PEQUEÑAS ZAPATILLAS NARANJAS


Un día cualquiera aparecieron en mi casa unas pequeñas zapatillas naranjas. Eran muy graciosas, pequeñitas, a veces con la parte de atrás doblada y otras no. Estaban en la entrada de casa, al lado del zapatero. Otras veces dentro de él, otras, las menos, me las encontraba cerca de la cama, o en la habitación pequeña. A veces se escapaban y se iban corriendo cerca del sofá, escondidas casi debajo de la mesa del salón. Aunque tengo que limpiarlas de vez en cuando, me gusta su compañía y su tacto suave. Me gusta saber que están ahí. A veces las miro desde el sofá sólo para saber que están.

Antes, cuando no estaban, quizá las echaba de menos antes de conocerlas. Mis zapatillas azules se sentían un poco solas en casa, sin compañía.

Mi vida ha cambiado desde que están las pequeñas zapatillas por casa, ahora comparto mi vida en dos, vivo las cosas con alguien más, tengo otro yo femenino con la que reparto mis alegrías, mis penas, mis desilusiones, mis esperanzas, mis vicios, mis anhelos, mis cabreos, mis decepciones, mis deseos. Hay un amor muy grande que llena las estancias de la casa, y huele a cálido y a perfume. Suave.

Desde que hay unas zapatillas naranjas soy más feliz. Me gusta verlas ahí, en la entrada, pequeñas, con el talón doblado hacia dentro. Pequeñas. 

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