Y POR FIN SE ACABÓ


El viernes nos han despertado a las siete menos cuarto. El cielo está despejado, menos mal después del agua que chupamos ayer. El barco sigue yendo a toda hostia, debemos llegar con antelación, pero lo que nunca me había pasado en un barco: anuncian por megafonía que debido al intenso tráfico marítimo en el puerto de Barcelona, estamos a la espera de que nos autoricen a atracar. La leche. Aprovechamos la espera con todo el equipaje para hablar otro rato con Pedro, y conocemos a una pareja italiana, Fabrizio y Laura, que van en moto a España. Piensan hacerse la costa mediterránea abajo, y les recomiendo Guadalest y los pueblos del Alicante interior. Se me olvida que la carretera de Benidorm a Calpe por toda la costa es una delicia para ir con la moto. El caso es que Laura me da su número de teléfono y nos invita a su casa del lago Como. Yo me quedo un poco parado, porque nos conocemos hace cinco minutos de reloj. Y me dice que le gusta mucho España y los españoles, y que hablo muy bien italiano. Debería aprovechar estas habilidades para algo útil, la verdad.

Nos despedimos de Pedro y los demás, incluyendo a nuestro amigo el Hell Angel antes de Luxemburgo y ahora de Italia y sargento de armas, y tiramos para Madrid. Estamos tan cansados que ni siquiera se ha planteado la cuestión de seguir unos días más. Hace mucho aire y la moto se menea, pero vamos haciendo kilómetros. En una parada conocemos una pareja en furgoneta, muy majos, y luego volvemos a coincidir más adelante y nos saludan. Paramos a comer un poco antes de Guadalajara en un restaurante donde solamente paran autobuses, un par de ellos vienen de Rumanía. Al final tengo el hombro bastante cargado, aun usando de vez en cuando el cruise control para descansar. Cuando ya entramos en la Comunidad de Madrid empiezo a pensar que lo hemos hecho. Que es verdad, que hemos estado en Italia y en Croacia. Nos vamos a quedar muy cerca de hacer 4.000 km en 15 días.

Y llegamos a casa, y al revés que en Long Way Round, no hay nadie para recibirnos. Mi hermano está currando, mis padres en su chalet en la sierra, y…espera, sí que hay alguien: mi peluquero que llega tarde a abrir la peluquería y ya tiene a un cliente esperando. Ya habéis venido! Sí, ahora mismo. Todo muy bien. Demasiado bien.

Merece mucho la pena. Que paseando por Porec de repente escuches a tu espalda “buenos días España, ¡hala Madrid!”, y resulta que es un camarero que trabaja en una heladería y te saluda con la mano y una sonrisa cuando te das la vuelta. Que un policía croata en la frontera con Eslovenia bromee contigo en perfecto castellano. Encontrarte a un chico de Austria con una camiseta de tu equipo de fútbol americano, los Philadelphia Eagles. Que compartas la vuelta al lago di Garda con un motero en una Fat Boy al que posiblemente no vuelvas a ver. Incluso hacer hora y media de camino para ir a comer a un restaurante en lo alto de una montaña y que sea la única semana del año en que cierra por vacaciones. Ver en el mar una puesta de sol tras otra, y luego un cielo lleno de estrellas por la noche. Tres mil novecientos trece kilómetros de buenos momentos, de ilusiones, de ratos muy divertidos, de gente maravillosa con la que seguir manteniendo el contacto, compartidos con mi naranja entera. Y que ella y la moto sigan teniendo ganas de más. De cosas nuevas que se aprenden todo el rato de culturas diferentes.

Y me vienen de repente a la cabeza veintitrés años de kilómetros sobre una moto: el día que fui a sacar la primera moto del concesionario, una Yamaha Special de mismo color que la actual. Cinco novias, una mujer, más de medio millón de kilómetros, tres motos propias y tres prestadas por mi hermano para aprender con ellas, nueve cascos, tres chupas de cuero, dos tiendas de campaña, tres viajes a Faro, dos a Castellón y dos a Pingüinos. Cientos de concentraciones. Muchas ITV con problemas, dos accidentes, un tubo de escape perdido, muchas horas de paquete con mi hermano antes de tener el carnet, cuatro talleres de confianza, tres caídas, seis países distintos. Cinco grupos de música distintos, seis guitarras, tres amplificadores, miles de horas tocando. Toda mi vida laboral hasta ahora. Dos controles de alcoholemia, tres plazas de garaje distintas, dos coches, muchos alquilados. Decenas de vuelos de avión, tres continentes, millones de horas de música. Y sobre todo y por encima de todo, decenas de amigos y compañeros de ruta que he conocido en la carretera y cerca de ella. Y la mejor copiloto que he tenido hasta ahora. La he elegido para ser mi copiloto en el viaje de la vida.

Gracias a ella por su compañía en la aventura. A Roberto por sus listados y su plan de viaje, que me han ayudado a no olvidar nada. Gracias a Rubén y a Javi, por su última puesta a punto de la moto. Gracias a Roser y a David por inspirar la ruta del viaje. Y gracias a todos vosotros por haber llegado hasta aquí.

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  1. viejecita
    27 septiembre, 2013 en 18:43

    Pues ya está
    He leído todos los comentarios ( no quise hacerlo durante vuestro viaje, que me entra la angustia ), y he vuelto de nuevo a las fotos.
    ¡ Una gozada !

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