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CARAMBOLAS AFORTUNADAS Y AUTOFEEDBACK


La semana pasada tuve (como siempre) una conversación muy interesante con mi amigo Rafa (del que hablé aquí, en uno de mis primeros post en este blog). Y me dijo que le estaba dando vueltas a un concepto interesante al que no había puesto nombre todavía. Y corrígeme si estoy equivocado al exponerlo.

La mayoría de nosotros buscamos relaciones con cosas para autoafirmarnos en como somos o creemos que somos. Pusiste el ejemplo de “yo soy de izquierdas y me gusta el deporte”. Y entonces te compras El País. Los demás periódicos ya se descartan, ni te planteas comprar otro. Y dentro de El País (según el tiempo del que dispongas) primero te vas a las páginas de deporte. Supongamos que te interesa la parte internacional, te vas al principio pero si ves una noticia de, pongamos, Tailandia, ni siquiera te lees el titular, ves la palabra “Tailandia” y pasas a otra cosa. A mí se me ocurrió llamarlo autofeedback, en una suerte de neologismo poco afortunado seguramente, pero que me parece que describe bien el concepto en una sola palabra. Es decir, creo que somos como somos en parte porque tendemos a pintarnos del mismo color del que ya estamos.

Es evidente que a las cosas que nos gustan o nos interesan llegamos por casualidad en la mayoría de las ocasiones, por herencia familiar, por los amigos, por la ciudad en la que nacemos o por carambolas afortunadas. En mi caso he gozado de varias carambolas afortunadas: un aparato de radio que me regalaron cuando tenía 12 años hizo que me gustara el jazz, ganar un concurso de radio al año siguiente, empezar a aprender piano dos años después…Un programa llamado supersports en Telemadrid hizo que me gustara el fútbol americano. Lo que sí es cierto es que la posibilidad de carambola afortunada es directamente proporcional a la curiosidad de la persona en cuestión. Y yo de eso tengo mucho.

Pero luego hay como una especie de retroalimentación de uno mismo (el autofeedback), en el sentido de ir a lo seguro o a lo conocido. Pensemos cuantas veces hemos comprado la entrada para ir a ver a un grupo de música sin haberlo escuchado antes o sin estar seguros de que nos gusta. Traslademos eso a cualquier cosa: emisoras de radio, prensa, canales de televisión, deportes, incluso en el ámbito laboral…En el ejemplo de más arriba, se me ocurren personas con nombres y apellidos, algunas muy cercanas, que siempre ven La Sexta o Cuatro, compran El País, escuchan la Cadena Ser, leen libros históricos de escritores de izquierdas, sus amigos son todos de izquierdas, y están absolutamente convencidos de unas verdades dogmáticas inquebrantables que en esta burbuja bermeja lo único que hace es retroalimentarse. Sustituyamos la palabra izquierda por derecha y pongamos Intereconomía, La Razón o ABC, la cadena Cope y tendremos la otra cara de la misma moneda. Es un poco, salvando las distancias (que nadie se ofenda), como la mafia, que como vive, come, duerme, trabaja y se relaciona solamente con mafiosos, las cosas de mafiosos las ve como lo normal, tal y como refleja la magnífica película Godfellas (Uno de los nuestros), de Martin Scorsese. Otro fenómeno relacionado es la caída, es decir, cuando ocurre algo que hace que nos replanteemos el color del que estamos pintados, y descubrimos que todo el universo que nos habíamos construido de verdades y dogmas universales se nos derrumba. En mi caso fue un proceso lento, tal y como lo describe Andrew Anthony en su libro El desencanto. Porque al principio uno tiende a poner barreras al derrumbe (en política, ya se sabe, eres un fascista, un comunista, un racista, un antiloquesea). Pero me estoy desviando del tema, para variar. Esto es tema para otra entrada futura.

Imaginemos por un momento la cantidad de cosas que nos perdemos por no dedicar tiempo a probar cosas que en un principio nos pueden interesar. Poníamos el ejemplo del golf. Yo no he jugado nunca, tú tampoco. Pero no nos lo planteamos porque tenemos poco tiempo y muchas cosas que hacer, y parece que no merece la pena dedicar por ejemplo dos semanas a aprender. Y decías, vamos a coger dos semanas al año a fondo perdido, y en ellas vamos a ponernos a hacer algo, sin ninguna expectativa porque las damos por tiempo perdido. Todo esto venía a cuento de si vale la pena estudiar árabe durante una o dos semanas. Y es que no solo debemos plantearnos la inversión de las dos semanas en términos de aprendizaje del idioma (probablemente sea muy poco), sino en lo que las demás personas que van a estar con nosotros durante ese tiempo (estudiantes, profesores) nos van a aportar. Por ejemplo, decíamos que nos podemos encontrar un estudiante que nos dice que está estudiando árabe levantino porque ahora es mucho más útil en Siria que los otros tipos, o que ya no lo es, etc. Tú pusiste el ejemplo del yoga, yo por mi parte y gracias a Mar he descubierto la danza, si no es por ella no hubiera ido nunca a ver un espectáculo de danza.

Os propongo probar a dejar una semana, un fin de semana si no estamos dispuestos a tanto, a fondo perdido, y probad algo que no haríais ni de coña en circunstancias normales. Y luego me contáis. Seguro que la experiencia vale la pena.

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