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‘LA LA LAND’ (LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS), PERSIGUIENDO UN SUEÑO

16 enero, 2017 1 comentario

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Mia (Emma Stone) es una aspirante a actriz que trabaja en la cafetería de unos estudios cinematográficos, y que no para de hacer castings sin resultados positivos. Sebastian (Ryan Gosling) es un pianista de jazz cuya meta es abrir su propio club en el que se escuche jazz clásico. Ambos luchan por conseguir sus sueños en un mundo difícil. Su romance constituye una odisea en la que tendrán que tomar decisiones complicadas.

Damien Chazelle ya nos sorprendió muy gratamente con ‘Whiplash’ (2014), y ahora lo vuelve a hacer con un más difícil todavía en este musical (es gracioso que J.K. Simmons, el terrible profesor de ‘Whiplash’, tenga un pequeño papel en esta película).

Todo está magníficamente facturado: desde los números musicales (diseñados como pequeños momentos de respiro del guión: los justos, ni muchos ni pocos); la fotografía, sensacional, con muchos tonos pastel y paisajes urbanos que a veces quitan el hipo, con el telón de fondo de Hollywood, esa ciudad de las estrellas; un guión redondo desde todos los puntos de vista, incluyendo un “dos en uno” final; el ritmo adecuado a la historia que cuenta; la música de Justin Hurwitz, que hace encajar perfectamente todas las demás piezas.

Los actores principales están sensacionales, rezumando química entre los dos protagonistas, lo que hace muy creíble su interpretación. El resto forman un decorado humano sin ninguna función adicional. A destacar por un lado que Ryan Gosling aprendió a tocar el piano apenas unos meses antes para interpretar el papel de Sebastian, y lo hace de forma muy convincente; y por otro, la muy notable mímica gestual de Emma Stone. En los números de baile se nota que ellos no son bailarines, pero la factura del film no se resiente por ello, ni mucho menos.

Pero la parte más interesante es el planteamiento de tres grandes cuestiones: perseguir el sueño de tu vida, contra viento y marea; dos, el hecho de querer tocar la música que amas, enfrentado a que eres un ser humano, y tienes la mala costumbre de comer tres veces al día y pagar el alquiler. Y por último añadamos el conflicto entre la música que le gusta a la gente y la que no (“dices que quieres que el jazz no se extinga… ¿cómo lo vas a conseguir, si no lo escucha nadie?”).

En ‘Música y lágrimas’ (The Glenn Miller Story), Glenn Miller (James Stewart) aparece como un músico que malvive y que tiene un sueño, encontrar su propio sonido. Y llega un momento en que se acomoda y abandona esa búsqueda. Entonces su mujer, Helen (June Allyson), le hace ver que ella se enamoró del soñador, no del pragmático que ahora vive con él. Aquí volvemos a revisar este conflicto, junto con otros más. La lucha de los protagonistas contra la realidad para conseguir sus sueños hace que el espectador se identifique con ellos profundamente. Por otra parte, como en ‘Las zapatillas rojas’ (1948), se nos plantea el conflicto entre el amor y la vocación artística.

Como vemos, no se plantean situaciones originales. La cuestión es el buen gusto con el que se ha creado un plato diferente, con ingredientes conocidos (nostalgia, deseos, ilusión, añoranza, sencillez, música, amor, danza), pero combinados de una forma distinta, apto para todos los públicos, de 5 a 99 años, y condimentado con el perejil del amor al cine. Porque esta película, por encima de todo, es un canto de amor al séptimo arte como no recuerdo desde ‘The bad and the beautiful’ (Cautivos del mal), de Vicente Minelli (1952), aunque sin llegar ni de lejos al nivel de esta última.

Resumiendo, una de las mejores películas de este año, pero a la que no veo como un clásico imperecedero. Lo que sí hará es arrasar en los Óscar, seguro. Reúne todos los ingredientes para ello. Damien Chazelle es muy bueno, y listo, muy listo.

Lo mejor: la factura en general de toda la película, en todas sus facetas; se trata de un producto muy bien realizado. Y la actuación de los dos protagonistas.

Lo peor: no va a ser un clásico contemporáneo.