DECONSTRUYENDO A LA DERECHA DE LA DERECHA (II)

Esta entrada es de las que más he meditado antes de escribir. Dado el clima de enfrentamiento y crispación que se está produciendo, fomentado por auténticos irresponsables, he tratado de ser lo más objetivo y racional posible, en medio de sentimientos exacerbados. Voy a analizar las propuestas de Vox de forma objetiva y a tratar de situarlo políticamente. Este texto es el resultado de horas de análisis de audios, vídeos, entrevistas y documentos sobre Vox. Lo que digo es fruto de mi propia reflexión. No pretendo convencer a los creyentes de ninguna religión secular, sólo que el que me lea trate de analizar y razonar con datos y sin prejuicios. Por supuesto, estoy abierto a cualquier comentario crítico con lo que expongo.

El que quiera puede leer las famosas 100 medidas de su proyecto de programa, o el programa electoral con el que han concurrido a las elecciones andaluzas. Antes de ir analizando sus propuestas, quiero hacer un inciso sobre la afirmación de la ministra de Justicia de que Vox es un partido “anticonstitucional”, porque rechaza o quiere modificar partes de la Constitución. Por esa regla de tres nos quedamos con el PP como único partido constitucional, porque tanto el PSOE (España federal) como Podemos (Monarquía, derogación del artículo 135) y Ciudadanos (devolución de competencias de las CCAA al Estado) quieren modificar la Constitución. Los partidos que son inconstitucionales, señora ministra, son aquellos que quieren saltarse la Constitución y las leyes, y que de hecho ya lo han llevado a cabo, cerrando el Parlamento Catalán y saltándose su reglamento, convocando un referéndum ilegal y proclamando la independencia de una parte del Estado, e incumpliendo sistemáticamente las leyes (tanto las autonómicas como las estatales) y las sentencias de los tribunales. Esos no pretenden modificar la carta magna siguiendo los procedimientos legalmente establecidos en ella, sino vulnerarla conscientemente como si no existiera. Vox, por lo que hemos visto hasta ahora, pretende hacerlo siguiendo el procedimiento de reforma establecido en la propia Constitución. Por lo tanto, nos guste más o menos, nada de inconstitucional.

Ahora vamos con lo de fascistas o franquistas. Como dice Santiago González de forma bastante acertada, “la única ultraderecha que ha habido en España desde la transición fue la que obtuvo el 2,56% de votos negativos a la Ley para la Reforma Política. En las primeras elecciones después de la Constitución, el 2,11% que supusieron un escaño para Blas Piñar, uno de cuyos portaestandartes, Carlos García Juliá, fue un asesino material de los abogados de Atocha. Esa era la única ultraderecha que ha habido en España en los últimos 40 años. ¿Y qué es Vox? La reacción de unos españoles hartos ya de estar hartos, como cantaba Serrat, ha sido rotunda en Andalucía, pero empezó mucho antes, cuando Aznar entregó la cabeza de su bautista Quadras porque se la había pedido el padre ladrone, Jordi Pujol. No estuvo mucho tiempo, pero allí empezó todo, cuando los dos grandes partidos de España empezaron a entregarse al nacionalismo”. No niego que haya nostálgicos del régimen franquista entre sus filas, pero de ahí a decir que quieran volver a una dictadura media un abismo enorme. En todos los discursos, entrevistas, vídeos o escritos que he revisado no he encontrado una sola referencia a Franco. Sí la propuesta de derogar la ley de memoria histórica y dejar atrás la guerra civil, pero nada más. Ninguna exaltación del franquismo, lo siento.

Un buen resumen de su manifiesto lo hace Jorge Alexandre en su artículo titulado Vox no es Blas Piñar: “se pueden resumir, muy mucho, en la defensa y el refuerzo de la soberanía nacional en detrimento de movimientos como la integración europea; el cambio del modelo territorial del Estado, pasando del actual Estado federal asimétrico a un Estado unitario; la primacía de los valores cristianos sobre el resto de confesiones religiosas; el fin de las políticas de integración migratoria, el endurecimiento de las medidas contra la inmigración ilegal así como el favorecimiento de ayudas a los españoles de origen en dificultades; la defensa de tradiciones como la tauromaquia y la caza; o el fin de las políticas de género como medio para lograr la igualdad entre hombres y mujeres. Todo ello defendido Trump style, sin pelos en la lengua y sin pedir perdón por pensar como lo hacen, lo cual, por cierto, también les ha granjeado el odio de algunos, pero la simpatía de muchos“. Añadamos estar en contra del aborto y la eutanasia, proteger a la familia como célula fundamental de la sociedad, más levantar “un muro infranqueable” (sic) en Ceuta y Melilla, suprimir el Senado, ilegalizar los partidos contrarios a la soberanía nacional (cosa que en todo caso aun habiendo cambiado la ley  de partidos políticos correspondería a los jueces), suprimir el Tribunal Constitucional, todo ello adornado con soflamas populistas. En una entrevista con José Antonio Abellán, a la pregunta de qué piensa hacer para evitar que los jóvenes se marchen de España y atraer a los que ya se han ido, Abascal contesta que favorecer a los empresarios para que les puedan dar trabajo. O cuando le pregunta qué va a hacer con el millón trescientos mil funcionarios autonómicos si acaba con las autonomías, directamente se va por los cerros de Úbeda. Muchas de sus propuestas son imposibles o contradictorias.

Es evidente que cualquier persona europeísta, liberal, socialdemócrata o reformista estará en desacuerdo con el 90% de sus propuestas. Yo estoy de acuerdo en unas pocas: supresión de puestos de confianza, devolución al Estado central de las competencias de educación, sanidad y justicia, combatir la desigualdad del mundo rural respecto del urbano, fin de subvenciones a los partidos políticos y sindicatos. Sin embargo, soy partidario de un Estado laico, no aconfesional como lo es el nuestro; de una ley de plazos en el aborto; soy europeísta convencido; estoy de acuerdo con el matrimonio homosexual; y creo que hay temas muy complicados, como la violencia de género o la inmigración que hay que analizar detenidamente y proponer otras medidas, porque hasta ahora los resultados no son buenos en ninguno de los dos campos. No obstante, no creo que las medidas que propone Vox sean la solución a esos problemas. Por no poder extenderme aquí ahora, prometo escribir más adelante de estas dos cuestiones. Ya adelanto por ejemplo que estoy en contra de que haya delitos en el que por ser hombre uno sea presuntamente culpable, y la presunción de inocencia deje de existir. O dicho de otro modo, no estoy de acuerdo en convertir a todas las mujeres en agentes de la autoridad, y que su testimonio tenga presunción de veracidad.

Además, no soy nacionalista: como ya he explicado muchas veces en este blog (está feo autocitarse, pero allá voy), “yo no soy nacionalista, no me siento español, me sé español, porque somos el resultado de muchos siglos de Historia, de culturas, que ha cristalizado en lo que hoy es España. La situación actual es el resultado de un largo proceso histórico que está ahí, no se puede esconder o falsear. No es ni mejor ni peor que ser italiano, sueco o australiano. Es algo totalmente accidental y que no tiene ningún mérito. Simplemente he crecido en un Estado, en un país, con un cultura, un idioma, una Historia y unas costumbres. Y me considero un ciudadano que desea un Estado democrático donde todos seamos iguales ante la Ley, y donde se gestionen eficazmente los recursos del Estado y todo pueda ser objeto de debate”. Vox es un partido profundamente nacionalista español, y esas no son mis ideas. Creo que el nacionalismo ha sido la mayor lacra del siglo pasado, y cuyos efectos seguimos sufriendo hoy en nuestro país. Más nacionalismo contra el nacionalismo periférico pienso que no es la solución, es tratar de combatir el fuego con el fuego.

En resumen, podemos decir que se trata de un partido claramente de derechas sin complejos, nacional católico si me apuran, pero que defiende la legalidad vigente. Rancio, casposo (las menciones a Gibraltar me hacen mucha gracia) a veces, de extrema derecha si entendemos por eso el partido a la derecha del PP. Pero ha ocupado un espacio para gente que nunca se sintió cómoda dentro de ese partido, y su explosión ha coincidido con la llegada de Pedro Sánchez al poder, aupado por los que sí que han tratado de subvertir el orden constitucional de verdad.

Vox tendría poco recorrido, si sumamos el nacionalismo español, la xenofobia y el catolicismo, como dice Félix Ovejero. Pero su explosión viene dada por nuestra anomalía como país y que nos distingue de los demás países de Europa: la inexistencia de una izquierda antinacionalista. Y cito: “Así las cosas, cabría pensar que Vox no llegará lejos. Pero por ahí asoma la gran diferencia española. En «los países de nuestro entorno» nadie con relevancia política coquetea con la destrucción del Estado ni se dedica a blanquear a quienes aspiran a levantar fronteras sobre bases identitarias. Aquí es diferente. Nuestra izquierda, administradora del copyright de las buenas causas, no ha hecho otra cosa. Esa es nuestra genuina originalidad: la ausencia de una izquierda comprometida con la unidad nacional, esto es, crítica con el nacionalismo”. En ese empeño, la izquierda y el actual gobierno ha conseguido igualarnos con lo peor de Europa.

La forma de luchar contra ellos es con argumentos y dando la batalla de las ideas, no insultando a sus votantes y a sus dirigentes. Tampoco exagerando (o mintiendo directamente) al afirmar que por estar en contra de la ley de violencia de género están a favor de la violencia contra las mujeres, cuando lo que proponen (estemos o no de acuerdo) es una ley que regule la violencia intrafamiliar, incluyendo por supuesto la llamada violencia de género. Y mucho menos agrediendo 15 contra uno, como ha ocurrido recientemente en el País Vasco con un estudiante que quería organizar una asociación por la unidad de España; o insultado y amenazando de muerte a dos afiliados en Lorca. Tampoco agrediendo periodistas en una presunta “manifestación antifascista”, que no es sino el pataleo de mal perdedor porque la gente no haya votado extrema izquierda. Y ya el colmo es la nauseabunda persecución en Marinaleda por la periodista de La Sexta Cristina Pardo buscando votantes de Vox. Como dijo Tsevan Rabtan, imagínense que hacen un programa buscando a los homosexuales de un pueblo, o a los que tengan antecedentes penales, o a los que van al psiquiatra. Buscando joderles la vida, en una palabra. Les faltó pintar una señal en su puerta. Nauseabundo.

Vox hasta el momento y mientras no se demuestre lo contrario, nos gusten más o menos sus propuestas, es un partido exquisitamente constitucional y defensor de la ley. El que quiera buscar fascistas o xenófobos que busque en la parte superior derecha de la península ibérica, que además los tiene gobernando: gente que multa por hablar o escribir la lengua oficial del país, que cortan carreteras, asaltan peajes, llama al resto de españoles bestias, carroñeros, hienas, que tienen taras en el ADN; que han robado tanto que hasta han cambiado de nombre por tener todas sus sedes embargadas; que acosa y escrachea a familias que piden que se cumpla la ley; que hacen procesiones de antorchas y escenografías al más puro estilo nazi o norcoreano.  Y que han intentado dar un golpe de Estado, porque lo voy a explicar brevemente de una vez por todas para que se entienda: cuando se aprueba la ley del referendum se está cambiando el sujeto soberano del artículo 1,2 de la Constitución, que es el pueblo español, por el pueblo catalán. Y luego, no nos olvidemos, se proclamó la independencia de Cataluña como república. ESO es un intento de golpe de Estado, porque se trata de cambiar de facto la forma de gobierno y el sujeto de la soberanía nacional que la ley suprema, junto con el Estatuto de Autonomía, establecen. Estoy usurpando las competencias legítimas del Estado, estoy cambiando el gobierno central por el catalán, por vía de hecho. Es como si Murcia le declarara la guerra a Alemania (de hecho estuvo a punto el cantón de Cartagena en el siglo XIX: declaró su independencia, acuño su propia moneda y escribió al presidente Ulysses S. Grant para pedir su anexión a los EEUU). No hacen falta pistolas, con los hechos consumados es más que suficiente.

Así que en vez de tanta “alerta antifascista” más autocrítica. Por una vez, voy a citar elogiosamente a Íñigo Errejón: “No hay cuatrocientos mil andaluces fascistas (…) hay que tener humildad y escuchar para enfrentar las causas que tienen mucho que ver con el malestar y el hartazgo de la ciudadanía que no ha percibido alternativas progresistas y se ha quedado en casa huérfana de referentes. No se puede salir culpando a otros del trabajo que no se ha hecho bien”.

En el fondo, muchas personas se han sentido en los últimos tiempos víctimas de un proselitismo de la religión de la corrección política: feminismo y ecologimos radicales, la dictadura de lo políticamente correcto (la polémica con la palabra ‘mariconez’ en la letra de una canción de Mecano, por ejemplo), los insultos y vejaciones al cristianismo o a la bandera de España (y no a otras religiones o a otras banderas), prohibiciones diversas (caza, toros), doble vara de medir de la izquierda. Y el detonante último ha sido la crisis en Cataluña.

Termino con este tweet de Tsevan Rabtan con el que me identifico plenamente.

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HOY HACE 40 AÑOS

Hoy hace 40 años que los españoles nos dimos nuestra ley fundamental. Hace 40 años que vivimos en paz, con la excepción de ETA, los GAL, el 23 F y los terroristas islamistas. Pero hace 40 años que terminó lo que cierto historiador cuyo nombre no recuerdo denominaba la guerra civil española de 150 años. O sea, hemos dejado de matarnos entre nosotros. Como ya he escrito otras veces, si la Historia de España (pongamos desde la anexión de Navarra en 1512) durase 24 horas, la democracia empezaría a las 10 y 10 de la noche. Desgraciadamente, mucha gente no es consciente de esto y no sabe distinguir sus fundamentos.

La Transición (con mayúsculas) fue un milagro. Un milagro con siete padres y dos comadronas (Alfonso Guerra y Fernando Abril Martorell, que cuando la redacción se atascaba se ocupaban de negociar para poder seguir adelante). La derecha eligió la convivencia frente a la confrontación, y la izquierda eligió la libertad, quizá porque habían estado privados de ella tanto tiempo y sabían valorarla más. No se pierdan hoy la entrevista de Carlos Alsina en Onda Cero a la diputada de UCD, Elena Moreno, a la senadora de UCD, Dolores Pelayo y a Ana María Ruiz Tagle, entre otras. Tampoco el documental Las constituyentes, en el que se narra el testimonio de 14 de las 27 parlamentarias que participaron en la Legislatura Constituyente, porque algunas de ellas no han podido participar y siete de ellas ya han fallecido; entre ellas Dolores Ibarruri.

Creo que el mejor homenaje que puedo hacer desde este modesto blog es dar la palabra a un hombre bueno y honrado, ya fallecido, al que tuve el privilegio de poder saludar en cierta ocasión e intercambiar algunas palabras; que fue un antifranquista de los de verdad, no como los que ahora abundan en España. Condenado a trabajos forzados en la guerra civil, exiliado en Orán, condenado a 9 años de cárcel en 1967, y nuevamente condenado a veinte años en el proceso 1001, salió indultado por Suárez. Fue elegido diputado por Madrid en las elecciones constituyentes de 1977 y reelegido en las elecciones de 1979. Dimitió como diputado por desacuerdo con las normas laborales que aprobó el Parlamento con el apoyo del PCE. Recibió la Medalla al Mérito Constitucional de manos del Rey Juan Carlos I en 1988. Su carnet de afiliado de CCOO tenía el número 1. Creo que no hace falta mencionar su nombre.

Les dejo con el discurso con el cual este caballero defendió la ley de amnistía en el Congreso de los Diputados el 14 de octubre de 1977, en nombre del Partido Comunista. Esa ley que ahora sus sucesores denostan:

“Señor Presidente, señoras y señores Diputados, me cabe el honor y el deber de explicar, en nombre de la Minoría Comunista del Partido Comunista de España y del Partido Socialista Unificado de Cataluña, en esta sesión, que debe ser histórica para nuestro país, en honor de explicar, repito, nuestro voto.

Quiero señalar que la primera propuesta presentada en esta Cámara ha sido precisamente hecha por la Minoría Parlamentaria del Partido Comunista y del PSUC el 14 de julio y orientada precisamente a esta amnistía. Y no fue un fenómeno de la casualidad, señoras y señores Diputados, es el resultado de una política coherente y consecuente que comienza con la política de reconciliación nacional de nuestro Partido, ya en 1956.

Nosotros considerábamos que la pieza capital de esta política de reconciliación nacional tenía que ser la amnistía. ¿Cómo podríamos reconciliarnos los que nos habíamos estado matando los ‘unos a los otros, si no borrábamos ese pasado de una vez para siempre?

Para nosotros, tanto como reparación de injusticias cometidas a lo largo de estos cuarenta años de dictadura, la amnistía es una política nacional y democrática, la única consecuente que puede cerrar ese pasado de guerras civiles y de cruzadas. Queremos abrir la vía a la paz y a la libertad. Queremos cerrar una etapa; queremos abrir otra. Nosotros, precisamente, los comunistas, que tantas heridas tenemos, que tanto hemos sufrido, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores. Nosotros estamos resueltos a marchar hacia adelante en esa vía de la libertad, en esa vía de la paz y del progreso.

Hay que decir que durante largos años sólo los comunistas nos batíamos por la amnistía. Hay que decir, y yo lo recuerdo, que en las reuniones de la Junta Democrática y de la Plataforma de Convergencia, sobre todo en las primeras, se borraba la palabra “amnistía” ; se buscaba otra palabra porque aquella expresaba de alguna manera —se decía— algo que los comunistas habíamos hecho, algo que se identificaba en cierta medida con los comunistas.

Yo recuerdo que en las cárceles por las que he pasado, cuando discutíamos con algunos grupos que allí había de otros compañeros de otras tendencias —que después alguna vez la han reclamado a tiros— estaban también en contra de la palabra «amnistía».

Recuerdo también un compañero que ha pasado más de veinte años en la cárcel: Horacio Femández Inguanzo, a cuyo expediente se le llamó “el expediente de la reconciliación”, y que fue condenado a veinte años en 1956. Cuando monseñor Oliver, Obispo auxiliar de Madrid, nos visitaba en 1972 en Carabanchel, y le hablaba del año de reconciliación que abría la Iglesia, Horacio le decía: «Si quiere ser consecuente la Iglesia con la reconciliación, debe pedir también en este año la amnistía, ya que lo uno sin lo otro es imposible». Y le explicaba que él había sido condenado a veinte años como dirigente del Partido Comunista de Asturias, precisamente por la amnistía, y que su expediente se llamó “el expediente de la reconciliación”.

Hoy podríamos citar más compañeros aquí: Simón Sánchez Montero y tantos otros, que hemos pasado por trances parecidos, pero hoy no queremos recordar ese pasado; hemos enterrado, como decía, nuestros muertos y nuestros rencores, y por eso, hoy, más que hablar de ese pasado, queremos decir que la minoría comunista se congratula del consenso de los Grupos Mixto, Vasco-Catalán y Socialista, y hubiéramos deseado también que éste fuera un acto de unanimidad nacional.

Todavía yo pediría a los señores de Alianza Popular que reconsideren este problema. Nosotros afirmamos desde esta tribuna que ésta es la amnistía que el país reclama y que, a partir de ella, el crimen y el robo no pueden ser considerados, se hagan desde el ángulo que sea, como actos políticos. Por eso hacemos un llamamiento a nuestros colegas de Alianza Popular de que reconsideren su actitud en este acto que debe ser de unanimidad nacional. En esta hora de alegría, en cierta medida, para los que tantos años hemos pasado en los lugares que sabéis, sólo lamentamos que, en aras de ese consenso y de la realidad, amigos, patriotas, trabajadores de uniforme, no puedan disfrutar plenamente de esta alegría. Desde esta tribuna queremos decirlo, que no les olvidamos y que esperamos del Gobierno que en un futuro próximo puedan ser reparadas estas cuestiones y restituidos a sus puestos.

También a las mujeres de nuestro país queremos indicarles que si hoy no se discute este problema, que si en esta ley faltara la amnistía para los llamados “delitos de la mujer”: adulterio, etc., les queremos recordar que el Grupo Parlamentario Comunista presentó una proposición de ley el 14 de julio que creemos que es urgente discutir y que vamos naturalmente a discutir. Pero, es natural, señoras y señores Diputados, que tratándose de un militante obrero, en mi caso, si hablaba antes de que era un deber y un honor defender aquí, en nombre de esta minoría, esta amnistía política y general, para mí, explicar nuestro voto a favor de la amnistía, cuando en ella se comprende la amnistía laboral, es un triple honor.

Se trata de un miembro de un partido de trabajadores manuales e intelectuales, de un viejo militante del Movimiento Obrero Sindical, de un hombre encarcelado, perseguido y despedido muchas veces y durante largos años, y, además, hacerlo sin resentimiento.

Pedimos amnistía para todos, sin exclusión del lugar en que hubiera estado nadie. Yo creo que este acto, esta intervención, esta propuesta nuestra será, sin duda, para mí el mejor recuerdo que guardaré toda mi vida de este Parlamento.

La amnistía laboral tiene una gran importancia. Hemos sido la (clase más reprimida y más oprimida durante estos cuarenta años de historia que queremos cerrar. Por otra parte, lo que nos enseña la historia de nuestro país es que después de un período de represión, después de la huelga de 1917 y la represión que siguió; después de octubre del treinta y cuatro y la represión que siguió, cada vez que la libertad vuelve a reconquistar las posiciones que había perdido, siempre se ha dado una amnistía laboral. Yo he conocido —mi padre era ferroviario en una estación de ferrocarril— que en 1931 todavía ingresaban los últimos ferroviarios que habían sido despedidos en 1917.

La amnistía laboral, pues, está claro que es un acto extremadamente importante, conjuntamente con la otra. Si la democracia no debe detenerse a las puertas de la fábrica, la amnistía tampoco. Por eso el proyecto de ley que hoy vamos a votar aquí tiene, además de la vertiente humana y política, otra social y económica para nuestro país.

Francia e Italia, al salir de la II Guerra Mundial, para abordar la reconstrucción nacional y la crisis, necesitaron el apoyo y el concurso de la clase obrera. Días pasados los representantes del arco parlamentario dieron los primeros pasos en esa vía; la amnistía laboral será el primer hecho concreto en esa dirección que marcan los acuerdos de la Moncloa. No hay que olvidar que salimos de una dictadura en medio de una grave crisis económica, y que todos estamos de acuerdo en que hay que ir al saneamiento de la economía y a la reconversión nacional también, que esto no es posible sin el concurso de los trabajadores, que hay que llevar por ello este espíritu de la Moncloa al hecho práctico concreto de esa realidad.

Señoras y señores Diputados, señores del Gobierno, lo que hace un año parecía imposible, casi un milagro, salir de la dictadura sin traumas graves, se está realizando ante nuestros ojos; estamos seguros de que saldremos también de la crisis económica, que aseguraremos el pan y la libertad si se establecen nuevas relaciones obrero-empresariales y si un código de derecho de los trabajadores las garantiza; si conseguimos de una vez que los trabajadores dejemos de ser extranjeros en nuestra propia patria. Sí, amnistía para gobernar, amnistía para reforzar la autoridad y el orden basado en el justo respeto de todos a todos y, naturalmente, en primer lugar, de los trabajadores con respecto a los demás.

Con la amnistía saldremos al encuentro del pueblo vasco, que tanto sufre bajo diferentes formas, de todos los pueblos y de todos los trabajadores de España. Con la amnistía la democracia se acercará a los pueblos y a los centros de trabajo. La amnistía política y laboral es una necesidad nacional de estos momentos que nos toca vivir, de este Parlamento que tiene que votar. Nuestro deber y nuestro honor, señoras y señores Diputados, exige un voto unánime de toda la Cámara.

Muchas gracias”.

Feliz día de la Constitución a todos.

DECONSTRUYENDO A LA DERECHA DE LA DERECHA (I)

Y finalmente ha ocurrido. En marzo de 2017 escribí un post titulado Por qué no hay un partido populista de derechas en España. En él daba una serie de razones que explicaban los motivos por los cuales no se había producido el fenómeno. Desde entonces han ocurrido hechos que han ido eliminando esos factores. Aunque sigo pensando que poco tiene en común Vox con sus contrapartes europeas, aparte del problema migratorio (Salvini, Le Pen, Orban). En mi opinión, los dos factores más importantes ha sido el golpe de Estado en Cataluña y la corrupción galopante.

La gente más de derechas ha empezado a no votar al PP, que ya no abarca todo a la derecha del PSOE; y tampoco a Ciudadanos, desencantados con sus bandazos: no olvidemos que han apoyado a Susana Díaz hasta días antes de la convocatoria electoral, escenificando un paripé como si los últimos cuatro años no hubieran sucedido. De otro lado, el estancamiento-bajada de Podemos ha enfriado la táctica del voto útil (más el incumplimiento de las promesas electorales por parte del PP, las subidas de impuestos, la tibieza con el problema catalán, la corrupción galopante). Por otra parte, decir que uno es de derechas está dejando de ser tabú, igual que ser partidario de la unidad de España, como reacción al intento de independencia de Cataluña. Las tácticas de los independentistas catalanes han sido una fábrica de nacionalistas españoles. Y en este contexto creo que ha sido muy importante la moción de censura de Pedro Sánchez y el apoyo recibido de golpistas y filoetarras, y su trato todavía más suave hacia ellos que el anterior gobierno de Rajoy. Para muchas personas de derechas, el PP de Rajoy ha sido una especie de PSOE marca blanca, manteniendo leyes y proyectos como la Alianza de Civilizaciones, la ley de memoria histórica, el aborto; y eliminando a los partidarios de una línea más dura con el nacionalismo, como Mayor Oreja, María San Gil, Regina Otaola, o el propio Santi Abascal.

Respecto de la inmigración, Vox ha recogido una bandera que estaba en el suelo: la de las conversaciones que se escuchan habitualmente acerca de devolver a sus países a los delincuentes extranjeros; y que todo el mundo venga a España, no habiendo recursos para todos. Por supuesto que en El Egido, donde hay un 30% de inmigrantes, Vox es primera fuerza y el PSOE la cuarta.

Manuel Jabois, en un artículo en El País, creo que acierta al señalar lo siguiente: “Si Vox entra “fulgurantemente” en el Parlamento andaluz, ¿se han hecho miles de andaluces racistas de forma fulgurante? De no creerlo en absoluto, ¿en tres años han pasado miles de andaluces a creer que los dos grandes problemas de España son los inmigrantes y el “hembrismo”, que hay que combatir la multiculturalidad, reivindicar al dictador Franco y formar una entente europea con Marine Le Pen, Viktor Orbán y Matteo Salvini? Parece obvio que no, del mismo modo que muchos votantes de Vox que no se asimilan como ultraderechistas consideran, como los millones de votantes de Bolsonaro en Brasil, las incomodidades ideológicas como meros accesorios a los que no prestar trascendencia; lo importante es que están enfadados y quieren cobrárselo a alguien”.

Tsevan Rabtan en este hilo de Twitter cuenta una historia que yo también podría contar, lo único que en mi caso es al revés, el que ha sido comunista soy yo y el resto de las personas con las que charlaba no lo han sido nunca:

La gente con la que he hablado también veía a Vox con buenos ojos, hasta alguno de ellos ha comentado que ha disfrutado de la jornada electoral como nunca antes. Incluso si les aprietas dialécticamente con cómo van a repatriar a inmigrantes indocumentados que no sabemos de qué país provienen, o qué van a hacer con el millón trescientos mil  de funcionarios autonómicos cuando eliminen las policías autonómicas o las propias autonomías, lo intentan justificar. Pero están hartos de la dictadura de lo políticamente correcto, y quieren que se respete la ley; que la lengua no se use como arma contra nadie; y que no se altere la presunción de inocencia en determinados casos, entre otros.

Es evidente que de repente no hay 400.000 fascistas en Andalucía: es el voto del cabreo, del que está harto de que las leyes y las sentencias no se respeten en Cataluña; que en el caso de los andaluces tienen que aguantar que les llamen vagos o paletos. Es la reacción que ha cristalizado después del intento de golpe en Cataluña, de las banderas en los balcones. De las tibias políticas de PP y PSOE, y de un Ciudadanos que hoy tiene unos principios y mañana otros, y que se estará tirando de los pelos por no haber presentado un mejor candidato y un mejor balance que haber apoyado al Gobierno de los ERES y los puticlubs. Los 90.000 votos que le separan del PP son resultado de su política de mercadotecnia. Hay un vacío, del que yo también me siento huérfano, de una izquierda nacional que no existe, porque el PSOE se ha lanzado en este siglo a intentar ser más nacionalista que los nacionalistas e intentar “comprender”, porque como dijo Patxi López, “algo de razón tendrán”. Ni el PP ni el PSOE han hecho cumplir las sentencias de los tribunales ni las leyes en Cataluña; en el País Vasco se siguen realizando homenajes a terroristas, y no pasa nada.

La procedencia de esos votos de Vox no sería sólo del PP (35%), o de la abstención (32%). También han recibido votos de Ciudadanos (10%), del PSOE (7%), e incluso de Podemos e IU (4%). Sorprendentemente, este partido de carcas y viejos es el partido líder en Instagram, que es la red social preferida por los más jóvenes, adelantando a Podemos al final de la campaña andaluza.

Si Mariano Rajoy o incluso Pedro Sánchez hubieran convocado elecciones estoy bastante seguro que no hubiera ocurrido esto.

El 1 de octubre y los hechos posteriores ha sido un acelerante. En Andalucía se ha votado en clave nacional. El PSOE perdió 400.000 votos, el PP 270.000, y la alianza de Podemos e Izquierda Unida 280.000. En cambio, Ciudadanos ganó casi 300.000 y VOX, partiendo de la nada y con un candidato desconocido hasta por sus propios votantes, recolectó en pocas semanas la friolera de 377.000 votos (el que más ha crecido, señor Marín). Son las dos fuerzas políticas que pusieron en el centro de su política la unidad de España y la traición a sus instituciones, y han jugado al número ganador.

También hay otro factor no menos importante y es el religioso. Vox se posiciona en contra del aborto y de la ley de violencia de género y las leyes LGTBI. Lourdes Méndez, miembro del Opus Dei, ha sido casi de todo en el PP (concejal, diputada autonómica por Murcia, consejera y diputada nacional). Hace unas semanas sorprendió dando su apoyo a Vox. Explica que no se ha afiliado al partido de Santiago Abascal pero dice que el PP la ha traicionado. “Me di de baja en el PP a raíz de haber hecho dejación de la defensa de la vida, al permitir las leyes LGTBI y la imposición de una ideología de género que vulneran la libertad ideológica… Por este tipo de cosas me fui del PP”. Casado se ha rodeado de gente del Opus y quiere volver a la ley del aborto de 1985, pero pienso que ya es demasiado tarde para recuperar personas como la ex diputada del PP.

Dejo para el final la reacción de los perdedores, que es muy significativa de cómo han ayudado a que Vox obtenga esos buenos resultados. Lo de Pablo Iglesias, compareciendo totalmente asustado y descolocado, ha sido de traca, diciendo que las fuerzas políticas antifascistas son las que obtuvieron una mayoría para la moción de censura (sic) y que están en juego la democracia y las libertades. Alerta antifascista dice, el que junto con Zapatero ha desenterrado la Guerra Civil y el odio entre españoles, gritando que viene el odio, el pirómano gritando fuego. Los pollos que ha criado usted vuelven por la noche a su jardín ahora. Señor Iglesias, antifascista no significa demócrata, para muestra un botón: Salvador Puig Antich, un hombre al que usted elogió al inicio de su primera legislatura en 2015, que era cualquier cosa menos un luchador por la democracia (un anarquista que se dedicaba a atracar bancos y que fue condenado por asesinar a un policía). El objetivo del MIL al que pertenecía no era la instauración de la democracia, sino la de una dictadura comunista mediante la insurrección armada. Siendo reprobable su ejecución, confundimos antifranquista con demócrata, otra vez más. Sus propios compañeros del MIL así lo entienden.

El tweet que reproduzco de Irene Montero es muy divertido por los comentarios. Aunque fuera cierto, que los propietarios del chalet de un millón de euros nos vengan ahora con “nuestros barrios” no deja de tener gracia.

Tanto el PSOE como Podemos han estado dando la murga con el fascismo, igual que ciertos medios, como La Sexta, que cualquiera que les escuche se piensa que hay un partido nazi con 200 diputados. Ayer Susana Díaz, en su patético discurso, pronunció las palabras extrema derecha quince veces en dos minutos. Se han hartado de llamar ‘derecha extrema’ y fascistas al PP y a Ciudadanos, y ahora cuando interesa les llaman ‘constitucionalistas’. Ábalos diciendo que la derecha abre paso a la ultraderecha, y que entra en el parlamento una fuerza no constitucionalista: ellos, que viven a golpe de Decreto-ley aupados sobre los hombros de quienes se han meado en la Constitución y de quienes les apoyan. En resumen, la democracia lo es mientras la gente vote lo correcto. Y lo correcto somos nosotros. Patético, y autocrítica cero.

Porque se ha abusado tanto de llamar facha, fascista y extrema derecha a partidos perfectamente democráticos, te gusten sus ideas o no, que al final cuando vienen los de verdad se te acaban los adjetivos, aparte de ya no significar nada. Al mismo tiempo que llamaban fascistas y extrema derecha al PP y Ciudadanos, pactaban con Bildu, ERC y PDCat, que se han saltado la Constitución y las leyes a diario, expulsados de ALDE por golpistas, cambiando de nombre y de CIF por estar embargados por corrupción, y estos dos últimos haciéndose fotos con todos los partidos de extrema derecha de Europa, que son los únicos que acceden a recibirles. Y un aviso para navegantes: pretender reformar la Constitución siguiendo los procedimientos establecidos en ella no implica per se estar en contra de ella o tildar a alguien de inconstitucional.

Para la segunda parte dejo analizar el programa electoral y las 100 medidas de Vox. Ya adelanto que no estoy de acuerdo con la inmensa mayoría de ellas, pero vamos a leerlas para poder opinar de verdad, ¿no? Y sobre todo lo primero que la izquierda tendría que hacer es preguntarse cómo es posible que un partido sin nada (sedes, militantes, dinero), y cuyos votantes no sabían ni quién era su candidato haya sacado de la nada 377.000 votos, y al que desde ciertas cadenas se han hartado de llamar nazis. Y qué parte de culpa tienen ellos, la izquierda, en que esto haya ocurrido. Barones del PSOE, hay una cosa que se llama dignidad. Buscadla en Google. Sopa boba no sé si viene.

Y para el final dejo la guinda: el tweet más divertido de la jornada, y resumen de nuestra triste realidad, por Sergio Acedo: