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REFERENDUM, BREXIT, Y DOS Y DOS NO SIEMPRE SON CUATRO (I)


Han pasado muchas cosas en pocos días. O pocas cosas, pero importantes.

El otro día mantuve una discursión en Facebook acerca del presunto europeísmo sobrevenido de Podemos a raíz de su postura sobre el referéndum de Gran Bretaña. Mi amiga afirmaba que eran europeístas, y que no se les podía comparar a Le Pen, ni a los nacionalistas húngaros o austríacos. Que aunque antes despotricaban contra la UE, “todos crecemos” y tenían derecho a cambiar de opinión.

Como dice Santiago González en un texto magistral:

“Podría admitirse que es, no sólo legítimo, sino deseable, cambiar de opinión si es para bien, si no fuese porque más de un año después, hace justamente cuatro meses, Podemos, IU, Bildu y Alternativa Galega de Esquerda, junto al UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido) de Nigel Farage y el Frente Nacional de Marine Le Pen apoyaron en la Cámara de Estrasburgo con sus votos una propuesta del Movimiento 5 Estrellas italiano para realizar una reflexión institucional sobre la idoneidad de la preparación de un plan alternativo para una ruptura ordenada de la zona del euro. Los eurodiputados de Syriza se abstuvieron”. Y además su responsable económico apuesta por salir del euro y, resumiendo mucho, resolver los problemas pintando otro cero a la derecha en los billetes y nacionalizando bancos.

Y pone el dedo en la llaga cuando afirma lo siguiente: “Los populistas, separatistas, antisistema y otras especies afines revelan hoy el acierto conceptual de George Orwell al englobarlos bajo la etiqueta de nacionalismo; y todas ellas coinciden en someter el yo individual e intransferible que caracteriza al ciudadano al nosotros, el pueblo, la gente y en sustituir la racionalidad y el interés individual por la emoción colectiva de la pertenencia”. Mi amiga afirmaba que la UE “tiene que dejar de ser sólo una unión económica y serlo política, social y hasta espiritual (sic)”.

Es evidente que, aunque lo quieran disfrazar, hay muchas cosas en común entre los populismos de izquierdas y los de derechas, sobre todo en materia económica: la apelación a los sentimientos en vez de a la razón; al colectivo frente al individuo; rechazo al capitalismo, al libre comercio, al TTIP, al euro; el proteccionismo; el amor desmedido por los altos impuestos y el aumento del gasto público; los mismos enemigos (las multinacionales (globalización), el BCE (el sistema financiero) y Angela Merkel (la austeridad alemana); y denunciar problemas reales sin aportar soluciones reales. Entre las pocas diferencias están la política migratoria y la política social.

Por otra parte, del referéndum de Gran Bretaña hay dos cosas que me han llamado profundamente la atención: una, la ignorancia supina sobre las instituciones europeas que ha demostrado la inmensa mayoría de la gente, incluidos los que votaron. Nadie tiene ni la más remota idea de cómo funciona la UE, y además lo saben y les importa una mierda. Hubiera sido más justo haber hecho un pequeño examen sobre la UE y entonces si lo apruebas puedes votar en el referéndum. Pero esto es una de las paradojas de la democracia: que personas no preparadas o sin la información suficiente puedan tomar decisiones que nos afectan a todos. Así ocurrió cuando se hizo la nueva constitución islandesa, como conté en este artículo que desmonta leyendas urbanas como que Islandia encarceló a sus políticos y banqueros, no pagó la deuda y se enfrentó con la dictadura del FMI. Mentiras mentirosas que la gente se traga sin pestañear. De hecho, lo primero que hizo la gente al día siguiente de votar fue buscar en Google qué es la UE y cuáles eran las consecuencias de la salida de Gran Bretaña.

La segunda es la alegría con la que se convocan referéndums. Hay un artículo que acierta de pleno cuando dice que los referéndums los carga el diablo y los disparan los gilipollas. Ese ha sido David Cameron, que ha disparado dos veces (Escocia y la UE) por puros intereses partidistas y electoralistas. Y la segunda vez que ha jugado a la ruleta rusa sí que había una bala en la pistola y le ha volado los sesos. No solamente ha conseguido que los británicos sean de golpe un 10% más pobres y que la libra alcance su nivel más bajo desde 1985, sino que ha reabierto el melón secesionista con Escocia e Irlanda. Además las empresas multinacionales que tienen su sede en Londres, como Ryanair, Reuters o Virgin van a perder su pasaporte comunitario para poder trabajar en la UE.

Un referéndum es algo muy delicado que hay que utilizar de forma muy puntual (por ejemplo, para ratificar una nueva constitución), pero no como una votación rutinaria más. Y en mi opinión debe exigir una mayoría cualificada para su aprobación (a partir del 60%), porque si no ya me dirán qué validez tiene haber aprobado lo que sea por el 52%, dividiendo al país en dos.

Alguien me dirá que hay que aumentar la participación de los ciudadanos en las decisiones políticas, y que el hecho de votar cada 4 años no es democracia. Yo entiendo que la figura del derecho de petición, junto con la iniciativa legislativa popular, es mucho más sensata que el referéndum para que los ciudadanos puedan participar directamente de las decisiones políticas: se pueden proponer reformas legislativas concretas tanto en el Congreso como en los parlamentos autonómicos. Mi amigo Carlos Moreno hace un extenso análisis de la figura del derecho de petición en este artículo, tanto en España como en otros países. Sería necesario divulgar y fomentar el uso de esta herramienta, junto con otras que tenía UPyD para que los ciudadanos les hicieran llegar sus propuestas: el éxito de páginas web como Osoigo o Change.org indica una demanda de los electores de participar de forma activa en los asuntos públicos, y de comunicarse con sus representantes políticos. Además el hecho de plantear una petición a un parlamento obliga a estudiarse el tema y saber de qué estamos hablando, mucho mejor que ir a votar sin tener ni puñetera idea de las consecuencias.

En el artículo anterior sobre Islandia decía, además, que un modelo asambleario no es factible en un país como los actuales en Europa. Incluso en Islandia, que es bastante pequeño (319.000 habitantes) y homogéneo culturalmente hablando, una democracia sin partidos no es viable porque, como dice Carlos Martínez Gorriarán, “los ciudadanos somos muchos y demasiado diferentes en creencias, preferencias e intereses como para que una asamblea presencial o virtual pueda conciliar las diferencias sin que las mayorías vulneren el derecho de las minorías a ser diferentes, estar representadas y ser oídas en las decisiones, preservando su sagrado derecho al desacuerdo”. Y yo añado: incluso desaparece la posibilidad de que una buena idea de un grupo pequeño sea escuchada, y que pueda finalmente llevarse a cabo y se convierta en ley. Corremos el peligro de una democracia a la búlgara, por aclamación.

Dejo para la segunda parte dos temas apasionantes: el misterioso caso de los votos desaparecidos de Unidos Podemos: de una suma de 6.139.494 votos de las generales de 2015 a los 5.049.734 de 2016. 1.089.760 votos que han desparecido: ¿dónde se han ido? Y en segundo lugar: ¿es posible como afirman algunos un pucherazo en España?

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