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¿CUÁNTO LE PAGARON PARA QUE RENUNCIARA A SUS SUEÑOS?


Anoche estuve viendo la película Up in the air (2009), de Jason Reitman, en la que Ryan Bingham (George Clooney) es un consultor que contratan las empresas para reducir personal, porque es un experto en despedir gente. Ryan vive viajando por todo el país, llevando su vida en una maleta con ruedas y es un miembro mimado de todos los programas de fidelización de viajeros que existen. El objetivo de su vida es llegar a los diez millones de millas recorridas, lo que le daría acceso a un restringido y selecto club. Se siente atraído por una atractiva compañera de viaje (Alex), su otro yo en mujer (en un momento dado le dice ella “piensa en mí como en alguien como tú con vagina”). Su jefe amenaza con dejarle sin viajar, atado a un despacho, a causa de la irrupción de una joven consultora (Natalie) que amenaza con cambiar su vida. Ryan empieza entonces a meditar sobre muchas cosas que hasta ahora daba por sentadas.

La película me hizo pensar sobre varias cosas. En una de las entrevistas en las que despide a un hombre, reconduce la situación muy hábilmente viendo en el curriculum que en su época de estudiante trabajó como cocinero en un restaurante muy bueno, y que su segunda especialidad es cocina francesa. Entonces le hace una pregunta: ¿sabe por qué sus hijos admiran a los deportistas? Porque persiguen sus sueños. Cuando terminó la universidad lo dejó y vino a trabajar aquí. ¿Cuánto le pagaron para que renunciara a sus sueños? “Veo a personas que trabajan durante toda su vida en la misma empresa y que son igual que usted, fichan para entrar y para salir. Y no tienen ni un solo momento de felicidad. Usted ahora tiene una oportunidad, Bob. Es como renacer. No lo haga por usted, hágalo por sus hijos”.

Realmente yo me pregunto cuando vendí los míos. Y hay varios momentos en mi caso. Sin una vocación clara desde un principio, estudié Derecho casi por eliminación. Salvo algunos afortunados que tienen clarísimo desde el inicio qué quieren ser, mi proceso fue como el de tantos otros, primero irme construyendo y conociendo como persona. Y luego sobre ese conocimiento y experimentación de las cosas ir añadiendo a mi archivo de favoritos aquello con lo que disfrutaba. Y digamos que con veintitantos años ya tenía algunas cosas ahí a las que había llegado casi por casualidad: la música, las motos, el baloncesto, el fútbol americano, la fotografía, escribir…Descubrí que de repente la gente me decía que era bueno haciendo cosas que hasta entonces ni me había planteado: dando clase y enseñando, entrenando baloncesto, escribiendo, corrigiendo errores, hablando en público, resolviendo problemas con ordenadores.

Quizá mi primer paso hacia vender mis sueños fue con 18 años, cuando elegí la carrera que quería estudiar. Yo en ese momento sentía la típica fascinación que gente de izquierda siente por el mundo islámico y pensé en estudiar filología árabe. Inmediatamente un montón de personas bienintencionadas y orientadores diversos me quitaron la idea de la cabeza. Y estudié Derecho, que como todo el mundo sabe es una carrera con muchas más salidas.

El segundo paso fue cuando hice el curso de entrenador de baloncesto primer nivel. Era la última oportunidad, antes del cambio legislativo que convertía el título de entrenador en un título de FP, de conseguir ese título con un curso de dos fines de semana, en vez de un curso escolar completo en que se iba a convertir. El curso lo hice entero, pero el examen final me coincidía con el del FP de contabilidad que estaba haciendo al mismo tiempo, por consejo de un buen amigo. Y no me presenté al examen de entrenador para poder aprobar contabilidad. Mucho más importante el título de contabilidad, que por cierto no he llegado a ejercer nunca.

Tercer paso: después de dar clase 4 años y entrenar en un colegio, y percibir que me gusta dar clase a niños, hago todo el papeleo para empezar magisterio (o maestro de educación primaria) en la universidad. Decido hacer un cambio de rumbo, y me admiten en una universidad en turno de tarde, en la especialidad de educación musical. Cuando ya tengo la carta de admisión, en el colegio donde trabajo me ofrecen el puesto de coordinador de actividades extraescolares y responsable de aula multimedia. Claro es un puesto importante, pues lo cojo y aparco mis sueños una vez más. Guardo la carta de admisión como recuerdo. El puesto de coordinador me duró dos años.

Por supuesto que he tenido decisiones buenas, me he reinventado profesionalmente un par de veces, he estudiado informática y he desarrollado una carrera de consultor de 8 años. Llevo sin pisar el paro desde 1992, me he ido de mis tres últimos empleos para cambiar a otro donde ganar más y mejorar. Ahora mismo tengo un buen trabajo, y sin ser nada del otro mundo, me siguen llamando de empresas que ni siquiera conozco para hacerme ofertas de empleo. Con la que está cayendo está muy bien. Pero no estoy hablando de eso.

La pregunta que yo le hago a la gente es: si mañana te tocara la primitiva y no tuvieras que currar más el resto de tu vida, ¿qué harías? Pues seguramente cumplir tus sueños. Y me miro al espejo y me pregunto: ¿y por qué no intentar cumplirlos ahora? ¿Qué te lo impide? De hecho, algunos a pequeña escala los he cumplido, como subirme a un escenario a tocar o tener una Harley Davidson y viajar con ella. Pequeños sueños que le dan mucho sentido a la vida.

Ryan en la película también da charlas en las que pide a los asistentes que intenten meter su vida en una mochila: primero lo más liviano, lo que cabe en un cajón; luego lo siguiente más grande; y por último lo mayor (casa, coche, familia). “¿Notáis el peso en los tirantes?”. Él se siente libre de ese peso, por el tipo de vida que lleva, siempre viajando, sin ataduras familiares ni afectivas. De hecho, sus hermanas no le ven nunca. Una de ellas se va a casar (él ni siquiera lo sabía) y el hecho de colaborar en algo de la celebración ya le supone un fastidio. Hay una metáfora muy buena de la realidad: su hermana le encarga llevar a Las Vegas una foto de los futuros esposos de tamaño grande para hacerse una foto en un hotel famoso. Y como no le cabe en la maleta, la lleva metida con las caras de ellos asomando. Su familia no entra en la maleta, sobresale de ella, donde lleva su vida a cuestas.

Mi amigo Rafa, que aparece en entradas anteriores de este blog, tiene una vida parecida a la de Ryan, vive allá arriba, up in the air, aunque a diferencia del personaje de la película a mi amigo le encanta su trabajo; pero desde el principio tuvo muy claro cuál era su sueño. Su sueño era viajar, trabajar en un entorno internacional, como el trabajo que ha tenido los últimos 15 años, donde ya es una estrella en el firmamento de la consultoría internacional. Trabajó muy duro para llegar ahí y tiene el resto de su vida para disfrutarlo. Enhorabuena.

Buscad un sueño, perseguidlo. Llegar es muy bonito, es casi como alcanzar una estrella. Quizá no necesitamos un coche o una casa tan grande, ni unas vacaciones en el extranjero, sino levantarnos cada día con una sonrisa porque nuestro trabajo nos encanta. Y preguntaos ahora cuánto os pagaron por renunciar a vuestros sueños.

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  1. Rafael Eguiguren
    29 abril, 2013 en 17:50

    Querido Sr. Jazz,
    Me ha impresionado mucho lo que ha escrito hoy. Podría haberme atraído la profundidad con que contó el tema -que ya está muy bien- pero no. Lo que me ha hecho admirar su reflexión entre cientos de blogs es dos cosas: la humildad con la que la cuenta y su importancia para todos y cada uno de nosotros. Efectivamente, habla usted de algo que todos hemos hecho en algún momento en mayor o menor medida, pero usted ha mostrado el raro don de -en vez de elegir a otros- tirarse a usted mismo la primera piedra. Pues bien, yo le quiero decir que aquellos como usted que son capaces de mirarse a si mismos y no tragarse sus propias excusas, es porque no se han rendido. Deja de perseguir sus sueños quien se cree sus propias justificaciones para poder descansar cómodo. Entonces, quería informarle de que los sueños cambian; y que a pesar de lo que escribe, quizá alquiló algún sub-sueño por el camino, pero usted no vendió nada, porque el Sueño con mayúsculas está vivito y coleando mientras tengas usted mantenga esa actitud. Finalizo dándole sinceras gracias por recordarme una reflexión que deberíamos hacernos al menos cada dos meses y que a veces no nos hacemos nunca.
    Rafa Chan

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