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LA REFORMA DEL CGPJ, MONTESQUIEU Y LA TARTA

31 enero, 2012 2 comentarios

El anuncio por parte del Gobierno del PP de la reforma del sistema de elección de los vocales del Consejo General del Poder Judicial ha desatado todo suerte de críticas por parte de los partidos de la izquierda parlamentaria y los nacionalistas. Julio Villarrubia, portavoz del PSOE de Justicia, ha hablado de “supone hurtar al Parlamento uno de los poderes del Estado”, y que supone ceder ante el “chantaje gremial o corporativo y no defender los intereses de los ciudadanos”. Emilio Olabarría, del PNV, dice que “no puede designarse al margen de la voluntad de la soberanía popular y de las instituciones donde ésta reside, como son las Cortes Generales”. Por otra parte, el PP alega que la reforma significaría volver al sistema reflejado en la Constitución, alterado en 1985 por el PSOE sin consenso alguno.

Sin entrar extensamente en el tema de la división de poderes entre legislativo, ejecutivo y judicial (que hizo exclamar a Alfonso Guerra cuando el PSOE en 1985 aprobó el sistema actual “Montesquieu ha muerto”), sí hay que decir que la existencia de un poder judicial independiente supone una garantía de control de los otros dos poderes. Poderes que al menos en nuestro país por vía de hecho son uno, el partido político, ya que en las Cortes el voto de los parlamentarios es conocido de antemano, por la férrea disciplina de voto de éstos. Estos mismos partidos son los que eligen a los jueces, el partido mayoritario elige al Gobierno, los parlamentarios (con alguna excepción ocasional) votan aquello que su partido les ordena, los partidos eligen asimismo a los miembros del Tribunal Constitucional. Además las Cortes, presuntas depositarias de la soberanía popular, están formadas por diputados elegidos en listas cerradas, que a su vez son elegidos por los partidos (con alguna excepción, como UPyD) sin primarias ni listas abiertas. Por no hablar del espectáculo bochornoso de “predecir” el resultado de sentencias judiciales dependiendo de la composición del tribunal, con esas etiquetas de “juez conservador” o “juez progresista”.

Pero la causa de la reforma esgrimida por el Gobierno, la despolitización de la Justicia, no parece ser la causa real. Me explico. No hubo un diseño pactado en la transición respecto del modelo de Justicia. En 1980 la entonces mayoría absoluta de UCD impuso un sistema a través del cual asegurar, no la “despolitización”, como ahora se afirma, sino directamente un CGPJ políticamente afín. Para ello se estableció un sistema estamental y mayoritario puro, que primaba a la cúpula judicial y excluía el pluralismo interno. Todo ello en sintonía con quienes en esos momentos formaban ese sector judicial mayoritario, núcleo de la actual Asociación Profesional de la Magistratura (APM). El PSOE en 1985, con mayoría absoluta también, decidió que los vocales fueran nombrados por las dos cámaras parlamentarias. En 2001, el llamado Pacto de Estado para la Reforma de la Justicia trató de recuperar este consenso que no existió, y las Cortes Generales aprobaron por unanimidad el actual sistema de presentación de candidatos por las asociaciones judiciales y por jueces no asociados respaldados por sus compañeros para una posterior designación parlamentaria de entre estos candidatos. Lo que ocurre es que luego este consenso entre PSOE y PP no se mantuvo en los nombramientos del CGPJ, cuya última renovación se bloqueó durante más de dos años, pensando el PP posiblemente en ganar las elecciones en 2008, y con ello obtener entonces un mayor peso en el órgano de gobierno de la justicia. Bloqueo que, con los mismos presupuestos y la misma finalidad, se ha reproducido luego para la renovación del Tribunal Constitucional. Por todo esto, creo que la finalidad última de la reforma es tener un mayor control del Consejo, incluso perdiendo el poder en un futuro, ya que parecen hacer el cálculo de que la mayoría de los miembros de la judicatura o de las asociaciones más representativas son afines al PP.

Unión Progreso y Democracia lleva en su programa electoral una reforma más profunda que permite intervenir en la composición del CGPJ a otras ramas del ámbito judicial: secretarios judiciales, fiscales y abogados, que elegirían a algunos de los miembros del órgano (tres, tres y dos respectivamente). Cuatro vocales serían elegidos por los propios jueces, y el Congreso y el Senado mantendrían su prerrogativa constitucional de nombrar a otros cuatro miembros cada uno. De este modo, se evitarían los inconvenientes de los sistemas anteriores (politización, subordinación a intereses corporativos), seguiría interviniendo en su nombramiento el Parlamento (pero ya no exclusivamente), y se limitaría el peligro de que las asociaciones de jueces se convirtieran en un trasunto de partidos políticos, al haber más colectivos implicados en la elección de los vocales. Con esto se lograría una mayor participación, un mayor pluralismo y una mejor representatividad de los candidatos.

En mi opinión, aunque las razones de fondo no parecen ser las esgrimidas en realidad, la reforma es un paso positivo, aunque insuficiente. Es necesario y urgente despolitizar otros órganos, como el Tribunal Constitucional y el Fiscal General del Estado. Hay que ir más allá de intentar repartirse la tarta de la forma más favorable posible para los intereses del partido de turno.

EL APETITO FAÚSTICO Y EL AMOR FATI (II)

20 enero, 2012 2 comentarios

Hace seis años escribí una entrada titulada El apetito faústico y el amor fati, primera parte, y hasta hoy no me he dado cuenta de que no he escrito todavía la segunda. Aunque hay otra entrada, El bosque humano, que trata un poco del mismo tema, centrándome en la influencia que tiene nuestra vida en la de las otras personas.

En la primera entrada veíamos el concepto de amor fati, como entendiendo tu vida como la mejor de las vidas posibles (así fue y así lo quise), y el apetito faústico, como el deseo de recorrer todas tus trayectorias vitales posibles con las diferentes decisiones que podríamos haber tomado. En la segunda, hablamos de la interacción de las diferentes trayectorias vitales de las personas que nos rodean y cómo influyen unas en las otras.

Siguiendo con todo esto, muchas veces nos preguntamos, sobre todo en momentos que tenemos de dudas en decisiones que tenemos que tomar (laborales, afectivas, etc), si aquellas decisiones que tomamos en su momento fueron correctas o no. Solemos decir que si con 18 años supiéramos la mitad de lo que sabemos ahora…

Realmente esto es un sofisma, las personas vamos evolucionando y cambiando. La persona que decidió estudiar Derecho en 1987 no es la misma que en 2012; no puedo decir que acerté o me equivoqué, primero porque no sabemos qué hubiera ocurrido si hubiera hecho lo contrario, son demasiadas posibilidades, casi infinitas. Luego, porque en su momento tomé la decisión que creí mejor con la información que tenía en ese momento. Y finalmente mi criterio de lo que es “peor” o “mejor” no tiene que ver con éxito o fracaso, sino con la felicidad, que para mí es mi primer y último objetivo. Yo he venido aquí para ser feliz, y lo demás ya veremos.

Por otra parte, la flecha del tiempo sólo tiene un sentido, que es hacia delante, no podemos rebobinar. Es completamente inútil que siga comiéndome la cabeza con cosas que sucedieron hace 25 años, porque ese partido terminó hace mucho y no se volverá a repetir, y sin embargo ahora mismo están sucediendo cosas, que por mi propio interés son aquellas cosas en las que me tengo que centrar…

Sí que existe algo útil para mi felicidad que es aprender de la experiencia. Aquí unimos dos conceptos: el cambio permanente del ser humano, junto con las experiencias que hemos vivido. Y aquí sí que es útil para no volvernos a equivocar otra vez (aunque se diga que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra), siempre teniendo como fin la propia felicidad. Sin embargo, lo que en principio nos ha parecido un error, con la perspectiva de los años nos damos cuenta que ha sido un acierto. Cuanto más vivimos, más nos conocemos a nosotros mismos, y más podemos saber lo que queremos. Por lo tanto, las probabilidades de felicidad aumentan.

También hay que decir que hay otro método de toma de decisiones que no es racional, sino visceral. Conozco mucha gente así, que decide por impulsos, por intuición.y que hace las cosas sin pensar. Y por todo lo que voy a contar a continuación, no significa que tengan menos posibilidades de ser felices que aquellos que deciden más racionalmente. La intuición es algo irracional, pero existe y todos alguna vez funcionamos así. De hecho, parece ser que en realidad no es irracional. Gerd Gigerenzer, en su libro “Decisiones instintivas” y director del Centro para la Conducta Adaptativa y la Cognición del Instituto Max Plank, ha sido pionero en atribuir al inconsciente y a la intuición un papel esencial en la toma de decisiones. Gigerenzer ha descubierto que tomamos mejores decisiones si tenemos en cuenta una buena razón que si tenemos en cuenta diez. El motivo de ello es evolutivo. El proceso de elección se basa en una serie de reglas generales que nuestro cerebro ha ido aprendiendo a lo largo de miles de años. Esas reglas forman parte de una especie de libro de instrucciones al que recurrimos ante cada situación y en el que hallamos respuestas rápidas y precisas. Esto es lo que se llama heurística, un método de resolver problemas de forma más sencilla. La heurística ignora información, y esto es lo que acelera la toma de decisión en la situación adecuada. Quizá la intuición es una forma de llamar a la toma de decisiones con información difusa, es decir poco estructurada de forma explícita, pero muy abundante. Es como si cuando decimos “pienso que va a llover” codificáramos toda la información sobre el cielo, el viento, la temperatura, acumulada a lo largo de nuestra vida. Pero esto creo que lo veremos más extensamente en otra entrada más adelante.

Sea como sea, el ser humano es tal porque elige libremente, vamos haciendo nuestro propio camino. Y lo divertido es que la vida parece escribir recto con renglones torcidos. Me explico: pese a que tomamos decisiones muy conscientemente y hacia un objetivo, a veces nos pasa como a Edison, que intentando inventar un aparato de lectura para ciegos creó el germen de la industria musical. Los músicos de ragtime querían imitar a los pianistas románticos del siglo XIX y el resultado fue inventar un género musical nuevo, que inició el jazz. O estudias una cosa y acabas trabajando en otra cosa que no tiene nada que ver, para luego ir a otro lado donde lo que estudiaste en un principio es fundamental. Quizá haya una especie de intuición universal funcionando en el mundo de forma totalmente transparente para nosotros.

Lo que quiero decir es que por encima de tus decisiones es como si hubiera un camino de “resultado” que, si se mira desde una perspectiva lejana, resulta cuanto menos curioso. Pensadlo así: desde pequeño analiza las decisiones y los pasos y mira los resultados en paralelo. Yo no me atrevo a decir que exista un destino fijado de antemano, y quiero pensar que no sea cierto, pero sí que me resulta curioso que hagas o te sucedan cosas que no hubieras previsto nunca, ni de coña. Es lo que reflejamos al decir “las vueltas que da la vida”. Es como exprimir una pera y que salga zumo de naranja. Pues muchas veces sale. Y sabe a naranja.

Quiero cambiar de carretera ahora, y estoy pensando en qué desvío me salgo de la autopista por la que voy. Mirando el mapa y valorando de los desvíos que tengo por donde voy. Pero es posible que un camión se despiste, me embista, me obligue a salir por el primer desvío, y ni siquiera me haya dado tiempo a mirar qué ponía en el cartel. Y seguiré conduciendo hasta el primer pueblo para saber dónde estoy. Siempre hacia delante sin poder cambiar de sentido. El tiempo, la vida, es una carretera de uno o varios carriles, pero de un solo sentido. Como dicen los Deftones, ”Be quiet and drive”

QUIERO SEGUIR BEBIENDO

17 enero, 2012 4 comentarios

En marzo va a hacer 6 años que nuestros caminos se cruzaron. Dos caminos diferentes que se entrelazaron, quizá para siempre…

Al principio eras una Fanta de naranja que, chispeante, endulzaba mis amargos momentos. Y te bebía deprisa, a sorbos largos. Y mi sed se calmaba, con un gusto dulce que me quedaba en la garganta. Y al poco tiempo de no tenerte me quedaba con ganas de más…

Luego, poco a poco, sin darme cuenta, te fuiste convirtiendo en un Martini, dulce a veces, amargo otras, negro a veces, blanco las más, acompañando mis mejores momentos. Con una rodaja de naranja entre los labios.

A veces eras una botella pequeñita de cava, espumosa y efervescente, que yo abría con ganas y apuraba de un trago, sin vaso. A morro.

Y el tiempo pasa, cuánta agua bajo el puente, cuánta vida. El otro día lo pensaba cuando me lo dijiste, sabes que nuestros pensamientos se persiguen unos a otros, me adelantas o te adelanto, nos ponemos a la misma altura y uno corre más y le adivina al otro lo que piensa. Lo pensaba y después de todo, creo que ahora eres un vino muy bueno, un gran reserva, que guardo para momentos especiales, que descorcho con cuidado, lo aireo, saboreo su olor…decanto con delicadeza en una copa ancha, y disfruto sus reflejos como olas en un dique de cristal. Y cómo has ido ganando cuerpo con los años, pocos pero intensos. Has ganado presencia, madurez, calidad. Y cada día me levanto a tu lado, saboreando un gran reserva de lujo, que cada día gana un poquito más. La suerte es que nunca se acaba, puedo seguir bebiendo sin miedo a la falta de existencias.

Y quiero seguir bebiendo para siempre, sin prisas…