendente por varios motivos.

Lo más curioso de esta película es que nos ofrece un novedoso retrato de personajes femeninos en la compleja realidad de Israel: tenemos a tres mujeres palestinas que viven en Tel Aviv, en un entorno totalmente occidentalizado, pero en el que a su vez tampoco encajan.

Es curioso que sobre todo los personajes masculinos encarnan todos los clichés en una película de denuncia social: el que va de moderno pero al final le asoma la vena tradicional; el integrista puritano que resulta ser un salido y un violador; el político cristiano “liberal” que al final es un hipócrita. Pero también la violación como recurso para ganarse la solidaridad del espectador; la diversidad sexual en el grupo de jóvenes transgresores (contar con un gay y una lesbiana son casi obligatorios); la diversidad casi opuesta entre las tres protagonistas, pero que comparten la necesaria solidaridad femenina entre ellas cuando el sol aprieta; y el hecho de atizarle a las tres religiones del libro como corresponde (el padre cristiano, el novio musulmán y el amigovio judío).

La directora se apoya en la magnífica interpretación de las tres protagonistas para desarrollar un relato simpático, salpicado con las dosis justas de comedia y drama; las situaciones cotidianas como telón de fondo; y la música y la fotografía como pegamento que une todo y le da sentido. Como señala la directora: “Es la música con la que vivimos, comemos y bebemos, aunque todavía hoy no puedo nombrar al autor de la mayoría de las canciones porque podría meterse en problemas”.

La película pone sobre la mesa las contradicciones a las que se enfrentan los jóvenes palestinos que viven en Israel, el surgimiento de un movimiento underground, y el llamamiento a que a esta zona de Oriente Medio llegue en algún momento la libertad de poder hacer cosas que en Occidente nos parecen normales, como trabajar, fumar, beber alcohol, elegir a tu pareja o divertirte. La escena inicial constituye en este sentido un magnífico preámbulo a la realidad con que nos vamos a encontrar después, una especie de “abandonad toda esperanza” escrito en la puerta del infierno.

En suma, un producto bastante bien acabado, entretenido, con un planteamiento casi de comedia televisiva, pero que elimina clichés respecto de la juventud palestina y refleja la enrevesada realidad, mediante personajes bien construidos y creíbles; que busca la complicidad y simpatía del espectador, utilizando a su vez clichés ya vistos en este tipo de películas.

La recomiendo ver antes de que la quiten de la cartelera.

Lo mejor: la interpretación de las tres protagonistas, el ritmo de la película, y el ambiente construido mediante la banda sonora y la fotografía.

Lo peor: el final no es ni abierto ni cerrado, sino todo lo contrario. Esta película se merecía un final mejor.