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PRESENTACIÓN DE DIARIO DE UN ESCRITOR NAIF, DE VICENTE TORRES

7 junio, 2017 3 comentarios

Este es mi discurso de presentación del libro de Vicente Torres Diario de un escritor naif en la librería La forja de las letras, que tuvo lugar el martes 6 de junio:

Queridos amigos, buenas tardes a todos

Estoy aquí en cumplimiento de un encargo, y ya que soy muy bien mandado (como mi esposa aquí presente puede atestiguar), me he aplicado bastante a la tarea y espero hacerlo bien, y que todos ustedes queden satisfechos, sobre todo el autor, al cual le agradezco enormemente la confianza (y quizá la temeridad) que ha demostrado al pedirme que presentara su libro.

Quisiera asimismo agradecer la asistencia al acto de todos ustedes, así como a los propietarios de la librería La Forja de las Letras (que por cierto es un nombre precioso para un santuario de libros) su colaboración y su disposición en la presentación de la obra. Me ha encantado la frase de Soledad Garnero, la propietaria, con la que resume su empeño en abrir esta librería en la que nos encontramos: “Ya tengo una edad para ir cumpliendo mis sueños”. A los que no lo hayan pensado, ya están tardando en empezar. A cumplir sus sueños, me refiero.

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Con la edad cada vez uno se convence más de que los amigos son el verdadero tesoro que se va acumulando con los años. Y a la vista de mis amigos aquí presentes, yo debo de ser asquerosamente rico. Muchas gracias a todos.

Es imposible no creer en los libros. Mi madre empezó a enseñarme a leer con cuatro años, y ha sido el regalo más preciado que me haya entregado nunca. He sido un lector voraz desde mi más tierna infancia. Estoy de acuerdo con las palabras de Soledad, cuando dice: “creo que debemos seguir creyendo en los libros porque un libro te habla, te transmite y es capaz de guardar recuerdos”. Pienso que todos los que estamos aquí somos, en mayor o menor medida, amantes de los libros. En este sentido, hago mía la frase de Thomas Jefferson, que vinieron en un lápiz de la biblioteca del Congreso de EEUU que me trajo mi amigo Rafa aquí presente: “I couldn’t live without books (no podría vivir sin libros)”.

Para empezar, decir que puedo presumir de tener la fortuna de cultivar la amistad de Vicente Torres, todo un señor y un caballero valenciano, que es de oficio escritor. Y como diría otro afamado articulista, hemos venido aquí a hablar de su libro, Diario de un escritor naif, subtitulado Experiencias, lecturas y meditaciones.

Creo que nos conocimos en persona en una feria del libro de Madrid hace dos años, nos presentó un amigo común (Antonio Ballesteros, no sé si está presente hoy), y al que por ello quedo profundamente agradecido.

Vicente acumula una larga trayectoria literaria y periodística. Corrígeme si estoy equivocado en algún dato. Es crítico literario en Las Provincias y en Periodista Digital, donde escribe en su blog sobre la actualidad. También coautor de 1978. El año en que España cambió de piel; y autor de Valencia, su Mercado Central y otras debilidades, El Parotet y otros asuntos, y la novela Yo estoy loco. Ha participado en el libro de relatos Tus colores son los míos, en el libro de arte Enrique Senís-Oliver y en el libro colectivo Palabras para Ashraf. Escribe asimismo en el blog Vientos de las dos orillas, y es columnista del diario digital Informa Valencia.

En primer lugar, y precisamente estando a unos pasos de la casa de Cervantes (calle León esquina con la propia calle Cervantes; quizá la única buena acción del rey Fernando VII fue intentar que no derribaran su casa), yo definiría a Vicente como un caballero quijotesco: como diría una de las personas a las que admira, Rosa Díez, todo un aventurero cuerdo, pese a que en el libro que hoy venimos a presentar afirme ser miembro de un grupo conocido como “los locos de Bétera”. Siguiendo la descripción que Toni Solano hizo de Vicente, hablando del escritor comprometido, decimos que “un escritor ilustrado no puede sustraerse a la implicación política en el sentido etimológico de esa palabra, como miembro de una ciudadanía comprometida con la democracia y con la defensa de las libertades y los principios fundamentales de la convivencia”.

Y de este modo, nuestro autor no puede evitar enarbolar la bandera de la lucha contra el terrorismo y su blanqueamiento, contra la demagogia y el populismo, contra el nacionalismo obligatorio; y a favor de la separación de poderes, la democracia de calidad y la convivencia. Vicente simboliza al ingenioso hidalgo en estado puro, defendiendo valores tradicionales que ahora parecen estar de capa caída: la honestidad, la libertad, la lealtad, la generosidad, la integridad y la decencia con mayúsculas. Y ese quijotismo lo destilan tanto sus escasos personajes “blancos”, como por ejemplo Veremundo, en su novela Yo estoy loco, como en sus artículos y ensayos. Y denuncia su reverso, el sanchismo (me refiero a Sancho Panza, no a otros personajes de mucha peor calidad), tan presente hoy en día, sobre todo en la política, encarnado en la doblez, la inmoralidad, el interés y la hipocresía.

Llegados a este punto, voy a lanzar al aire una pregunta interesante: ¿Es necesario el llamado intelectual comprometido hoy en día? Yo diría que ahora más que nunca; no sólo es necesario, sino me atrevo a decir que imprescindible. Citando a Andrés Trapiello, digo: “Yo cada vez que abro el periódico y me encuentro con un artículo de Savater, sé que me va a hacer pensar. O un artículo de Félix de Azúa, o de Félix Ovejero o Francesc de Carreras. Los intelectuales son muy necesarios, son los que avivan los debates, los que nos orientan muchas veces a los demás, los que nos advierten de las trampas. Tienen un papel muy importante en la política”.

Y en ese sentido es necesaria esa tarea quijotesca de Vicente con su pluma: así como Sócrates decía ser el tábano de Atenas, que ponía a sus ciudadanos al frente de sus contradicciones y les decía lo que nadie quería escuchar, molestándoles continuamente, así Vicente forma parte de ese grupo de tábanos necesarios para picar a esa yegua llamada España. Porque en este mundo demagógico, mentiroso y tramposo, donde parece que todo vale, necesitamos a personas que, como dice Trapiello, nos avisen de las trampas y constituyan nuestra hemeroteca justiciera, nuestro Pepito Grillo. Y ese menguado ejército, como decía el gran pensador marxista don Groucho Marx hablando de los cómicos de primera fila, “son un material mucho más escaso y valioso que todo el oro y las piedras preciosas del planeta”.

Es lógico que Vicente en Diario de un escritor naíf diga que “la cualidad humana más importante es el valor. Es imprescindible para tener criterio propio”.

Yo, cuando todavía era un adolescente impertinente y no sabía nada del mundo (y bien que me encargué luego de demostrarlo), tuve un profesor de latín que me enseñó una de esas cosas valiosas para el resto de mi vida. Hay dos palabras en castellano que tienen la misma raíz latina (el vocablo grex, gregis, que significa rebaño): gregario y egregio. Hay que tener valor, en efecto, para tener criterio propio, ser egregio y salirse de la manada, y no ser gregario y dejarse llevar por la corriente. Y tiene mucho más mérito ser valiente cuando estamos rodeados de altavoces que nos incitan a rendirnos y a ser gregarios. Donde lo habitual es aquello tan español de acudir raudo y veloz en socorro del vencedor. El propio autor trata esta cuestión en su anotación del día 17 de febrero, cuando se refiere al “hombre masa”, que considera al ser humano un medio y no un fin en sí mismo.

Pasemos ahora a hablar más específicamente del libro.

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Decir que de todas las obras de Vicente esta es la que más me ha gustado, y me lo he leído de un tirón. Tiene uno la sensación de estar sentado tomando un café con el autor y conversando tranquilamente sobre diversas cuestiones, siempre interesantes, y algunas experiencias personales. En Diario de un escritor naif nos encontramos con un libro en esa línea, con breves reseñas, una para cada día del año, con la estructura de un diario, por el que pasan personajes diversos, situaciones o cuestiones, a través de los ojos de Vicente, que siempre en primera persona nos los hace ver, como pequeños fotogramas de una película. Al final del calendario, tenemos la sensación de haber visto un film costumbrista con muy diversos personajes, que a veces unos nos llevan a otros, como si fueran cerezas, que tiramos de una y sacamos otras tantas unidas.

Por cierto, tengo una duda: apostaste según el Diario el 5 de octubre de 2015 con Ignacio Camacho una paella que debía pagar él si Rajoy formaba gobierno, y si no lo formaba, pagabas tú… ¿Al final cómo ha quedado la apuesta?

En el prólogo, el autor nos explica el porqué del título: naíf (ingenuo) se refiere no al término del diccionario de la RAE, sino que de forma metafórica califica así a aquellas personas que, aunque tratan de escribir, no han nacido con el don de la escritura, sino que tienen que hacerlo (y cito) “utilizando la fuerza de voluntad y dedicando muchos esfuerzos a no salirnos de los cauces que marca la gramática”. Esto nos abre un tema apasionante, que es el de la creación artística, del que me gustaría hablar brevemente, y acerca del cual hemos debatido Vicente y yo en varias ocasiones.

Stephan Zweig dice que es cierto que hay unos pocos genios, como Mozart o Schubert, en los que es como si “el genio de la inspiración dictara y el artista no fuera más que el escribiente, el instrumento. No necesita trabajar, luchar, esforzarse por su trabajo, sino que le basta copiar obedientemente lo que se le acerca como en un sueño divino (…). La obra de Beethoven muestra justo lo contrario. “En sus manuscritos desordenados, casi ilegibles, ya no encontramos ni un adarme de la facilidad divina que Mozart tenía para producir. Vemos que Beethoven no era un hombre que obedecía a su genio, sino que luchaba por él encarnizadamente”.

Hay dos modos. Y los dos son buenos. “Mozart juega con su arte como el viento con las hojas. Beethoven lucha con la música como Hércules con la hidra de las cien cabezas. Y la obra de uno y otro produce la misma perfección. La obra de ambos nos brinda la misma dicha inefable”.

Calificaré a Vicente en el grupo de Beethoven (si no le molesta que lo haga así). Así es, a la vista del resultado en este libro, que es ameno y divertido, como pretende su autor, pero que es mucho más que eso.

También podemos comparar Diario de un escritor naíf con una bolsa de té, que al sumergirnos en su lectura como en una jarra de agua hirviendo, de algún modo extraemos el jugo de Vicente y podemos tomar un trago de su personalidad, de sus fobias y filias: por ejemplo, los tres libros que recomendó una vez (‘La invención del reino vegetal’, de Aina S. Erice; ‘El primer hombre’, de Albert Camus; y ‘El testamento francés’, de Andrei Makine); las personas a las que admira (Fernando Savater, Adolfo Suárez, Maite Pagaza, Consuelo Ordóñez, Rosa Díez); la invasión nacionalista catalana en la Comunidad Valenciana; los defectos que detesta de los demás (prepotencia, soberbia, crueldad, ignorancia, petulancia); su visión de la escena política actual; la descripción de algunos afortunados que gozamos de su amistad; y un puñado de recuerdos personales, dulces, como bombones envueltos en papel de celofán, y repartidos cada cierto tiempo a lo largo del libro.

Otra cosa que deducimos de su lectura es su amor por la lengua. La obra está trufada de expresiones que yo denomino “vicentinas”: cursilandia, despabilado, humo dormido, socio destructivo, sarmentoso, delectación, papanatismo. También habla en una de las páginas de un amigo colombiano que le regala palabras, como conticinio y galicinio. A mí Vicente, como comprobarán, sólo me ha regalado una hache, que luego le he devuelto. Pero eso lo contaré más tarde.

Cierto es como dice el propio autor hay citas ‘robadas’, de autores o personas que conoce. Pero incluso a través de esos pedacitos de otro conseguimos asimismo llegar a tener un cuadro más acabado de quién es Vicente Torres. Como dijo César Gavela refiriéndose a otro libro de Vicente (‘Valencia, su Mercado Central y otras debilidades’), “(…) tienes una gran habilidad para mezclar temas muy diferentes, y que todos tengan una misteriosa unidad de fondo. Y eso es la mirada del autor, naturalmente”.

Un cocinero diría que esa es la salsa que da unidad y cohesión al plato, que hace que no nos encontremos ingredientes sueltos sin ningún sentido ni unidad entre ellos. Y decir que se trata de una salsa coherente, que defiende lo mismo en todos los párrafos, no como el marxismo-grouchismo que ahora hace furor de “estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros”.

Quiero ahora citar un par de esos ‘robos’. Pertenece a un correo que le escribió el periodista y escritor Juan Bas a Vicente Torres y que dice así: “soy de la vieja guardia que considera que el agradecimiento y la educación son dos buenos esquíes para deslizarse entre la gente sin molestar”. El propio Vicente añade: “(…) los bastones con que acompaña los esquíes están compuestos con su sentido del humor”. Agradecimiento, educación y sentido del humor son precisamente tres frutos cada vez más escasos hoy en día, y que alegran mi espíritu cuando los hallo. Y de eso el autor va sobrado.

Otro que me ha divertido mucho es la anécdota de George Bernard Shaw, que contaba que había recibido una firma sin carta. El anónimo decía así: “imbécil”.

Por otra parte, me gustaría compartir con todos ustedes una idea un poco loca, que sería escribir unas apostillas a algunas de sus notas en el Diario, porque según leía algunas se me iban ocurriendo cosas para completar, contestar o sugerir. Quizá lo haga, con permiso del autor. Aprovecho que, casualmente, se encuentra justo aquí entre nosotros para amenazarle formalmente con ponerme a hacerlo.

Quisiera comentar ahora una anotación propia, al estilo de las del libro de Vicente, en mi propio diario de escritor naíf. Y aquí viene cuando cuento por qué y cómo Vicente me regaló una hache y yo le devolví otra. Corresponde a una anécdota real ocurrida el pasado 3 de mayo, al hilo de un comentario sobre una entrada de mi blog. Esta es la anotación, hecha al estilo del autor en su libro:

3 de mayo de 2017: suena el teléfono. Es Vicente. Sin apenas saludarme, me dice: “Hola José. Te sobra una hache en el artículo sobre Lluis Llach”. Pienso maquinalmente si he escrito la hache final de ‘Llach’. Creo que sí. No, no es ahí, es en otro párrafo, y pacientemente me lo señala por teléfono. Y en efecto, Vicente tiene razón. Es raro, será cosa del corrector. Manda huevos (con perdón), porque en otra ocasión me llamó para decirme que me faltaba una hache. “Si quieres parafrasear a Unamuno, me dijo, tienes que escribir ‘los hunos y los hotros’. Con hache”. Gracias, amigo. Y pienso sin decírselo: pues ya estamos en paz. Ya te he devuelto la hache que me faltaba la otra vez.

Para finalizar, voy a destriparles el final del libro…sí, no me miren así, el autor me invita a presentar su libro y yo les leo el final…bueno, en realidad el libro es un ensayo y por lo tanto no revelo quién es el asesino. Me gustaría leerles la última anotación del Diario, correspondiente al día 31 de diciembre:

“Es difícil hacer balance de lo que ha sido un año tan confuso y pródigo en sucesos que en modo alguno puede decirse que sean buenos que mejor es olvidar el intento y hacer que el libro termine como empezó: con un sueño. Pero esta vez el sueño es en estado de vigilia y consiste en que al menos en España caiga una lluvia de sentido común o de sensatez, que haga que el egoísmo rampante que tanto abunda en estos tiempos desaparezca, aunque sea transitoriamente, y no vuelva hasta que los problemas más graves estén resueltos. Me viene a la mente la idea de aquellos holandeses que acudían como si sólo fueran uno a reparar los diques rotos por una tormenta. Todos trabajando en equipo, al margen de ideologías, odios o manías”.

Querido amigo, en este país donde las plantas que más abundan son la envidia, el odio, el egoísmo y el sinsentido, abonadas por la ideología y los prejuicios, este es un sueño eterno del que no hemos despertado en siglos. Pero tú y yo, y muchos otros más, algunos aquí presentes, hemos sido Quijotes en busca de él, y hemos peleado, mucho, hasta que los molinos de vientos nos tiraron del caballo.

Sigamos, no obstante, soñando. Y persigamos asimismo nuestros sueños. A veces, sólo a veces, corremos más que ellos y los alcanzamos. Os lo aseguro.

Espero que disfruten el libro. Muchas gracias de nuevo.

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