CUMPLIR UN SUEÑO SENCILLO


A veces los sueños son cosas sencillas, no son algo muy difícil de conseguir, no hace falta mucho dinero, puedes estar cumpliendo un sueño sin que nadie a tu alrededor se de cuenta…dentro de un mes voy a cumplir un sueño, algo que puede parecer trivial, algo tan sencillo como buscar un parque en el cruce de la calle 99 con la avenida Ámsterdam, en New York, sentarme frente a las canastas y pensar y recordar en la Leyenda, quizá la única…

Cuando el gran Kareem Abdul Jabbar juega su último partido en la NBA, Chick Hearn le pregunta quién ha sido para él el mejor  jugador de la Historia, él que ha jugado con los mejores, Chamberlain, Russell, Jordan, Magic, Bird…y él contesta: si me dejas elegir un solo nombre…yo diría que fue “The Goat”.

Probablemente el mejor jugador de la Historia pulgada por pulgada, nunca fue a profesionales ni a la universidad, tuvo una vida dramática, cayó en las redes de la droga, se enteró estando en la cárcel que un escritor había publicado un libro sobre baloncesto y le había dedicado un capítulo entero…al final de todo se da cuenta de los errores que ha cometido e intenta crear una liga de baloncesto para alejar a los niños de las drogas. Es en este parque donde se hacen los campeonatos.  Hay una historia de grandeza, de ascenso y caída, de lo débiles que podemos ser, porque como dijo the Goat en el New York Times en una entrevista poco antes de morir: “En todo Michael Jordan hay un Manigault oculto que puede despertar si algo falla. No se puede hacer todo bien. Alguien puede caerse. Pues bien, ése fui yo”. El hecho de que no haya ningún documento grabado de sus hazañas, sólo los testigos que hablan de sus  proezas imposibles, como el doble mate o las apuestas por hacer 20 mates de espaldas consecutivos en un partido…

Suscribo letra por letra las palabras de Gonzalo Vázquez en su monográfico “La Historia más grande jamás contada”: “…si existiera una máquina del tiempo y pudiera viajar una sola vez, no dudaría en pasar los lugares comunes de la gran Historia para recalar en cualquier verano pasado de aquel viejo parque de la 98, situarme en el mejor sitio posible entre mis hermanos negros y ver a Dios jugando a su deporte. Creo que después de haber contemplado a Manigault, el Baloncesto no podría ofrecerme nada más. Descanse en paz… pues gracias a él comprendí que en verdad las almas vuelan”. Hoy, el autor de esta serie, se reafirma una vez más en ese insondable y divino deseo. Descanse en paz una Leyenda, quizá la única, de verdad”.

En un mes espero estar sentado en ese parque, cerrar los ojos y ver a Dios jugando a su juego una vez más…Quizás alguien allá arriba esboce una sonrisa cómplice…

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