LAS PARADOJAS DE LA DEMOCRACIA


El golpe de Estado que acaba de ocurrir en Egipto nos revela de nuevo las contradicciones de la democracia. Si un Gobierno es elegido democráticamente, ¿hasta qué punto es lícito tratar de derrocarlo o forzarlo a dimitir?

En 1991 en Argelia ocurrió algo similar. El FIS (Frente Islámico de Salvación), surgido a la sombra de la crisis económica y política provocada por la bajada del precio del barril de petróleo y el fracaso del partido socialista que gobernaba Argelia, ganó de largo las elecciones locales en 1990. En 1991 convocó una exitosa huelga que provocó un adelanto electoral. En esos comicios arrasaron, consiguiendo 188 escaños sobre 232. Sus líderes se habían manifestado curiosamente contra el sistema democrático, porque la única fuente de poder legítimo emanaba de Dios. Si el pueblo no vota a favor de eso, está cometiendo herejía. En 1992, sin llegar a formarse el nuevo Gobierno, el ejército dio un golpe de Estado e imponiendo a Mohammed Boudiaf como presidente, ilegalizando al FIS y abriendo de facto una guerra civil en el país, con grupos armados radicales haciendo guerra de guerrillas contra el ejército argelino. La cuestión que se planteó entonces es si un grupo político alcanza el poder por medios democráticos, con un programa que promete acabar con la democracia, es legítimo tratar de derrocarlo.

La situación en Egipto guarda bastantes similitudes: una revolución pacífica y multitudinaria, la Revolución del 25 de enero, consigue la destitución de Hosni Mubarak. En el origen está el Movimiento 6 de Abril, formado por jóvenes, universitarios, abogados, clase media en su mayor parte y sin responsabilidades políticas anteriores. Pero los Hermanos Musulmanes, que era el grupo ilegalizado mejor organizado del país, ha pescado en río revuelto, y Mohammed Mursi, de ser el repuesto sin carisma del candidato de los Hermanos Musulmanes, ha pasado a ganar las elecciones en segunda vuelta por un ajustado 51%. La mecha que ha encendido la llama de la rebelión ha sido en mi opinión el blindaje de la Constitución mediante un decreto, en contra de la opinión de laicos y cristianos. Luego la población la ha aprobado en referéndum (con una participación de solo el 35% del censo), pero a costa de dividir todavía más a Egipto. La otra pata del banco ha sido la nefasta gestión económica: con un desempleo de un 20% y más de la mitad de la población viviendo por debajo del umbral de la pobreza, cortes de suministros (gasolina, electricidad), el descontento no ha hecho sino aumentar. Con este panorama, el ejército, que ha gobernado Egipto durante muchísimos años, ha dado un golpe de Estado para convocar nuevos comicios. Como guinda del pastel, el hermano del líder de la organización terrorista Al Qaeda, Ayman al Zawahiri, prometió lanzar una campaña de resistencia armada. “Solicitamos a todo el mundo que no tema ni dude. Garantizamos a Hermanos Musulmanes que no perderemos bajo ninguna circunstancia”, declaró Mohamed al Zawahiri, que encabeza el Movimiento Yihadista Salafista egipcio.

La paradoja es: un Gobierno que ha sido elegido democráticamente, pero que incumple sus promesas electorales, o que fracasa estrepitosamente para resolver los problemas; o yendo más allá, que lleva en su propio programa electoral acabar con el sistema democrático que le ha llevado al poder, ¿es legítimo tratar de derrocarle desde fuera, o forzando nuevas elecciones? Salvando las distancias, aquí mismo en España pensemos en el Gobierno actual, que ha incumplido su programa electoral en muchísimos puntos, haciendo justamente lo contrario de lo que prometió.

De esta última parte mi opinión es que sería bueno un sistema como el norteamericano, en el que cada dos años se renueva el Parlamento, lo que obliga al Gobierno a una cierta tensión en el cumplimiento de sus promesas electorales, porque sabe que sus votantes desencantados pueden retirarle su confianza. Y si a pesar de todo incumple su programa, los ciudadanos tienen una herramienta en dos años para darle el castigo que se merece.

Respecto de la existencia de partidos que quieren acabar con el sistema, éste debe establecer mecanismos para protegerse de quienes quieren acabar con él. Por ejemplo, estableciendo en su constitución que sólo aquellos partidos cuyo funcionamiento sea democrático sean legales. Por lo que se refiere a los casos citados de Egipto y Argelia, el problema es la falta de una cultura democrática, que muchas veces y salvando las distancias, echamos de menos en nuestro propio país. Yo tengo claro que el sistema democrático, en sus múltiples variedades, es el menos malo de todos los sistemas habidos hasta ahora. Problemas como la corrupción, la representatividad real de los ciudadanos, el sistema electoral, son acertijos a resolver y muchas veces complejos. Pero siempre es preferible un sistema que garantice la libertad individual con un componente social para la protección de los más débiles sobre otros más o menos autoritarios que restringen la capacidad de decisión de los ciudadanos sobre sus propias vidas y sobre la sociedad en general. Si la población de un país no tiene eso claro, como resultado de una historia cultural, ideológica, política, religiosa, es trabajo de los políticos hacer pedagogía democrática en un doble sentido: por un lado, hacer ver que las ventajas de la democracia son muy superiores a sus inconvenientes; y que los propios ciudadanos se sientan y se sepan sujetos responsables de su presente y de su futuro, exigiendo sus derechos y siendo además responsables de sus propias decisiones como individuos y como comunidad política. Siendo ciudadanos adultos críticos y exigentes.

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  1. 4 julio, 2013 en 14:33

    La cuestión que planteas al final del primer párrafo (“La cuestión que se planteó entonces es si un grupo político alcanza el poder por medios democráticos, con un programa que promete acabar con la democracia, es legítimo tratar de derrocarlo”) parece de fácil respuesta a la luz de la Historia. Siempre me viene el recuerdo de todo lo leído a propósito de lo que sucedió en la Alemania de entreguerras. Más recientemente, el caso del País Vasco, en que partidos con apoyos demostradamente antidemocráticos consiguen abrirse camino entre los resquicios que deja la democracia para alcanzar el poder.
    Pero tú mismo lo respondes acertadamente (en mi opinión) en el párrafo final. También me viene a la cabeza, aprovechando (por cierto) la efeméride en un 4 de julio, el texto del preámbulo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, que dice:

    “Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se vuelva destructora de estos principios, el pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que base sus cimientos en dichos principios, y que organice sus poderes en forma tal que a ellos les parezca más probable que genere su seguridad y felicidad. La prudencia, claro está, aconsejará que los gobiernos establecidos hace mucho tiempo no se cambien por motivos leves y transitorios; y, de acuerdo con esto, toda la experiencia ha demostrado que la humanidad está más dispuesta a sufrir, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia mediante la abolición de las formas a las que está acostumbrada. Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, que persigue invariablemente el mismo objetivo, evidencia el designio de someterlos bajo un despotismo absoluto, es el derecho de ellos, es el deber de ellos, derrocar ese gobierno y proveer nuevas salvaguardas para su futura seguridad”.

    Muy interesante, sobre todo esa última frase:
    “Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, que persigue invariablemente el mismo objetivo, evidencia el designio de someterlos bajo un despotismo absoluto, es el derecho de ellos, es el deber de ellos, derrocar ese gobierno y proveer nuevas salvaguardas para su futura seguridad”.

    Creo que este es el refugio último que ampara a los demócratas de todos aquellos que, sirviéndose de una apariencia de democracia, lo único que pretenden es depredar el poder que corresponde por completo a los ciudadanos.

    Un saludo.

  2. 4 julio, 2013 en 23:56

    Muchas gracias por tu comentario, y completamente de acuerdo con lo que dices. Has citado un párrafo de la Declaración de Independencia de los EEUU que me encanta leer despacio y escuchando cada una de sus frases, sobre todo lo de la búsqueda de la felicidad, que en mi opinión es lo que nos distingue como seres humanos. La propia democracia, en efecto, debe protegerse de aquellos que se disfrazan de ella con el objetivo de aniquilarla.

    He querido plantear la cuestión de la presunta legitimidad de un golpe de Estado en determinados supuestos históricos, ya que también en democracia las formas y la legalidad son sumamente importantes. Hay la aparente paradoja en el caso egipcio de una constitución y un Gobierno aprobados en las urnas, y el golpe de los militares ha conculcado la legalidad vigente. La cuestión teórica está clara, pero luego en la práctica ante una situación real hay que calificar de tirano o antidemócrata al gobernante, y eso ya es otra cuestión. Por mojarme en el tema de Egipto, no tengo claro si el golpe es legítimo, ya que Mursi y los hermanos musulmanes son culpables de dividir el país en dos, no resolver la crisis económica y marginar a los laicos y los cristianos. ¿Es eso suficiente para dar un golpe de Estado?

  3. 5 julio, 2013 en 11:49

    La Democracia se constituye para durar indefinidamente.
    Así, por definición, todo partido que no sea claramente leal a esa democracia es anticonstitucional por definición.
    Lealtad sin reservas. El garantismo de mínimos inventado y aplicado por el TC español es absurdo, suicida.
    Se puede entender un separatismo sobrevenido, con el conflicto correspondiente, y allá se verá. Pero admitir de entrada partidos intrínsecamente separatistas, aunque lo disimulen con declaraciones ambiguas, eso no tiene sentido, y menos bajo pretexto democrático.
    La carga de la prueba democrática pesa toda ella sobre cada partido político, sin presunción favorable. Porque esa presunción favorable garantista lesiona la seguridad del sistema y la voluntada mayoritaria de los ciudadanos que en su día votaron la Constitución.

    Muy interesante artículo y análisis. Un cordial saludo.

  4. 5 julio, 2013 en 23:01

    Muchas gracias por el comentario, totalmente de acuerdo en que la interpretacion ha de ser restrictiva, porque si no, el sistema lleva dentro de si el germen de su propia destruccion. Un saludo cordial

  5. viejecita
    11 julio, 2013 en 16:58

    Si no llega a ser por Franny, no me entero de este artículo, que me ha parecido estupendo.

    ¡Bravo y muchas gracias!

  6. 11 julio, 2013 en 18:27

    Muchas gracias por el comentario, un saludo!

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