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CARAMBOLAS AFORTUNADAS Y AUTOFEEDBACK

28 agosto, 2012 Deja un comentario

La semana pasada tuve (como siempre) una conversación muy interesante con mi amigo Rafa (del que hablé aquí, en uno de mis primeros post en este blog). Y me dijo que le estaba dando vueltas a un concepto interesante al que no había puesto nombre todavía. Y corrígeme si estoy equivocado al exponerlo.

La mayoría de nosotros buscamos relaciones con cosas para autoafirmarnos en como somos o creemos que somos. Pusiste el ejemplo de “yo soy de izquierdas y me gusta el deporte”. Y entonces te compras El País. Los demás periódicos ya se descartan, ni te planteas comprar otro. Y dentro de El País (según el tiempo del que dispongas) primero te vas a las páginas de deporte. Supongamos que te interesa la parte internacional, te vas al principio pero si ves una noticia de, pongamos, Tailandia, ni siquiera te lees el titular, ves la palabra “Tailandia” y pasas a otra cosa. A mí se me ocurrió llamarlo autofeedback, en una suerte de neologismo poco afortunado seguramente, pero que me parece que describe bien el concepto en una sola palabra. Es decir, creo que somos como somos en parte porque tendemos a pintarnos del mismo color del que ya estamos.

Es evidente que a las cosas que nos gustan o nos interesan llegamos por casualidad en la mayoría de las ocasiones, por herencia familiar, por los amigos, por la ciudad en la que nacemos o por carambolas afortunadas. En mi caso he gozado de varias carambolas afortunadas: un aparato de radio que me regalaron cuando tenía 12 años hizo que me gustara el jazz, ganar un concurso de radio al año siguiente, empezar a aprender piano dos años después…Un programa llamado supersports en Telemadrid hizo que me gustara el fútbol americano. Lo que sí es cierto es que la posibilidad de carambola afortunada es directamente proporcional a la curiosidad de la persona en cuestión. Y yo de eso tengo mucho.

Pero luego hay como una especie de retroalimentación de uno mismo (el autofeedback), en el sentido de ir a lo seguro o a lo conocido. Pensemos cuantas veces hemos comprado la entrada para ir a ver a un grupo de música sin haberlo escuchado antes o sin estar seguros de que nos gusta. Traslademos eso a cualquier cosa: emisoras de radio, prensa, canales de televisión, deportes, incluso en el ámbito laboral…En el ejemplo de más arriba, se me ocurren personas con nombres y apellidos, algunas muy cercanas, que siempre ven La Sexta o Cuatro, compran El País, escuchan la Cadena Ser, leen libros históricos de escritores de izquierdas, sus amigos son todos de izquierdas, y están absolutamente convencidos de unas verdades dogmáticas inquebrantables que en esta burbuja bermeja lo único que hace es retroalimentarse. Sustituyamos la palabra izquierda por derecha y pongamos Intereconomía, La Razón o ABC, la cadena Cope y tendremos la otra cara de la misma moneda. Es un poco, salvando las distancias (que nadie se ofenda), como la mafia, que como vive, come, duerme, trabaja y se relaciona solamente con mafiosos, las cosas de mafiosos las ve como lo normal, tal y como refleja la magnífica película Godfellas (Uno de los nuestros), de Martin Scorsese. Otro fenómeno relacionado es la caída, es decir, cuando ocurre algo que hace que nos replanteemos el color del que estamos pintados, y descubrimos que todo el universo que nos habíamos construido de verdades y dogmas universales se nos derrumba. En mi caso fue un proceso lento, tal y como lo describe Andrew Anthony en su libro El desencanto. Porque al principio uno tiende a poner barreras al derrumbe (en política, ya se sabe, eres un fascista, un comunista, un racista, un antiloquesea). Pero me estoy desviando del tema, para variar. Esto es tema para otra entrada futura.

Imaginemos por un momento la cantidad de cosas que nos perdemos por no dedicar tiempo a probar cosas que en un principio nos pueden interesar. Poníamos el ejemplo del golf. Yo no he jugado nunca, tú tampoco. Pero no nos lo planteamos porque tenemos poco tiempo y muchas cosas que hacer, y parece que no merece la pena dedicar por ejemplo dos semanas a aprender. Y decías, vamos a coger dos semanas al año a fondo perdido, y en ellas vamos a ponernos a hacer algo, sin ninguna expectativa porque las damos por tiempo perdido. Todo esto venía a cuento de si vale la pena estudiar árabe durante una o dos semanas. Y es que no solo debemos plantearnos la inversión de las dos semanas en términos de aprendizaje del idioma (probablemente sea muy poco), sino en lo que las demás personas que van a estar con nosotros durante ese tiempo (estudiantes, profesores) nos van a aportar. Por ejemplo, decíamos que nos podemos encontrar un estudiante que nos dice que está estudiando árabe levantino porque ahora es mucho más útil en Siria que los otros tipos, o que ya no lo es, etc. Tú pusiste el ejemplo del yoga, yo por mi parte y gracias a Mar he descubierto la danza, si no es por ella no hubiera ido nunca a ver un espectáculo de danza.

Os propongo probar a dejar una semana, un fin de semana si no estamos dispuestos a tanto, a fondo perdido, y probad algo que no haríais ni de coña en circunstancias normales. Y luego me contáis. Seguro que la experiencia vale la pena.

LOS VIAJES DE JÚPITER

12 agosto, 2012 2 comentarios

Acabo de terminar un libro que me ha impactado tremendamente y me ha hecho pensar mucho. En el prefacio hay una advertencia para tomar muy en serio: “¡¡CUIDADO!! A causa de este libro hombres y mujeres han abandonado sus trabajos para tomar la carretera. Durante 30 años ha cambiado muchas vidas. Podría cambiar la suya”. En realidad estaba buscando un regalo para el cumpleaños del señor Quique, pensando más en los documentales de los viajes de Ewan McGregor, y buscando por Internet en una entrevista habla de que el libro que le ha inspirado para el primero de sus viajes es éste. Además impresiona por el tamaño, son 700 páginas sin los extras. Resulta que además descubro que la última edición muy esperada en español acaba de salir el mes pasado. Y para más coña, se me ocurre que pueden tener el libro en la librería Desnivel. Y en efecto, lo tienen, y en esa última edición recién sacada del horno en castellano. Pues déme dos. No, me los llevo puestos. El título del libro es Los viajes de Júpiter, y el autor es Ted Simon.

El libro trata del viaje que durante 4 años, de 1973 a 1977, realizó alrededor del mundo subido en una moto, una Triumph Tiger 100 de 500 cc, recorriendo los cinco continentes. Realmente es adictivo, me lo he bebido en una semana a grandes tragos. He subido montañas, he vadeado ríos, pasado frío, calor sofocante, dormido en una hamaca entre dos árboles, me he quedado tirado infinitas veces, he asistido a una boda hindú, he subido al Himalaya, me he empapado en la lluvia en cinco continentes distintos, pasado el verano en una comuna hippie, mirado cara a cara a un elefante, navegado en un mercante herrumbroso, pasado varios días en una inundación bebiendo cerveza día y noche en Australia en un bar de camioneros…Aunque no te gusten las motos, el libro es impresionante. Y si te gustan…pues entonces lisa y llanamente es imprescindible.

Cualquiera que haya hecho un viaje en moto de varios días se va a enganchar inmediatamente, porque es inevitable ponerse en su pellejo. Hay una frase palmaria en este sentido: “el ingenio para empaquetar una casa y un garaje en el espacio equivalente de cuatro maletas solo te lo puede enseñar la experiencia”. Eso es algo que solo se aprende con la práctica, al principio le pasa como nos ha pasado a todos, quieres tener todo controlado y pretendes estar preparado para todo lo que pueda pasar. El relato de cómo elige las cosas que tiene que llevarse es buenísimo y no lo quiero destripar. Sólo decir que a mí no se me hubiera ocurrido llevar una mezcla de aceite de hígado de bacalao y glucosa para curar las llagas tropicales.

De hecho, Ted Simon ni siquiera tenía carnet de moto cuando decide hacer el viaje, y al suspender el primer examen de conducir, llegó a agenciarse un carnet falso de conducir y pensaba iniciar el viaje así. Por suerte, no tuvo que empezar de ese modo. “No puedo decir por qué pensé inmediatamente en una moto. No tenía moto, ni siquiera tenía carnet para conducirla”. Eso me hace recordar en el momento en que decidí comprarme mi primera moto, yo tampoco tenía carnet ni moto. ¿Por qué? No lo sé, pero sí sé que lo ví tremendamente claro.

El viaje. Imagina el mundo en 1973, sin GPS, sin Internet, sin teléfono móvil, sin concesionarios oficiales ni talleres dignos de ese nombre en la mayoría del mundo conocido. Sin carreteras asfaltadas, a veces sin carreteras. Punto. Sin equipo aislante ultramoderno, sin coches de asistencia. Solo. Una cosa que te enseña el viaje en moto es que pasas mucho tiempo en soledad contigo mismo. Para Ted Simon, el viaje ha sido en realidad un viaje hacia sí mismo, conocerse de una forma que de otro modo hubiera sido imposible. Probar tu capacidad de afrontar situaciones límite, de presenciar el sufrimiento humano y la muerte. En un momento dado, le preguntan por qué hace este viaje, y él contesta que es un viaje de descubrimiento. Y cuando le pregunta qué es lo que quiere descubrir, Ted Simon contesta: “Quiero descubrir por qué lo hago”. Y al hacerse esa pregunta, se contestaba que había veces en las que el viaje no necesitaba justificaciones, que era cuando volaba en libertad. “Aquellas eran las veces en que me había sentido lleno de sabiduría natural, casi rozando la mismísima puerta del cielo”.

Ted y los otros. La otra parte del viaje es la Humanidad con mayúscula, el contacto con los seres humanos de los cinco continentes, de primera mano, sin prejuicios. De hecho, él mismo reconoce que tiene que ir venciendo aquellos que pudiera tener con anterioridad. Aunque en este terreno, la frase que más me ha hecho gracia es que los árabes ocultan a sus mujeres y muestran sus sentimientos, mientras que los australianos ocultan sus sentimientos y muestran a sus mujeres. Ir observando cómo los diferentes grupos humanos se enfrentan a los mismos problemas de formas distintas.

La caja. Cuando Ted está por Sudamérica, le acompaña un francés llamado Bruno que viaja en una furgoneta Renault. Cuando Ted le pregunta si va a volver a Francia, Bruno le contesta: “No lo sé. Se supone que es así. Es el Sistema (…) El caso es que no quiero que me joda esta maldita máquina, encerrado en una caja el resto de mi vida”. Los franceses llaman “caja” a cualquier negocio. Y el caso es que cuando terminé de leer el libro, lo primero que se me vino a la cabeza es si yo sería capaz de hacerlo. No lo sé. Desde luego soy consciente de que el viaje es muy duro, de hecho ni siquiera me he apuntado a viajes más sencillos a la ruta de los castillos de Escocia o Faaker See. Hay que estar dispuesto a pasarlo mal, a que las cosas salgan mal, a empaparse de agua. Ir en moto tantos años es muy duro. Pero sí que cada vez más me dan ganas de romper la “caja”, como dicen los franceses. Pero eso es otra historia para otro día.

Y mientras tanto sigo montando en mi moto, y hago mío el último párrafo del libro de Ted Simon: “Mientras tanto, sueño mucho. Sueño a menudo que voy en la Triumph, conduciendo sobre la tierra dura y roja de un gran bosque, bajo una espesa bóveda de un verde frondoso y limpio que se extiende hasta el infinito. Y pienso: tal vez este sea un bosque encantado donde, a veces, los hombres todavía juegan a ser dioses”.

Feliz cumpleaños, señor Quique. Y gracias por el regalo.