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EL APETITO FAÚSTICO Y EL AMOR FATI (II)


Hace seis años escribí una entrada titulada El apetito faústico y el amor fati, primera parte, y hasta hoy no me he dado cuenta de que no he escrito todavía la segunda. Aunque hay otra entrada, El bosque humano, que trata un poco del mismo tema, centrándome en la influencia que tiene nuestra vida en la de las otras personas.

En la primera entrada veíamos el concepto de amor fati, como entendiendo tu vida como la mejor de las vidas posibles (así fue y así lo quise), y el apetito faústico, como el deseo de recorrer todas tus trayectorias vitales posibles con las diferentes decisiones que podríamos haber tomado. En la segunda, hablamos de la interacción de las diferentes trayectorias vitales de las personas que nos rodean y cómo influyen unas en las otras.

Siguiendo con todo esto, muchas veces nos preguntamos, sobre todo en momentos que tenemos de dudas en decisiones que tenemos que tomar (laborales, afectivas, etc), si aquellas decisiones que tomamos en su momento fueron correctas o no. Solemos decir que si con 18 años supiéramos la mitad de lo que sabemos ahora…

Realmente esto es un sofisma, las personas vamos evolucionando y cambiando. La persona que decidió estudiar Derecho en 1987 no es la misma que en 2012; no puedo decir que acerté o me equivoqué, primero porque no sabemos qué hubiera ocurrido si hubiera hecho lo contrario, son demasiadas posibilidades, casi infinitas. Luego, porque en su momento tomé la decisión que creí mejor con la información que tenía en ese momento. Y finalmente mi criterio de lo que es “peor” o “mejor” no tiene que ver con éxito o fracaso, sino con la felicidad, que para mí es mi primer y último objetivo. Yo he venido aquí para ser feliz, y lo demás ya veremos.

Por otra parte, la flecha del tiempo sólo tiene un sentido, que es hacia delante, no podemos rebobinar. Es completamente inútil que siga comiéndome la cabeza con cosas que sucedieron hace 25 años, porque ese partido terminó hace mucho y no se volverá a repetir, y sin embargo ahora mismo están sucediendo cosas, que por mi propio interés son aquellas cosas en las que me tengo que centrar…

Sí que existe algo útil para mi felicidad que es aprender de la experiencia. Aquí unimos dos conceptos: el cambio permanente del ser humano, junto con las experiencias que hemos vivido. Y aquí sí que es útil para no volvernos a equivocar otra vez (aunque se diga que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra), siempre teniendo como fin la propia felicidad. Sin embargo, lo que en principio nos ha parecido un error, con la perspectiva de los años nos damos cuenta que ha sido un acierto. Cuanto más vivimos, más nos conocemos a nosotros mismos, y más podemos saber lo que queremos. Por lo tanto, las probabilidades de felicidad aumentan.

También hay que decir que hay otro método de toma de decisiones que no es racional, sino visceral. Conozco mucha gente así, que decide por impulsos, por intuición.y que hace las cosas sin pensar. Y por todo lo que voy a contar a continuación, no significa que tengan menos posibilidades de ser felices que aquellos que deciden más racionalmente. La intuición es algo irracional, pero existe y todos alguna vez funcionamos así. De hecho, parece ser que en realidad no es irracional. Gerd Gigerenzer, en su libro “Decisiones instintivas” y director del Centro para la Conducta Adaptativa y la Cognición del Instituto Max Plank, ha sido pionero en atribuir al inconsciente y a la intuición un papel esencial en la toma de decisiones. Gigerenzer ha descubierto que tomamos mejores decisiones si tenemos en cuenta una buena razón que si tenemos en cuenta diez. El motivo de ello es evolutivo. El proceso de elección se basa en una serie de reglas generales que nuestro cerebro ha ido aprendiendo a lo largo de miles de años. Esas reglas forman parte de una especie de libro de instrucciones al que recurrimos ante cada situación y en el que hallamos respuestas rápidas y precisas. Esto es lo que se llama heurística, un método de resolver problemas de forma más sencilla. La heurística ignora información, y esto es lo que acelera la toma de decisión en la situación adecuada. Quizá la intuición es una forma de llamar a la toma de decisiones con información difusa, es decir poco estructurada de forma explícita, pero muy abundante. Es como si cuando decimos “pienso que va a llover” codificáramos toda la información sobre el cielo, el viento, la temperatura, acumulada a lo largo de nuestra vida. Pero esto creo que lo veremos más extensamente en otra entrada más adelante.

Sea como sea, el ser humano es tal porque elige libremente, vamos haciendo nuestro propio camino. Y lo divertido es que la vida parece escribir recto con renglones torcidos. Me explico: pese a que tomamos decisiones muy conscientemente y hacia un objetivo, a veces nos pasa como a Edison, que intentando inventar un aparato de lectura para ciegos creó el germen de la industria musical. Los músicos de ragtime querían imitar a los pianistas románticos del siglo XIX y el resultado fue inventar un género musical nuevo, que inició el jazz. O estudias una cosa y acabas trabajando en otra cosa que no tiene nada que ver, para luego ir a otro lado donde lo que estudiaste en un principio es fundamental. Quizá haya una especie de intuición universal funcionando en el mundo de forma totalmente transparente para nosotros.

Lo que quiero decir es que por encima de tus decisiones es como si hubiera un camino de “resultado” que, si se mira desde una perspectiva lejana, resulta cuanto menos curioso. Pensadlo así: desde pequeño analiza las decisiones y los pasos y mira los resultados en paralelo. Yo no me atrevo a decir que exista un destino fijado de antemano, y quiero pensar que no sea cierto, pero sí que me resulta curioso que hagas o te sucedan cosas que no hubieras previsto nunca, ni de coña. Es lo que reflejamos al decir “las vueltas que da la vida”. Es como exprimir una pera y que salga zumo de naranja. Pues muchas veces sale. Y sabe a naranja.

Quiero cambiar de carretera ahora, y estoy pensando en qué desvío me salgo de la autopista por la que voy. Mirando el mapa y valorando de los desvíos que tengo por donde voy. Pero es posible que un camión se despiste, me embista, me obligue a salir por el primer desvío, y ni siquiera me haya dado tiempo a mirar qué ponía en el cartel. Y seguiré conduciendo hasta el primer pueblo para saber dónde estoy. Siempre hacia delante sin poder cambiar de sentido. El tiempo, la vida, es una carretera de uno o varios carriles, pero de un solo sentido. Como dicen los Deftones, ”Be quiet and drive”

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  1. Santiago
    12 octubre, 2012 en 20:04

    Un tema muy interesante, del que he meditado bastante, porque con los años he ido haciendo más caso a la intuición.

    En algunos casos, la toma de decisiones está influida por prejuicios, condicionantes sociales, y la intuición nace desde dentro para recordarte que la decisión la estás tomando con criterios equivocados, que hay otros criterios más importantes. En este caso, la intuición no nace de un razonamiento pero sí te recuerda que tus criterios en un razonamiento pueden ser incorrectos. En otros casos parecidos, la intuición te avisa de posibles efectos negativos de una decisión. No hay razonamiento, la mente te envía sin razonamiento previo aspectos a tener en cuenta.

    En estos casos, quizá sea un reducto de objetividad de nuestra mente en la toma de decisiones, por encima de los exigentes condicionamientos sociales, y los prejuicios adquiridos. La intuición formaría parte del proceso racional.

    En otros supuestos, quizá de intuición pura, la mente dice que la respuesta es esa, y ya está. No te proporciona argumentos, ni destruye otros. Suele proporcionar cierta seguridad. Quizá albergue las atracciones básicas de nuestra vida (que no son racionales), como el gusto por viajar, por vivir en un lugar pequeño, o por ser feliz en primer y segundo lugar. Cuando intentamos decidir si aceptamos el cargo de Secretario General de la ONU, o no. Nuestro interior nos dirá: ¿Y vas a ser feliz viviendo en Nueva York, y trabajando 10 horas al día?

    Bueno, que tengo que ir a por el hijo.

    • 15 octubre, 2012 en 15:44

      me hace gracia el último ejemplo, porque hace poco he tenido que tomar una decisión que (literalmente) me ha quitado el sueño, no era ser secretario general de la ONU, pero sí algo parecido a pequeña escala, y he hecho la misma reflexión que tú…y lo he rechazado, haciéndome previamente una sola pregunta: ¿vas a ser más feliz o no? Me alegro que te haya gustado.

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